Hasta ayer

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Iba a ser el café más largo de la semana.

Llegamos a la fila. Bandejas en mano pedimos el arroz relleno, la carne jugosa y la bebida azucarada. El primero una Coca Cola diet, otro una Coke Stevia. Yo una tortilla de papa y té.

De camino a la cafetería el amigo K se encontró con el elocuente H. Saludaron, bromearon y el primero dijo “vamos” y el otro respondió “ya  compa, los alcanzo”.

En la mesa empezó el acalorado diálogo. Lo de siempre: la noticia del audio filtrado, los robos del gobierno, soluciones ingeniosísimas a los problemas de los otros, etc. Mucha filosofía para tres.

Sonó el teléfono de K, atendió, frunció el ceño, se disculpó y se fue. Quedamos dos desconocidos en la mesa y empezó el drama de las preguntas que se hacen las personas que se encuentran por accidente.

Y empezó un monólogo imparable, febril e inacabable. Hasta el sabor de mi comida cambió. La tortilla sabia desabrida, insípida.

El viento frío erizaba la piel. Quería irme, ¿pero cómo?

Pero H, de tanto que hablaba, apenas probó la comida. Platicaba de todo con mucha seguridad. Movía las manos al ritmo de su voz, modulaba el tono, gesticulaba al unísono. Tenía tema para cada cosa, pero había uno en especial: sus viajes.

Con cada historia de sus expediciones por el mundo se encendía más sus ojos bovinos. Creo que pensó que estaba interesadísimo en esas aventuras. Pero no, quería huir. Mas estaba atrapado.

Hasta que llegó una pregunta a quemarropa: “y tú, ¿a dónde nomás has viajado?”.

En mi rápido recuento por los lugares donde había llevado a mi fatal existencia, ninguno se comparaba con los viajes que él afirmaba haber hecho. Me quedé callado buscando una respuesta. Y de repente llegó ese lugar…

Fue en el 2013. Era una ciudad pequeña, fría, rodeada de montañas. Ese ambiente me recordó mi urbe de origen y una nostalgia clandestina me invadió.

J y yo caminamos por las calles del centro, buscando algo que comprar como recuerdo.

Cada paso, cada metro recorrido, notaba como la gente nos veía con atención. El cerebro, en su infinita batalla contra la incerteza, buscó una respuesta a esas miradas.

Y en ese lapso escuché el comentario de una niña que iba con su abuela. Dijo: “parecen bolivianos”. Se lo conté a J y se indignó.

Mientras tomábamos las fotos del recuerdo en la Plaza Central las miradas de la gente ya no eran incómodas. Pero seguían ahí. Hasta que mi cerebro entendió que en todo el recorrido no habíamos visto a otros extranjeros. Nuestras caras con rasgos incásicos llamaban la atención. Fin del misterio.

De regreso a la mesa, mi historia sonó tan insípida como sabía mi tortilla de papa. Eso le dio cuerda a H para seguir con sus espectaculares narraciones. Al menos ya había avanzado en su arroz relleno y su Coke Stevia estaba casi vacía.

Mientras él seguía su aventurera historia, en intervalos breves yo pensaba en otros lugares que había visitado. De ninguno tenía un recuerdo claro, impresionante. La memoria me traicionaba.

Pensé que quizá era yo de aquellos que cuando viajan se emocionan poco.

En cambio hay otros, como el amigo de la Coke Stevia, que recuerdan con entusiasmo cada vez que se subieron a un avión. Y no dudan en contárselo al mundo.

Pero es normal. No todos vemos el mundo igual. Y así está bien. Unos se emocionan viendo tal o cual cosa, llegando a tal o cual lugar.

Otros bostezamos, nos lamentamos, miramos al reloj y nos divorciamos de la realidad.

Aunque, ya con el beneplácito de la perspectiva, recuerdo un viaje en mototaxi en un caluroso pueblo del Guayas. Para ahorrar tiempo, según me explicó el enchanclado chofer, iríamos por un atajo.

Del camino de asfalto pasamos a uno de piedras y polvo. Atravesamos un poblado de casas de bambú, tablas y cemento. Cada rebote mío y de mi maleta dentro de la cabina del mototaxi multiplicaba la emoción inesperada del recorrido.

Pero era mi percepción del viaje, lo bizarro de la situación, que hacían, para mí, un viaje sui generis y digno de recordarlo. Inesperado, pero poco meritorio para contarlo en la mesa.

De regreso a la oficina suspiré aliviado el fin de aquel encuentro. Generosos los cielos conmigo, jamás se volvió a repetir un momento así… hasta ayer.

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