Frente al edificio de mi apartamento había tres lotes vacíos que servían de estacionamientos esporádicos. A veces también se llenaban de gaviotas, palomas y cuervos feroces que picoteaban frenéticos el piso. O se formaban enormes charcos grises luego de una lluvia de primavera.
A un mes de mudarme al 04-02, casi al final de la primavera, unos tractores enormes y amarillos iniciaron a excavar el terreno de los tres lotes. Luego vinieron otras máquinas pesadas a martillar vigas colosales de hierro y remover la tierra. Un ejército de fornidos obreros con chalecos anaranjados, rostros delincuenciales y cascos grises iban de allá para acá preparando la construcción.
De repente me vi emboscado con ruidos de sirenas, de grúas, bocinas de tractores y caída de materiales.
Pasó el tiempo y la construcción continuaba estrepitosa e imparable. Hasta que de repente una mañana, tras el vapor de la taza de café, vi que los trabajadores ya habían llegado al piso 04. Los tenía en frente mío y si yo podía verlos, ellos también podrían verme. Me levanté y cerré parsimoniosamente la cortina.
Cuando me senté a seguir desayunando miré la ventana de la izquierda. Por ese flanco también había obreros en la otra construcción. Ya no solo tuve que correr ambas cortinas, sino también encender la luz a las siete de la mañana de un día luminoso de julio.
Sospechar que podrían mirarme por las ventanas cambió mi rutina de la mañana. Al cerrar las cortinas, el ambiente se transformaba en una penumbra con una tímida luz de verano que penetraba por el borde de las ventanas. Pero con el paso de los meses me acostumbré y también el ruido fue enmudeciendo.
Llegó el invierno y todos los trabajadores ya no estaban en el exterior. Me marché a casa y no volvería hasta finales de marzo. Pensé que quizá al regresar tendría un poco de privacidad, pero estaba lejos de tener razón.
Regresé a inicios de año. Por coincidencia, al mismo apartamento del cuarto piso. El invierno de aquel 1998 fenecía y una helada primavera nacía en abril. La nieve descansaba en los balcones de los nuevos edificios vecinos y la vista a la calle Dickinson era blanca y espléndida. El café sabía mejor con las cortinas abiertas y toda esa luz gris que inundaba el apartamento. La primavera fue haciéndose más intensa y adelantó temperaturas de verano.
El cielo despejado, los atardeceres más largos y el cambio a ropa ligera me ponían de buen ánimo.
Durante el desayuno del segundo sábado de mayo vi macetas en los balcones del edificio frente a mi mesa de la cocina. Macetas marrones y grises, macetas de todos los tamaños. La siguiente semana había sacos de tierra a lado de esas macetas y al inicio de junio habían plantas y flores en esas macetas. Fueron apareciendo sillas y mesas, estufas y sofás en los balcones.
Y de pronto, como una estampida de estrellas en una noche sin luna, aparecieron varias miradas a menos de veinte metros de mi ventana. Ahora tendría otra vez que cerrar la cortina.
Cuando corría las cortinas, el departamento se oscurecía. Odiaba encender la luz mientras sabía que afuera el sol reinaba en el cielo de un naciente verano. Pensé que debía acostumbrarme a que haya gente fuera en los balcones del otro edificio, ignorarlos y seguir como si no estuvieran ahí. Lo fui logrando, pero en ciertos días olvidaba cerrar la cortina al salir de la ducha y debía ir agachado como alacrán hasta la parte oculta del departamento.
Aunque los días que llevaba prisa ni siquiera lo pensaba. Me decía que si me ven qué puedo hacer, igual a lo mucho alcanzarían a mirar mi trasero desnudo por una fracción de segundo.
Pero eso era solo parte del problema.
A menudo, mientras comía, podía ver claramente tres balcones por mi ventana. Los bauticé con nombres clave: centro, izquierda y derecha. En esos balcones mis vecinos tomaban el sol y el té, a veces aderezando el bronceado con una botella de vino tinto o fumando yerbas recientemente legalizadas.
Con la llegada de agosto me resigné a la oscuridad de mi cuarto piso. Tenía sobrados motivos. El vecino del apartamento de la derecha acostumbraba salir desnudo de la ducha y caminar sin prisa hacia su cuarto. Qué difícil sostener el tenedor luego de ver tras la ventana una trompa de elefante balancearse como yoyo. Sucedió dos veces y desde que ese dotado vecino compró cortinas menos transparentes no pasó nunca más.
