La lectura y el movimiento

Hace días alguien me dijo que no solo importa la calidad de las ideas, sino también el lenguaje que se usa para transmitirlas. Que conocer bien de un tema cualquiera es algo bueno, pero que saberlo compartir es mejor. Y que llevar a la práctica las ideas es mucho más valioso.

Adquirir conocimiento tiene su precio. Aunque si se usa las técnicas adecuadas puede resultar menos aburrido y duradero. Estudiar o leer en los mismos horarios, en ambientes sin interrupciones y lejos de distracciones como el móvil o las redes sociales. Eso ayuda.

Luego de unas horas o quizá días parte de esa información se quedará en mi cabeza. Con suerte, modificará parte de mis paradigmas, o la percepción que tengo de la realidad.

Sin embargo, si logro escribir esas ideas usando mis propias palabras o las transmito de forma oral a otra persona, habré producido algo que no existía.

El primer paso para comprender algún tema nuevo siempre es una lectura exploratoria, que suele ser la más incómoda porque me deja llena de dudas. Y me hace sentir incompetente. En general, hay tres razones por las que se lee:

1. Para entretenerse,
2. Para aprender cosas nuevas y
3. Para estar informado.

El entretenimiento puede ser una obra literaria, una novela o un poema. El segundo tipo, la lectura para aprender algo nuevo, es fundamental en la educación y se realiza en textos técnicos. Leer para estar informado es revisar una nota periodística.

Cuando se lee por entretenimiento existen múltiples beneficios. Uno es aprender palabras nuevas. Si las palabras ayudan a simplificar lo que se quiere decir, es una ganancia. Pero si las palabras nuevas son poco usadas, éstas sirven para entender el texto que se lee, pero vale evitar usarlas para expresar lo que se quiera decir. Pueden oscurecer el mensaje.

Al leer para aprender algo nuevo es necesario saber que existen varias lecturas: una exploratoria, que es un poco veloz, incómoda, notando detalles de gráficas, tablas y palabras desconocidas. Una lectura posterior donde se aplica la auto-evaluación para retener lo que se lee (la técnica de Feynman).

Leer para informarse es la lectura más superficial de todas. En ella se puede hacer un recorrido rápido por el texto y detenerse apenas en la parte que nos interesa. Por lo general, muchas noticias se digieren así, en forma de tuits breves o apenas leyendo los títulos del reportaje.

De todos estos tipos de lectura, los dos primeros son los más importantes porque pueden influir en el rumbo de nuestro destino. Por ejemplo, si lees "Crimen y castigo" de Dostoevsky entenderás a profundidad los laberintos del arrepentimiento y la culpa. Lecturas así transforman la panorámica de lo cotidiano.

Ese es el poder de la Literatura, que permite vivir muchas vidas gracias al poder de la palabra escrita y la habilidad del escritor. Vivir otras vidas nos hace salir de forma segura, la mayoría de las veces, de nuestra zona de confort. Por eso es nocivo criticar el gusto literario de una persona Basta con que le guste leer no importe qué, porque la lectura es un descubrimiento constante.

Leer para aprender tiene dos tipos de matices. El uno es cuando se lee los textos de colegio o de la carrera universitaria para adquirir destrezas técnicas para la vida profesional. El otro tipo es cuando se lee libros de divulgación científica que a veces en las librerías los catalogan como de autoayuda. De este tipo de libros podrían nombrar los de Kelly McGonigal o del filósofo Fernando Savater. Aquí me voy a detener un poco.

Supongamos que compro uno de estos libros. Lo leo, subrayo las ideas interesantes y luego paso a leer otro libro. Con el siguiente texto hago lo mismo hasta que descubro que ahora conozco ideas nuevas. Pero de seguir este camino sin detenerme a pensar en formas de aplicar parte de leído quizá terminaría por no ser el mejor uso de esas lecturas.

Porque aquellos libros, los basados en estudios científicos, deberían usarse como manuales de usuario, ser releídos como recetas para vivir una vida cada vez mejor, acaso eso sea posible.

Por ejemplo, si al leer a David Allen o Robert Pozen descubro que hacer una lista de tareas en una hoja de papel, ordenar esa lista en base a prioridades y ejecutar esas tareas en espacios de tiempo determinados me ayuda a ser más productivo, debo experimentar con esa estrategia. Quizá al inicio no funcione tan bien como esperaba y termine por abandonarla.

O tal vez es efectiva los primeros días y luego la pereza me hace abandonar esa técnica de administración de tiempo y regrese a mi caótico frenesí rutinario. Pero fue una idea que la puse en práctica, una idea que fue aprendida de un libro, que a pesar de tal vez abandoné o tuvo poco beneficio, ya di el primer paso de entrar en acción.

Es decir, se creó algo, un pequeño intento de hábito.

De igual forma, la lectura, sea de cualquier tipo, también provoca un complaciente espejismo. Cuando leo un libro que despierta mi interés, puedo navegar por esas páginas horas y horas hasta su final. Siento que todo ese tiempo invertido en explorar el libro ha sido muy satisfactorio. He aprendido algo nuevo, me he entretenido y tal vez informado.

Sin embargo, viendo de cerca, no he creado nada, no he producido nada a partir de esas nuevas ideas. Por eso es muy recomendable tratar de usar ese nuevo conocimiento buscando una aplicación práctica que produzca un bien que sea tangible. Así sea algo pequeño, pero nuevo y real.


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