Cuando fui alumno de pregrado creía que las notas eran la mejor forma de predecir el futuro.
Calificaciones excelentes equivaldrían, luego de la graduación, a un trabajo bien remunerado y a la eterna admiración social. Las malas notas, en cambio, condenaban a una vida mediocre.
Calificaciones excelentes equivaldrían, luego de la graduación, a un trabajo bien remunerado y a la eterna admiración social. Las malas notas, en cambio, condenaban a una vida mediocre.
En aquellos días de universitario el mundo tenía un matiz blanco y negro: buen estudiante es buena persona (en todo) y mal estudiante es mala persona (en todo).
Pero estaba equivocado, tanto que hoy siento una punzada en la conciencia por mi creencia de aquellos días.
Pero estaba equivocado, tanto que hoy siento una punzada en la conciencia por mi creencia de aquellos días.
Cuando terminé pregrado en 2008 apenas volví a ver a mis ex compañeros. Con el paso de los años empecé a comprender que mis predicciones basadas en las notas resultaron muy distintas de lo que me imaginaba porque a todos nos había ido bien, casi sin excepción.
Frente a esa realidad, mi teoría de que una nota predecía el éxito en la vida empezó a cambiar.
Poco a poco fui entendiendo que el desempeño académico en una habilidad actual es apenas un punto de partida. Saber hasta dónde se desarrollará esa habilidad es desconocido.
Así que juzgar y etiquetar a los demás por una calificación es arriesgado.
Así que juzgar y etiquetar a los demás por una calificación es arriesgado.
Esta nueva perspectiva me ha servido en mi trabajo de ser profesor.
En los dos primeros años que di clase, durante las dos o tres semanas iniciales de un curso, etiquetaba casi por instinto a los estudiantes en dos grupos: los excelentes y los malos.
Los primeros, unos pocos, se llevaban toda mi admiración y preferencia. Los segundos, la mayoría, tendrían que demostrar con trabajo duro que merecían aprobar.
Noté que al identificar a un estudiante sobresaliente tenía la inclinación de mantener ese convencimiento hasta el final del curso. Cuando en la revisión de las pruebas veía un error, lo observaba con incredulidad e indulgencia.
Quizá hasta a los estudiantes sobresalientes les calificaba más alto que a los demás solo por mantener esa idea de que él o ella eran buenos perfiles.
Un comportamiento semejante sucedía cuando algún estudiante que en las primeras semanas parecía poco dedicado iba mejorando. Pensaba que lo había logrado por un golpe de suerte.
Tal era el sesgo de la primera impresión.
Sin embargo, cuando volví a ser otra vez estudiante, pero en otra universidad, entendí que las impresiones de las primeras semanas son peligrosas apariencias.
Tal epifanía llegó cuando en el primer examen de una materia omití cierta notación básica del cálculo de probabilidades.
Tal epifanía llegó cuando en el primer examen de una materia omití cierta notación básica del cálculo de probabilidades.
Estoy seguro que fue una equivocación producto de los nervios ya que era la primera prueba. Estudié incontables ejercicios y me sentía preparado.
Pero cuando entregué el examen me invadió la decepción que acompaña al fracaso.
Pero cuando entregué el examen me invadió la decepción que acompaña al fracaso.
Quince días después recibí el resultado. Pasando las hojas del cuadernillo de respuestas encontré otros errores. Imaginé que el profesor quizá estuviera pensando que yo era un estudiante descuidado.
Una semana después asistí a una tutoría de esa materia. Llegué a la oficina del profesor sintiendo temor y vergüenza. Pero apenas entré me sorprendió la calurosa amabilidad del profesor.
Me ayudó con mis dudas y me brindó un trato cordial. Él fue así con todos: con los extraordinarios estudiantes chinos y con los que luchamos duro estudiando pero nos quedamos siempre en todo el centro de la curva.
En otra materia sucedió algo similar, pero con un desenlace diferente. En el primer examen obtuve una nota baja. Sin embargo, en el resto de pruebas hasta el final me fue bien.
Estudié tantos ejercicios que mi confianza estaba por las nubes y los exámenes, aunque difíciles, los resolvía completos.
Estudié tantos ejercicios que mi confianza estaba por las nubes y los exámenes, aunque difíciles, los resolvía completos.
Pero a pesar de haber mejorado mi rendimiento de forma consistente, el profesor de esa materia siempre me trató de una forma extraña, con un ligero matiz de indiferencia.
Tal vez fue una idea mía, fruto de mi mentalidad fija.
Tal vez fue una idea mía, fruto de mi mentalidad fija.
Luego de aquellas dos experiencias, mi actitud hacia los estudiantes cambió. Si en el pasado diferenciaba entre los buenos y malos alumnos, de ahora en adelante existía solo un grupo: aquellos a los que debía enseñar.
Lo que significaba: dictarles una clase preparada, ser puntual, motivar a los que se rezagan, de vez en cuando salir del tema del día y brevemente conectarlos con algo cotidiano para atenuar el aburrimiento. Entre otras cosas más.
Pero sobre todo, decirles incontables veces que la vida es un proceso de aprendizaje sin fin, y que para aprender hay que aceptar el fracaso como información, no como un defecto.
Cuando veo a los estudiantes en clase o converso con ellos los imaginó cómo serán en el futuro. Algunos crearán su empresa, unos tantos trabajarán para el estado o una empresa privada.
Otros viajarán fuera de la ciudad o del país a seguir estudiando o trabajar. La mayoría formará una familia y tendrá hijos.
Con esa imagen del futuro es fácil tratarlos con gentileza y darles todo mi apoyo para que aprendan tanto como ellos quieran.
Con esa imagen del futuro es fácil tratarlos con gentileza y darles todo mi apoyo para que aprendan tanto como ellos quieran.
O, si les desagrada mi materia, decirles que no importa mucho, que habrán muchas otras materias y de seguro una les gustará y serán muy buenos en ella.
La vida, como en la academia, está llena de variedad y de segundas oportunidades.

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