Lo que la pandemia trajo y lo que se llevó

Tenían que ser dos semanas fuera del campus. 

Sentí una cierta alegría por trabajar desde casa. Podría ahorrar el tiempo de ida al laboratorio, evitar ponerme el pesado abrigo de invierno y cocinar algo diferente. 

La noticia del cierre de la universidad tenía el sabor de unas vacaciones inmerecidas. Esa mala interpretación me alegró. 

Pero sabía que debía continuar trabajando, alerta al simulador y atento a mis errores matemáticos. 

Y así fue. 

Durante esos primeros 14 días de encierro avancé con normalidad. Conservé los mismos horarios de siempre, acomodé la rutina y pensé que pronto podría volver al laboratorio.

Sin embargo el virus se transmitió sin tregua, contagiando a tanta gente como pudo, saturando los hospitales, avivando el miedo. 

Las noticias alertaban que todo el mundo debía quedarse en casa, lavarse bien las manos y ser pacientes hasta que regrese la nueva normalidad. 

Había que tomar precauciones y la cuarentena se alargó por 30 días más. 

Pensé que no existiría mayor cambio porque logré administrar bien el tiempo en casa durante los primeros días de encierro. 

Parecía que sería solo esperar, pero las consecuencia del virus fueron más allá de los síntomas físicos. 

En la tercera semana empecé a despertar quince minutos más tarde. Luego treinta minutos, luego una hora. 

Creí que era una consecuencia normal porque leía en la pantalla que a otros también les pasaba igual. 

Pasaron los días y cada vez era más difícil despertar por la mañana. 

Apagaba la alarma y me saltaba pasos de mi rutina. Hasta dejé de hacer ejercicios por completo. 

El encierro que provocó la pandemia se estaba llevando mi impulso de trabajo y le abría la puerta a un miedo silencioso.

En medio del encierro llegó la hora de renovar los documentos migratorios. 

Completé el formulario en línea, ordené los certificados e hice una lista detallada de pasos de todo el proceso. 

Luego pensé que solo restaría imprimir, buscar un lugar donde tomarme la foto y enviar los documentos por correo. 

Pero la cuarentena cerró los centros de impresión y los estudios fotográficos. Busqué esos lugares en Google maps y encontré unos pocos que afirmaban estar abiertos. 

Fui a ellos. Ninguno estaba atendiendo.

En ese trayecto me encontré con una ciudad gris, fría y vacía. 

En no pocas esquinas reposaba algún mendigo rodeado de cartones y cobijas viejas. En otras esquinas seres surrealistas pero felices fumaban marihuana. 

Por aquellos personajes iba en zig zag entre una calle y otra. 

Pero aquellos personajes también espantaban la soledad que me perseguía a través de esas calles desnudas.

***

En el encierro cambió la dieta. Resultó más difícil cocinar algo sano y mayor era mi deseo por comer pizza, papas fritas y dulces de pan. 

Y comí muchas pizzas, papas fritas y dulces de pan. Subí de peso, cuatro kilos más de lo normal. 

Cuando miraba el número que marcaba la balanza me consolaba con la promesa de que haría dieta. Promesa que no he cumplido.

Pasaron 88 días y veía por la ventana personas corriendo. Me cuestioné si yo también podría salir a dar una vuelta por ahí. Hasta que un día lunes salí y corrí como antes.

Fue una tarde feliz.

Al siguiente día me dolía el cuerpo. Quería salir a correr otra vez, pero la pereza fue aliada incondicional de ese dolor muscular. 

Además, cada vez que salgo siento el temor al contagio. 

Después llegó el verano casi sin avisar. El calor dentro del departamento es abrumador. 

Abro las ventanas y el poco viento fresco que llegar viene acompañado de un ruido intenso de bocinas y sirenas.




Mi religión con la religión

El cuestionar la fe religiosa heredada es un camino con altibajos que está minado de desencantos. Al final de ese sendero uno se siente algo diferente a los demás, como testigo de una revelación. 

Mi cambio de perspectiva frente al dogma católico empezó por escuchar heavy metal y leer algunos textos de Fernando Savater. Luego llegaron los libros de Fernando Vallejo y Richard Dawkins. 