De los tres departamentos que podía ver claramente sus balcones, el que estaba en la mitad estaba desocupado. Tras la grande ventana veía una cama con edredón blanco y un velador con una lámpara enorme. Hace unas tres semanas llegaron los inquilinos. Una señora joven con un niño de dos años a lo mucho. De todos los apartamentos frente a mi ventana, era el único que no tenía cortinas en el cuarto principal.
Como estaba justo en frente de mí cocina, el cuarto principal de ese apartamento era lo primero que veía al abrir la ventana por las mañanas. Me jodía que no tengan cortinas. Ya no estaba más dispuesto a oscurecer mi apartamento. Ahora los iba a ignorar por completo.
Con el transcurrir de los días noté que, sin importar la hora que fuera, la señora estaba casi todo el tiempo acostada en la cama con el celular en la mano. Pasaba incontables minutos moviendo los pulgares sobre la pantalla. Ella cambiaba periódicamente de posición y a menudo se reía poniéndose la mano en la boca. Era el mismo comportamiento a la hora del almuerzo. Y a la hora de la cena.
A veces envidiaba todo ese tiempo libre, ese ocio desenfrenado. Porque yo en vacaciones soy así de viciado con el celular. No es un buen hábito, pero como humano sé caer en las tentaciones.
Dejé de sentirme culpable por mirar por la ventana hacia ese departamento sin cortinas. Pero no resultó fácil. Cuando ella pegaba un pequeño espejo redondo en el cristal de la ventana y se presionaba la cara sentía una punzada de asco y corría a cerrar de un tirón la cortina.
A menudo ella también andaba en ropa bastante ligera por el cuarto. Era otra razón para levantarme de la silla y cerrar la cortina. Mi cerebro de Homo Sapiens no puede estar tranquilo si una mujer en panties rueda por su cama en el departamento de enfrente. Tampoco quería que pensara, en caso nuestras miradas se encontraban, que estaba de espía mórbido mirándola.
Ella habitaba en su espacio privado, yo en el mío. La culpa de cuando mis ojos miraban su silueta poco cubierta era de ella, por no poner cortinas en su habitación. ¿O era mía? Para salir de dudas busqué una poco de aprobación externa.
Cuando le conté este problema de panorámica a una colega del trabajo mi miró con ojos de buey degollado. Quería que alguien me diera la razón, que me librara de culpa, pero ella me acusó de libidinoso. A partir de ese día renuncié a nunca más abrir la cortina y dejar que el mundo que brillaba allí afuera no oscureciera más el pudor del cuarto piso.
A un mes de mudarme al 04-02, casi al final de la primavera, unos tractores enormes y amarillos iniciaron a excavar el terreno de los tres lotes. Luego vinieron otras máquinas pesadas a martillar vigas colosales de hierro y remover la tierra. Un ejército de fornidos obreros con chalecos anaranjados, rostros delincuenciales y cascos grises iban de allá para acá preparando la construcción.
De repente me vi emboscado con ruidos de sirenas, de grúas, bocinas de tractores y caída de materiales.
Pasó el tiempo y la construcción continuaba estrepitosa e imparable. Hasta que de repente una mañana, tras el vapor de la taza de café, vi que los trabajadores ya habían llegado al piso 04. Los tenía en frente mío y si yo podía verlos, ellos también podrían verme. Me levanté y cerré parsimoniosamente la cortina.
Cuando me senté a seguir desayunando miré la ventana de la izquierda. Por ese flanco también había obreros en la otra construcción. Ya no solo tuve que correr ambas cortinas, sino también encender la luz a las siete de la mañana de un día luminoso de julio.
Sospechar que podrían mirarme por las ventanas cambió mi rutina de la mañana. Al cerrar las cortinas, el ambiente se transformaba en una penumbra con una tímida luz de verano que penetraba por el borde de las ventanas. Pero con el paso de los meses me acostumbré y también el ruido fue enmudeciendo.
Llegó el invierno y todos los trabajadores ya no estaban en el exterior. Me marché a casa y no volvería hasta finales de marzo. Pensé que quizá al regresar tendría un poco de privacidad, pero estaba lejos de tener razón.
Regresé a inicios de año. Por coincidencia, al mismo apartamento del cuarto piso. El invierno de aquel 1998 fenecía y una helada primavera nacía en abril. La nieve descansaba en los balcones de los nuevos edificios vecinos y la vista a la calle Dickinson era blanca y espléndida. El café sabía mejor con las cortinas abiertas y toda esa luz gris que inundaba el apartamento. La primavera fue haciéndose más intensa y adelantó temperaturas de verano.
El cielo despejado, los atardeceres más largos y el cambio a ropa ligera me ponían de buen ánimo.
