Adicción digital

De 2009 a 2014 fueron mis años activos en Facebook. Subía fotos, escribía comentarios, chateaba con amigos y stalkeaba por ahí. Pero al mismo tiempo me asaltaba un peso en la conciencia por los minutos que desperdiciaba y por los celos ponzoñosos con los que tenía que lidiar mirando las fotos de los demás. Me sentía golpeado por la sospecha de estarme volviendo un adicto sin control o un paparazzi en las sombras.

Busqué en Google información al respecto. Encontré que otros usuarios padecían lo mismo que yo. Eran los efectos de una adicción digital. Pensé que sería buena idea tratar de abandonar esa dependencia de la red social. En mi cándido empeño, usé métodos extremos como borrar la cuenta. Pero dio malos resultados. Probé otras alternativas, como entregar la clave de acceso a un amigo. Eso funcionó por unas brevísimas dos semanas.

Al poco tiempo caí otra vez en el ciclo de entrar una y otra vez, de chatear con amigos y de subir fotos. Pero esta vez tuve la suerte de tropezar con una aplicación web que mostraba un contador del tiempo que pasaba en Facebook. Era un diminuto reloj en la parte superior derecha de la pantalla. Ese contador me reveló que en promedio pasaba dos horas al día en Facebook. Y los fines de semana casi el doble de tiempo.

Fue en ese momento que hice un cálculo disruptivo. Tomé un libro, conté el número de palabras de una página y con la ayuda de un reloj estimé cuánto leía por minuto. Luego, multipliqué el número de minutos que pasaba en Facebook por esa tasa de lectura y tuve un aproximado de la cantidad de páginas que podría leer si, en lugar de entrar a la red social, abría un libro y lo leía. Me asombré con el resultado. Este cálculo terminó por convencerme que debía desertar la red social.

Una vez abandoné por completo Facebook, casi de inmediato inicié mi tímido acercamiento a Twitter. Al inicio solo como un pasivo espectador. Luego, como usuario activo. Y al igual que en Facebook, mi cabeza vibraba eufórica cada vez que alguien daba RT o like a mis publicaciones.

Mientras navegaba por Twitter, tenía el impulso de publicar la foto del exótico plato que tenía frente a mí, de los kilómetros que había corrido, de mi abarrotada mesa de trabajo, de un día nevado y así otras parafernalias. Pero al advertir que todo el mundo hacía lo mismo ya no me tentaba hacerlo. El tren de la ridiculez va siempre a tope.

Lo que me gustaba de Twitter era que podía seguir a quien sea. Con un rápido clic ya tenía acceso a las publicaciones de otros usuarios. Seguí a tantos como quise, desde escritores, músicos, políticos y humoristas. Y cuando el círculo azul que aparecía sobre la casita del pájaro no asomaba, me veía una u otra vez refrescando la pantalla.  Había caído en otro vicio.

Por eso cerré esa cuenta. No la he borrado, accedo a ella solo una vez cada quince días. Pero gracias a que Twitter es una red abierta, puedo aún leer a mis tuiteros preferidos sin necesidad de sentirme afanoso por leer actualizaciones. De hecho, de esta manera, solo dilapido pocos minutos leyendo esas publicaciones.

¿Ha sido todo ganancia no usar redes sociales? Quizá al estar en el exilio de las redes sociales me pierda publicaciones candentes, polémicas de última hora o memes chistosos. Pero esa sensación de aprovechar mejor el tiempo y ya no sentir celos ponzoñosos ni envidias perturbadoras valen más que cualquier entretenimiento digital. Pena que personas a las que estimo sigan atrapadas en esa ratonera digital.


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