Marian era la más codiciada de la TV. Marian a menudo vestía minifalda, tacones altos y un escote en forma de uve, de uve profunda, geométrica. Tenía el cabello rubio como el cobre, una cara fina, nariz respingada y unos ojos turquesa que resaltaban con el maquillaje de su piel blanca. Era la más deseada por los hombres-chimpancés y la más criticada por las mujeres-morenas. Marian era guapa, despampanante, seductora. Una presentadora de farándula que más de una vez habitó las mentes afiebradas de adolescentes libidinosos.
Un día de enero, a finales de los 80s, Marian detonó una bomba al final del programa. Los invitados, sentados en el sofá de cuero, enmudecieron con la boca abierta. Miembros de producción y camarógrafos se acercaron a darle un abrazo, una sentida felicitación. Llegó el momento que muchos sospechaban, pero que no podían predecir cuándo sucedería. Marian iba casarse.
Pero el destino le tendería una emboscada. Una semana antes de la boda el novio de Marian cedió a la tentación. En la despedida de soltero, con el cerebro poseído por alucinógenos, le suministró lujuria a la invitada clandestina, obsequio lascivo de sus amigos cocainómanos. A Marian nadie se lo tuvo que contar. Lo vio todo ella misma.
Luego del escándalo Marian no volvió a ser la misma. En el siguiente show dijo en voz quebrada: pudo haber sido el novio perfecto, pero solo con una cagada lo borró todo. Lenguaje inadecuado para TV, pero a Marian se le perdona todo, porque es bella y ha sido traicionada. Está herida. Con ojos vidriosos, esquivando la cámara, relató que fueron dos años maravillosos, románticos, lascivos de amor. Flores y serenatas en los cumpleaños, regalos onerosos, farras con amigos y viajes al extranjero. Su ex novio, el señor A, lo hizo todo bien antes de la lujuriosa despedida de soltero.
Marian no fue al programa la siguiente noche. El presentador improvisa alguna disculpa. Golpean la puerta del departamento de Marian. Nadie contesta. La policía fuerza la entrada, la llama por su nombre. Nadie responde. Suben a la segunda planta y echan un vistazo en las habitaciones. Nada. Al final del pasillo yace un revolver en el piso y una larga mancha de sangre en la pared. Marian ha matado a Charly, su mascota canina. Recostada contra la pared, aún con la jeringa colgando de su brazo, abre los ojos por última vez antes de la siguiente detonación.
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