No es mi intención ponerme en un pedestal por sobre todos los demás. Cómo crees. Pero creo que he logrado unos valiosos gramos de disciplina en mis rutinas. Medito, hago ejercicio, me alimento bien, leo, trato de escribir, no uso redes sociales y hago mi investigación los más responsable que puedo. No fueron hábitos de la noche a la mañana. Todo fue un proceso largo y hasta tedioso por momentos. Pero las rutinas están ahí, funcionando y manteniéndome a salvo del naufragio, por lo pronto.
Sin embargo, hay un asunto que me tiene enredado, dubitativo, rozando el piso. Y ese asunto es cómo aprender bien inglés como segunda lengua. De las cuatro habilidades: leer, escribir, escuchar y hablar, a las tres primeras creo que puedo hacerles frente, atrincherarme en la batalla y contraatacar. Pero en la última firmo la capitulación apenas las primeras palabras salen de mi boca. Cuando hablo más de un minuto entiendo que existe algo extraño en mi inglés, unas vocales que no entonan, unas frases que no significan nada. Abro la boca, pronuncio las oraciones y en seguida se detona el desastre.
Podría culpar a la casualidad, a la circunstancia histórica, a los Conquistadores españoles que se adelantaron a los británicos. Imagino con nostalgia a galeones ingleses anclando en puertos del Nuevo Mundo y heredándonos, con no pocas dosis de sangre y fuego, la lengua anglosajona. Ilusión absurda la mía.
Miro también mis cursos de inglés del pasado. Profesores nativos que poco entendían de gramática, perezosos de corregir la mala pronunciación y ansiosos de narrar sus historias de vida. Y nosotros, los estudiantes, felices de entrenar el oído.
Nada de énfasis en la buena pronunciación. Eran, en el mejor de los casos, clases de gramática. Importante, sí. Pero quizá sea algo más sencillo de aprender por cuenta propia que entender cómo se habla de forma correcta, fluida. Porque mi cabeza hispánica tiende a leer toda la palabra como está escrita. Y en el inglés una cosa es lo escrito y otra cosa es cómo se pronuncia. Pienso en todas aquellas veces que pronuncié la V como B y que la Z asomó en mi boca como una S. Ni se diga la T, la TH y la sutil schwa. Y tantos otros sonidos más.
Pienso en los días que me sentía fluente por hablar rápido. Pero al mismo tiempo me abochorno de lo ridículo que debí de haberme escuchado. Hasta que llegaron los días cuando la cara del nativo se fruncía en señal de que me entendía poco. O quizá nada. Cuando me pedía que repita, repetía y alzaba la voz. Igual resultado. Algo mal estaba pasando y apenas lo estaba intuyendo.
En YouTube encontré parte de la respuesta. Estaba pronunciando mal. No imitaba los sonidos ni de cerca. Mis cinco vocales españolas eran quince vocales en inglés. Había sonidos sonoros y sordos. Y tantas otras cosas más. Puse empeño en pronunciar mejor y lo que escuchaba era mi voz extraña, ajena a mi personalidad. Sonaba a una persona insegura, distinta, proscrita. Eso me detenía. Me preguntaba dónde encontrar una guía más certera que un vídeo de YouTube.
Navegando por Amazon encontré dos libros de cinco estrellas. En realidad, hay docenas de esos libros.
Y el sonido del mundo empezó a cambiar.
Sin embargo, hay un asunto que me tiene enredado, dubitativo, rozando el piso. Y ese asunto es cómo aprender bien inglés como segunda lengua. De las cuatro habilidades: leer, escribir, escuchar y hablar, a las tres primeras creo que puedo hacerles frente, atrincherarme en la batalla y contraatacar. Pero en la última firmo la capitulación apenas las primeras palabras salen de mi boca. Cuando hablo más de un minuto entiendo que existe algo extraño en mi inglés, unas vocales que no entonan, unas frases que no significan nada. Abro la boca, pronuncio las oraciones y en seguida se detona el desastre.
Podría culpar a la casualidad, a la circunstancia histórica, a los Conquistadores españoles que se adelantaron a los británicos. Imagino con nostalgia a galeones ingleses anclando en puertos del Nuevo Mundo y heredándonos, con no pocas dosis de sangre y fuego, la lengua anglosajona. Ilusión absurda la mía.
Miro también mis cursos de inglés del pasado. Profesores nativos que poco entendían de gramática, perezosos de corregir la mala pronunciación y ansiosos de narrar sus historias de vida. Y nosotros, los estudiantes, felices de entrenar el oído.
Nada de énfasis en la buena pronunciación. Eran, en el mejor de los casos, clases de gramática. Importante, sí. Pero quizá sea algo más sencillo de aprender por cuenta propia que entender cómo se habla de forma correcta, fluida. Porque mi cabeza hispánica tiende a leer toda la palabra como está escrita. Y en el inglés una cosa es lo escrito y otra cosa es cómo se pronuncia. Pienso en todas aquellas veces que pronuncié la V como B y que la Z asomó en mi boca como una S. Ni se diga la T, la TH y la sutil schwa. Y tantos otros sonidos más.
Pienso en los días que me sentía fluente por hablar rápido. Pero al mismo tiempo me abochorno de lo ridículo que debí de haberme escuchado. Hasta que llegaron los días cuando la cara del nativo se fruncía en señal de que me entendía poco. O quizá nada. Cuando me pedía que repita, repetía y alzaba la voz. Igual resultado. Algo mal estaba pasando y apenas lo estaba intuyendo.
En YouTube encontré parte de la respuesta. Estaba pronunciando mal. No imitaba los sonidos ni de cerca. Mis cinco vocales españolas eran quince vocales en inglés. Había sonidos sonoros y sordos. Y tantas otras cosas más. Puse empeño en pronunciar mejor y lo que escuchaba era mi voz extraña, ajena a mi personalidad. Sonaba a una persona insegura, distinta, proscrita. Eso me detenía. Me preguntaba dónde encontrar una guía más certera que un vídeo de YouTube.
Navegando por Amazon encontré dos libros de cinco estrellas. En realidad, hay docenas de esos libros.
Y el sonido del mundo empezó a cambiar.
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