En ese camino de cambiar una creencia por otra me sentí tentado a discutir sobre temas religiosos con personas católicas. 

La mayoría de las veces era entretenido, porque tenía un sinfín de oscuras historias de la Iglesia para encender cualquier discusión. 

Estaba en la edad donde me gustaba polemizar. 

Pero cuando pasan los años y las experiencias se acumularon algo sutil pero fundamental cambió mi forma de entender la religión. 

Perdió sentido el tratar de convencer a otros de que cuestionen sus creencias si yo mismo tenía las mías y a menudo no las cuestionaba. 

Entendí que en algunas personas la religión era su bastón para avanzar en la dura realidad de la existencia y la oración su consuelo y fuente de esperanza. 

¿Por qué iba yo a discutir con cualquiera sobre aquello que esa persona cree que es bueno para ella misma? 

Poco sentido hay en cuestionar lo que piensa el otro, si eso que piensa le ayuda a transitar por la vida que en sí misma es sufrimiento.

Ahora, siempre que voy a la iglesia por algún motivo inevitable, me fijo en aquellos creyentes que mantienen su devoción intacta. 

A veces los envidio porque ellos aún tienen alguien a quien acudir cuando la vida se oscurece y los escombros de la ansiedad no dejan ver la luz del día. 

Tengo la certeza que si yo rezara pidiendo un futuro a mi favor me sentiría un poco falso, incoherente. 

A los que dejamos de creer solo nos queda una carta que jugar: la filosofía de los estoicos, el amor fati.



El profesor experimentado (parte 2)

Cuando fui alumno de pregrado creía que las notas eran la mejor forma de predecir el futuro.

Calificaciones excelentes equivaldrían, luego de la graduación, a un trabajo bien remunerado y a la eterna admiración social. Las malas notas, en cambio, condenaban a una vida mediocre. 

En aquellos días de universitario el mundo tenía un matiz blanco y negro: buen estudiante es buena persona (en todo) y mal estudiante es mala persona (en todo).

Pero estaba equivocado, tanto que hoy siento una punzada en la conciencia por mi creencia de aquellos días.

Cuando terminé pregrado en 2008 apenas volví a ver a mis ex compañeros. Con el paso de los años empecé a comprender que mis predicciones basadas en las notas resultaron muy distintas de lo que me imaginaba porque a todos nos había ido bien, casi sin excepción. 

Frente a esa realidad, mi teoría de que una nota predecía el éxito en la vida empezó a cambiar.

Poco a poco fui entendiendo que el desempeño académico en una habilidad actual es apenas un punto de partida. Saber hasta dónde se desarrollará esa habilidad es desconocido.

Así que juzgar y etiquetar a los demás por una calificación es arriesgado. 

Esta nueva perspectiva me ha servido en mi trabajo de ser profesor.

En los dos primeros años que di clase, durante las dos o tres semanas iniciales de un curso, etiquetaba casi por instinto a los estudiantes en dos grupos: los excelentes y los malos. 

Los primeros, unos pocos, se llevaban toda mi admiración y preferencia. Los segundos, la mayoría, tendrían que demostrar con trabajo duro que merecían aprobar. 

Noté que al identificar a un estudiante sobresaliente tenía la inclinación de mantener ese convencimiento hasta el final del curso. Cuando en la revisión de las pruebas veía un error, lo observaba con incredulidad e indulgencia. 

Quizá hasta a los estudiantes sobresalientes les calificaba más alto que a los demás solo por mantener esa idea de que él o ella eran buenos perfiles. 

Un comportamiento semejante sucedía cuando algún estudiante que en las primeras semanas parecía poco dedicado iba mejorando. Pensaba que lo había logrado por un golpe de suerte. 

Tal era el sesgo de la primera impresión.

Sin embargo, cuando volví a ser otra vez estudiante, pero en otra universidad, entendí que las impresiones de las primeras semanas son peligrosas apariencias.

Tal epifanía llegó cuando en el primer examen de una materia omití cierta notación básica del cálculo de probabilidades. 

Estoy seguro que fue una equivocación producto de los nervios ya que era la primera prueba. Estudié incontables ejercicios y me sentía preparado.

