Mi religión con la religión

El cuestionar la fe religiosa heredada es un camino con altibajos que está minado de desencantos. Al final de ese sendero uno se siente algo diferente a los demás, como testigo de una revelación. 

Mi cambio de perspectiva frente al dogma católico empezó por escuchar heavy metal y leer algunos textos de Fernando Savater. Luego llegaron los libros de Fernando Vallejo y Richard Dawkins. 

En ese camino de cambiar una creencia por otra me sentí tentado a discutir sobre temas religiosos con personas católicas. 

La mayoría de las veces era entretenido, porque tenía un sinfín de oscuras historias de la Iglesia para encender cualquier discusión. 

Estaba en la edad donde me gustaba polemizar. 

Pero cuando pasan los años y las experiencias se acumularon algo sutil pero fundamental cambió mi forma de entender la religión. 

Perdió sentido el tratar de convencer a otros de que cuestionen sus creencias si yo mismo tenía las mías y a menudo no las cuestionaba. 

Entendí que en algunas personas la religión era su bastón para avanzar en la dura realidad de la existencia y la oración su consuelo y fuente de esperanza. 

¿Por qué iba yo a discutir con cualquiera sobre aquello que esa persona cree que es bueno para ella misma? 

Poco sentido hay en cuestionar lo que piensa el otro, si eso que piensa le ayuda a transitar por la vida que en sí misma es sufrimiento.

Ahora, siempre que voy a la iglesia por algún motivo inevitable, me fijo en aquellos creyentes que mantienen su devoción intacta. 

A veces los envidio porque ellos aún tienen alguien a quien acudir cuando la vida se oscurece y los escombros de la ansiedad no dejan ver la luz del día. 

Tengo la certeza que si yo rezara pidiendo un futuro a mi favor me sentiría un poco falso, incoherente. 

A los que dejamos de creer solo nos queda una carta que jugar: la filosofía de los estoicos, el amor fati.



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