Durante el desayuno del segundo sábado de mayo vi macetas en los balcones del edificio frente a mi mesa de la cocina. Macetas marrones y grises, macetas de todos los tamaños. La siguiente semana había sacos de tierra a lado de esas macetas y al inicio de junio habían plantas y flores en esas macetas. Fueron apareciendo sillas y mesas, estufas y sofás en los balcones.
Y de pronto, como una estampida de estrellas en una noche sin luna, aparecieron varias miradas a menos de veinte metros de mi ventana. Ahora tendría otra vez que cerrar la cortina.
Cuando corría las cortinas, el departamento se oscurecía. Odiaba encender la luz mientras sabía que afuera el sol reinaba en el cielo de un naciente verano. Pensé que debía acostumbrarme a que haya gente fuera en los balcones del otro edificio, ignorarlos y seguir como si no estuvieran ahí. Lo fui logrando, pero en ciertos días olvidaba cerrar la cortina al salir de la ducha y debía ir agachado como alacrán hasta la parte oculta del departamento.
Aunque los días que llevaba prisa ni siquiera lo pensaba. Me decía que si me ven qué puedo hacer, igual a lo mucho alcanzarían a mirar mi trasero desnudo por una fracción de segundo.
Pero eso era solo parte del problema.
A menudo, mientras comía, podía ver claramente tres balcones por mi ventana. Los bauticé con nombres clave: centro, izquierda y derecha. En esos balcones mis vecinos tomaban el sol y el té, a veces aderezando el bronceado con una botella de vino tinto o fumando yerbas recientemente legalizadas.
Con la llegada de agosto me resigné a la oscuridad de mi cuarto piso. Tenía sobrados motivos. El vecino del apartamento de la derecha acostumbraba salir desnudo de la ducha y caminar sin prisa hacia su cuarto. Qué difícil sostener el tenedor luego de ver tras la ventana una trompa de elefante balancearse como yoyo. Sucedió dos veces y desde que ese dotado vecino compró cortinas menos transparentes no pasó nunca más.
De los tres departamentos que podía ver claramente sus balcones, el que estaba en la mitad estaba desocupado. Tras la grande ventana veía una cama con edredón blanco y un velador con una lámpara enorme. Hace unas tres semanas llegaron los inquilinos. Una señora joven con un niño de dos años a lo mucho. De todos los apartamentos frente a mi ventana, era el único que no tenía cortinas en el cuarto principal.
Como estaba justo en frente de mí cocina, el cuarto principal de ese apartamento era lo primero que veía al abrir la ventana por las mañanas. Me jodía que no tengan cortinas. Ya no estaba más dispuesto a oscurecer mi apartamento. Ahora los iba a ignorar por completo.
Con el transcurrir de los días noté que, sin importar la hora que fuera, la señora estaba casi todo el tiempo acostada en la cama con el celular en la mano. Pasaba incontables minutos moviendo los pulgares sobre la pantalla. Ella cambiaba periódicamente de posición y a menudo se reía poniéndose la mano en la boca. Era el mismo comportamiento a la hora del almuerzo. Y a la hora de la cena.
A veces envidiaba todo ese tiempo libre, ese ocio desenfrenado. Porque yo en vacaciones soy así de viciado con el celular. No es un buen hábito, pero como humano sé caer en las tentaciones.
Dejé de sentirme culpable por mirar por la ventana hacia ese departamento sin cortinas. Pero no resultó fácil. Cuando ella pegaba un pequeño espejo redondo en el cristal de la ventana y se presionaba la cara sentía una punzada de asco y corría a cerrar de un tirón la cortina.
A menudo ella también andaba en ropa bastante ligera por el cuarto. Era otra razón para levantarme de la silla y cerrar la cortina. Mi cerebro de Homo Sapiens no puede estar tranquilo si una mujer en panties rueda por su cama en el departamento de enfrente. Tampoco quería que pensara, en caso nuestras miradas se encontraban, que estaba de espía mórbido mirándola.
Ella habitaba en su espacio privado, yo en el mío. La culpa de cuando mis ojos miraban su silueta poco cubierta era de ella, por no poner cortinas en su habitación. ¿O era mía? Para salir de dudas busqué una poco de aprobación externa.
Cuando le conté este problema de panorámica a una colega del trabajo mi miró con ojos de buey degollado. Quería que alguien me diera la razón, que me librara de culpa, pero ella me acusó de libidinoso. A partir de ese día renuncié a nunca más abrir la cortina y dejar que el mundo que brillaba allí afuera no oscureciera más el pudor del cuarto piso.
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