Pero cuando entregué el examen me invadió la decepción que acompaña al fracaso. 

Quince días después recibí el resultado. Pasando las hojas del cuadernillo de respuestas encontré otros errores. Imaginé que el profesor quizá estuviera pensando que yo era un estudiante descuidado. 

Una semana después asistí a una tutoría de esa materia. Llegué a la oficina del profesor sintiendo temor y vergüenza. Pero apenas entré me sorprendió la calurosa amabilidad del  profesor. 

Me ayudó con mis dudas y me brindó un trato cordial. Él fue así con todos: con los extraordinarios estudiantes chinos y con los que luchamos duro estudiando pero nos quedamos siempre en todo el centro de la curva. 

En otra materia sucedió algo similar, pero con un desenlace diferente. En el primer examen obtuve una nota baja. Sin embargo, en el resto de pruebas hasta el final me fue bien.

Estudié tantos ejercicios que mi confianza estaba por las nubes y los exámenes, aunque difíciles, los resolvía completos. 

Pero a pesar de haber mejorado mi rendimiento de forma consistente, el profesor de esa materia siempre me trató de una forma extraña, con un ligero matiz de indiferencia.

Tal vez fue una idea mía, fruto de mi mentalidad fija. 

Luego de aquellas dos experiencias, mi actitud hacia los estudiantes cambió. Si en el pasado diferenciaba entre los buenos y malos alumnos, de ahora en adelante existía solo un grupo: aquellos a los que debía enseñar. 

Lo que significaba: dictarles una clase preparada, ser puntual, motivar a los que se rezagan, de vez en cuando salir del tema del día y brevemente conectarlos con algo cotidiano para atenuar el aburrimiento. Entre otras cosas más. 

Pero sobre todo, decirles incontables veces que la vida es un proceso de aprendizaje sin fin, y que para aprender hay que aceptar el fracaso como información, no como un defecto.

Cuando veo a los estudiantes en clase o converso con ellos los imaginó cómo serán en el futuro. Algunos crearán su empresa, unos tantos trabajarán para el estado o una empresa privada. 

Otros viajarán fuera de la ciudad o del país a seguir estudiando o trabajar. La mayoría formará una familia y tendrá hijos.

Con esa imagen del futuro es fácil tratarlos con gentileza y darles todo mi apoyo para que aprendan tanto como ellos quieran. 

O, si les desagrada mi materia, decirles que no importa mucho, que habrán muchas otras materias y de seguro una les gustará y serán muy buenos en ella. 

La vida, como en la academia, está llena de variedad y de segundas oportunidades. 


La lectura y el movimiento

Hace días alguien me dijo que no solo importa la calidad de las ideas, sino también el lenguaje que se usa para transmitirlas. Que conocer bien de un tema cualquiera es algo bueno, pero que saberlo compartir es mejor. Y que llevar a la práctica las ideas es mucho más valioso.

Adquirir conocimiento tiene su precio. Aunque si se usa las técnicas adecuadas puede resultar menos aburrido y duradero. Estudiar o leer en los mismos horarios, en ambientes sin interrupciones y lejos de distracciones como el móvil o las redes sociales. Eso ayuda.

Luego de unas horas o quizá días parte de esa información se quedará en mi cabeza. Con suerte, modificará parte de mis paradigmas, o la percepción que tengo de la realidad.

Sin embargo, si logro escribir esas ideas usando mis propias palabras o las transmito de forma oral a otra persona, habré producido algo que no existía.

El primer paso para comprender algún tema nuevo siempre es una lectura exploratoria, que suele ser la más incómoda porque me deja llena de dudas. Y me hace sentir incompetente. En general, hay tres razones por las que se lee:

1. Para entretenerse,
2. Para aprender cosas nuevas y
3. Para estar informado.

El entretenimiento puede ser una obra literaria, una novela o un poema. El segundo tipo, la lectura para aprender algo nuevo, es fundamental en la educación y se realiza en textos técnicos. Leer para estar informado es revisar una nota periodística.

Cuando se lee por entretenimiento existen múltiples beneficios. Uno es aprender palabras nuevas. Si las palabras ayudan a simplificar lo que se quiere decir, es una ganancia. Pero si las palabras nuevas son poco usadas, éstas sirven para entender el texto que se lee, pero vale evitar usarlas para expresar lo que se quiera decir. Pueden oscurecer el mensaje.

Al leer para aprender algo nuevo es necesario saber que existen varias lecturas: una exploratoria, que es un poco veloz, incómoda, notando detalles de gráficas, tablas y palabras desconocidas. Una lectura posterior donde se aplica la auto-evaluación para retener lo que se lee (la técnica de Feynman).

Leer para informarse es la lectura más superficial de todas. En ella se puede hacer un recorrido rápido por el texto y detenerse apenas en la parte que nos interesa. Por lo general, muchas noticias se digieren así, en forma de tuits breves o apenas leyendo los títulos del reportaje.

De todos estos tipos de lectura, los dos primeros son los más importantes porque pueden influir en el rumbo de nuestro destino. Por ejemplo, si lees "Crimen y castigo" de Dostoevsky entenderás a profundidad los laberintos del arrepentimiento y la culpa. Lecturas así transforman la panorámica de lo cotidiano.

Ese es el poder de la Literatura, que permite vivir muchas vidas gracias al poder de la palabra escrita y la habilidad del escritor. Vivir otras vidas nos hace salir de forma segura, la mayoría de las veces, de nuestra zona de confort. Por eso es nocivo criticar el gusto literario de una persona Basta con que le guste leer no importe qué, porque la lectura es un descubrimiento constante.

Leer para aprender tiene dos tipos de matices. El uno es cuando se lee los textos de colegio o de la carrera universitaria para adquirir destrezas técnicas para la vida profesional. El otro tipo es cuando se lee libros de divulgación científica que a veces en las librerías los catalogan como de autoayuda. De este tipo de libros podrían nombrar los de Kelly McGonigal o del filósofo Fernando Savater. Aquí me voy a detener un poco.

Supongamos que compro uno de estos libros. Lo leo, subrayo las ideas interesantes y luego paso a leer otro libro. Con el siguiente texto hago lo mismo hasta que descubro que ahora conozco ideas nuevas. Pero de seguir este camino sin detenerme a pensar en formas de aplicar parte de leído quizá terminaría por no ser el mejor uso de esas lecturas.

Porque aquellos libros, los basados en estudios científicos, deberían usarse como manuales de usuario, ser releídos como recetas para vivir una vida cada vez mejor, acaso eso sea posible.

Por ejemplo, si al leer a David Allen o Robert Pozen descubro que hacer una lista de tareas en una hoja de papel, ordenar esa lista en base a prioridades y ejecutar esas tareas en espacios de tiempo determinados me ayuda a ser más productivo, debo experimentar con esa estrategia. Quizá al inicio no funcione tan bien como esperaba y termine por abandonarla.

O tal vez es efectiva los primeros días y luego la pereza me hace abandonar esa técnica de administración de tiempo y regrese a mi caótico frenesí rutinario. Pero fue una idea que la puse en práctica, una idea que fue aprendida de un libro, que a pesar de tal vez abandoné o tuvo poco beneficio, ya di el primer paso de entrar en acción.

Es decir, se creó algo, un pequeño intento de hábito.

De igual forma, la lectura, sea de cualquier tipo, también provoca un complaciente espejismo. Cuando leo un libro que despierta mi interés, puedo navegar por esas páginas horas y horas hasta su final. Siento que todo ese tiempo invertido en explorar el libro ha sido muy satisfactorio. He aprendido algo nuevo, me he entretenido y tal vez informado.

Sin embargo, viendo de cerca, no he creado nada, no he producido nada a partir de esas nuevas ideas. Por eso es muy recomendable tratar de usar ese nuevo conocimiento buscando una aplicación práctica que produzca un bien que sea tangible. Así sea algo pequeño, pero nuevo y real.


La ventana y el verano

Frente al edificio de mi apartamento había tres lotes vacíos que servían de estacionamientos esporádicos. A veces también se llenaban de gaviotas, palomas y cuervos feroces que picoteaban frenéticos el piso. O se formaban enormes charcos grises luego de una lluvia de primavera.

A un mes de mudarme al 04-02, casi al final de la primavera, unos tractores enormes y amarillos iniciaron a excavar el terreno de los tres lotes. Luego vinieron otras máquinas pesadas a martillar vigas colosales de hierro y remover la tierra. Un ejército de fornidos obreros con chalecos anaranjados, rostros delincuenciales y cascos grises iban de allá para acá preparando la construcción.

De repente me vi emboscado con ruidos de sirenas, de grúas, bocinas de tractores y caída de materiales.

Pasó el tiempo y la construcción continuaba estrepitosa e imparable. Hasta que de repente una mañana, tras el vapor de la taza de café, vi que los trabajadores ya habían llegado al piso 04. Los tenía en frente mío y si yo podía verlos, ellos también podrían verme. Me levanté y cerré parsimoniosamente la cortina.

Cuando me senté a seguir desayunando miré la ventana de la izquierda. Por ese flanco también había obreros en la otra construcción. Ya no solo tuve que correr ambas cortinas, sino también encender la luz a las siete de la mañana de un día luminoso de julio.

Sospechar que podrían mirarme por las ventanas cambió mi rutina de la mañana. Al cerrar las cortinas, el ambiente se transformaba en una penumbra con una tímida luz de verano que penetraba por el borde de las ventanas. Pero con el paso de los meses me acostumbré y también el ruido fue enmudeciendo.

Llegó el invierno y todos los trabajadores ya no estaban en el exterior. Me marché a casa y no volvería hasta finales de marzo. Pensé que quizá al regresar tendría un poco de privacidad, pero estaba lejos de tener razón.

Regresé a inicios de año. Por coincidencia, al mismo apartamento del cuarto piso. El invierno de aquel 1998 fenecía y una helada primavera nacía en abril. La nieve descansaba en los balcones de los nuevos edificios vecinos y la vista a la calle Dickinson era blanca y espléndida. El café sabía mejor con las cortinas abiertas y toda esa luz gris que inundaba el apartamento. La primavera fue haciéndose más intensa y adelantó temperaturas de verano.

El cielo despejado, los atardeceres más largos y el cambio a ropa ligera me ponían de buen ánimo.

Durante el desayuno del segundo sábado de mayo vi macetas en los balcones del edificio frente a mi mesa de la cocina. Macetas marrones y grises, macetas de todos los tamaños. La siguiente semana había sacos de tierra a lado de esas macetas y al inicio de junio habían plantas y flores en esas macetas. Fueron apareciendo sillas y mesas, estufas y sofás en los balcones.

Y de pronto, como una estampida de estrellas en una noche sin luna, aparecieron varias miradas a menos de veinte metros de mi ventana. Ahora tendría otra vez que cerrar la cortina.

Cuando corría las cortinas, el departamento se oscurecía. Odiaba encender la luz mientras sabía que afuera el sol reinaba en el cielo de un naciente verano. Pensé que debía acostumbrarme a que haya gente fuera en los balcones del otro edificio, ignorarlos y seguir como si no estuvieran ahí. Lo fui logrando, pero en ciertos días olvidaba cerrar la cortina al salir de la ducha y debía ir agachado como alacrán hasta la parte oculta del departamento.

Aunque los días que llevaba prisa ni siquiera lo pensaba. Me decía que si me ven qué puedo hacer, igual a lo mucho alcanzarían a mirar mi trasero desnudo por una fracción de segundo.

Pero eso era solo parte del problema.

A menudo, mientras comía, podía ver claramente tres balcones por mi ventana. Los bauticé con nombres clave: centro, izquierda y derecha. En esos balcones mis vecinos tomaban el sol y el té, a veces aderezando el bronceado con una botella de vino tinto o fumando yerbas recientemente legalizadas.

Con la llegada de agosto me resigné a la oscuridad de mi cuarto piso. Tenía sobrados motivos. El vecino del apartamento de la derecha acostumbraba salir desnudo de la ducha y caminar sin prisa hacia su cuarto. Qué difícil sostener el tenedor luego de ver tras la ventana una trompa de elefante balancearse como yoyo. Sucedió dos veces y desde que ese dotado vecino compró cortinas menos transparentes no pasó nunca más.

De los tres departamentos que podía ver claramente sus balcones, el que estaba en la mitad estaba desocupado. Tras la grande ventana veía una cama con edredón blanco y un velador con una lámpara enorme. Hace unas tres semanas llegaron los inquilinos. Una señora joven con un niño de dos años a lo mucho. De todos los apartamentos frente a mi ventana, era el único que no tenía cortinas en el cuarto principal.

Como estaba justo en frente de mí cocina, el cuarto principal de ese apartamento era lo primero que veía al abrir la ventana por las mañanas. Me jodía que no tengan cortinas. Ya no estaba más dispuesto a oscurecer mi apartamento. Ahora los iba a ignorar por completo.

Con el transcurrir de los días noté que, sin importar la hora que fuera, la señora estaba casi todo el tiempo acostada en la cama con el celular en la mano. Pasaba incontables minutos moviendo los pulgares sobre la pantalla. Ella cambiaba periódicamente de posición y a menudo se reía poniéndose la mano en la boca. Era el mismo comportamiento a la hora del almuerzo. Y a la hora de la cena.

A veces envidiaba todo ese tiempo libre, ese ocio desenfrenado. Porque yo en vacaciones soy así de viciado con el celular. No es un buen hábito, pero como humano sé caer en las tentaciones.

Dejé de sentirme culpable por mirar por la ventana hacia ese departamento sin cortinas. Pero no resultó fácil. Cuando ella pegaba un pequeño espejo redondo en el cristal de la ventana y se presionaba la cara sentía una punzada de asco y corría a cerrar de un tirón la cortina.

A menudo ella también andaba en ropa bastante ligera por el cuarto. Era otra razón para levantarme de la silla y cerrar la cortina. Mi cerebro de Homo Sapiens no puede estar tranquilo si una mujer en panties rueda por su cama en el departamento de enfrente. Tampoco quería que pensara, en caso nuestras miradas se encontraban, que estaba de espía mórbido mirándola.

Ella habitaba en su espacio privado, yo en el mío. La culpa de cuando mis ojos miraban su silueta poco cubierta era de ella, por no poner cortinas en su habitación. ¿O era mía? Para salir de dudas busqué una poco de aprobación externa.

Cuando le conté este problema de panorámica a una colega del trabajo mi miró con ojos de buey degollado. Quería que alguien me diera la razón, que me librara de culpa, pero ella me acusó de libidinoso. A partir de ese día renuncié a nunca más abrir la cortina y dejar que el mundo que brillaba allí afuera no oscureciera más el pudor del cuarto piso.

Let me jump in your game

No es mi intención ponerme en un pedestal por sobre todos los demás. Cómo crees. Pero creo que he logrado unos valiosos gramos de disciplina en mis rutinas. Medito, hago ejercicio, me alimento bien, leo, trato de escribir, no uso redes sociales y hago mi investigación los más responsable que puedo. No fueron hábitos de la noche a la mañana. Todo fue un proceso largo y hasta tedioso por momentos. Pero las rutinas están ahí, funcionando y manteniéndome a salvo del naufragio, por lo pronto.

Sin embargo, hay un asunto que me tiene enredado, dubitativo, rozando el piso. Y ese asunto es cómo aprender bien inglés como segunda lengua. De las cuatro habilidades: leer, escribir, escuchar y hablar, a las tres primeras creo que puedo hacerles frente, atrincherarme en la batalla y contraatacar. Pero en la última firmo la capitulación apenas las primeras palabras salen de mi boca. Cuando hablo más de un minuto entiendo que existe algo extraño en mi inglés, unas vocales que no entonan, unas frases que no significan nada. Abro la boca, pronuncio las oraciones y en seguida se detona el desastre.

Podría culpar a la casualidad, a la circunstancia histórica, a los Conquistadores españoles que se adelantaron a los británicos. Imagino con nostalgia a galeones ingleses anclando en puertos del Nuevo Mundo y heredándonos, con no pocas dosis de sangre y fuego, la lengua anglosajona. Ilusión absurda la mía.

Miro también mis cursos de inglés del pasado. Profesores nativos que poco entendían de gramática, perezosos de corregir la mala pronunciación y ansiosos de narrar sus historias de vida. Y nosotros, los estudiantes, felices de entrenar el oído.

Nada de énfasis en la buena pronunciación. Eran, en el mejor de los casos, clases de gramática. Importante, sí. Pero quizá sea algo más sencillo de aprender por cuenta propia que entender cómo se habla de forma correcta, fluida. Porque mi cabeza hispánica tiende a leer toda la palabra como está escrita. Y en el inglés una cosa es lo escrito y otra cosa es cómo se pronuncia. Pienso en todas aquellas veces que pronuncié la V como B y que la Z asomó en mi boca como una S. Ni se diga la T, la TH y la sutil schwa. Y tantos otros sonidos más.

Pienso en los días que me sentía fluente por hablar rápido. Pero al mismo tiempo me abochorno de lo ridículo que debí de haberme escuchado. Hasta que llegaron los días cuando la cara del nativo se fruncía en señal de que me entendía poco. O quizá nada. Cuando me pedía que repita, repetía y alzaba la voz. Igual resultado. Algo mal estaba pasando y apenas lo estaba intuyendo.

En YouTube encontré parte de la respuesta. Estaba pronunciando mal. No imitaba los sonidos ni de cerca. Mis cinco vocales españolas eran quince vocales en inglés. Había sonidos sonoros y sordos. Y tantas otras cosas más. Puse empeño en pronunciar mejor y lo que escuchaba era mi voz extraña, ajena a mi personalidad. Sonaba a una persona insegura, distinta, proscrita. Eso me detenía. Me preguntaba dónde encontrar una guía más certera que un vídeo de YouTube.

Navegando por Amazon encontré dos libros de cinco estrellas. En realidad, hay docenas de esos libros.

Y el sonido del mundo empezó a cambiar.

Marian

Marian era la más codiciada de la TV. Marian a menudo vestía minifalda, tacones altos y un escote en forma de uve, de uve profunda, geométrica. Tenía el cabello rubio como el cobre, una cara fina, nariz respingada y unos ojos turquesa que resaltaban con el maquillaje de su piel blanca. Era la más deseada por los hombres-chimpancés y la más criticada por las mujeres-morenas. Marian era guapa, despampanante, seductora. Una presentadora de farándula que más de una vez habitó las mentes afiebradas de adolescentes libidinosos. 

Un día de enero, a finales de los 80s, Marian detonó una bomba al final del programa. Los invitados, sentados en el sofá de cuero, enmudecieron con la boca abierta. Miembros de producción y camarógrafos se acercaron a darle un abrazo, una sentida felicitación. Llegó el momento que muchos sospechaban, pero que no podían predecir cuándo sucedería. Marian iba casarse.

Pero el destino le tendería una emboscada. Una semana antes de la boda el novio de Marian cedió a la tentación. En la despedida de soltero, con el cerebro poseído por alucinógenos, le suministró lujuria a la invitada clandestina, obsequio lascivo de sus amigos cocainómanos. A Marian nadie se lo tuvo que contar. Lo vio todo ella misma.

Luego del escándalo Marian no volvió a ser la misma. En el siguiente show dijo en voz quebrada: pudo haber sido el novio perfecto, pero solo con una cagada lo borró todo. Lenguaje inadecuado para TV, pero a Marian se le perdona todo, porque es bella y ha sido traicionada. Está herida. Con ojos vidriosos, esquivando la cámara, relató que fueron dos años maravillosos, románticos, lascivos de amor. Flores y serenatas en los cumpleaños, regalos onerosos, farras con amigos y viajes al extranjero. Su ex novio, el señor A, lo hizo todo bien antes de la lujuriosa despedida de soltero.

Marian no fue al programa la siguiente noche. El presentador improvisa alguna disculpa. Golpean la puerta del departamento de Marian. Nadie contesta. La policía fuerza la entrada, la llama por su nombre. Nadie responde. Suben a la segunda planta y echan un vistazo en las habitaciones. Nada. Al final del pasillo yace un revolver en el piso y una larga mancha de sangre en la pared. Marian ha matado a Charly, su mascota canina. Recostada contra la pared, aún con la jeringa colgando de su brazo, abre los ojos por última vez antes de la siguiente detonación.

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