Búhos y alondras en la oficina

Durante mi primer año en Brasil compartí cuarto con otro estudiante. En la casa donde vivía moraban otros universitarios, también compartiendo habitaciones. Era algo común. Si tenías dinero, era fácil alquilar un espacio para ti solo, pero casi todo el mundo optaba por compartir cuarto y ahorrarse no pocos reales. La cocina, baño y sala también eran un área común. Demoré en acostumbrarme a ese nuevo estilo de vida.

Al inicio lo más difícil  fue calibrar los horarios. Si todos nos levantábamos a la misma hora se corría el riesgo de tener que hacer cola para usar el baño o la cocina. Eso a menudo era molesto, frustrante. Decidí entonces cambiar de estrategia: levantarme más temprano. Recuerdo que fue bastante penoso despertar a una hora diferente. Como todo novato, puse el despertador cuarenta minutos antes de lo normal. Amanecí como zombi, caminando atontado hasta el interruptor de la luz. Costó ojeras, cansancio y unas cuantas discusiones con el colega del cuarto por el agudo chillido del despertador.

Pero ya no tuve que esperar para usar el baño, ya no tuve que esperar para usar la cocina. A partir de ahí me sentí menos incómodo en la casa compartida.


Como resultado de levantarme temprano empecé a llegar primero al laboratorio y lo tenía para mí solo. Podía investigar libre de la tiranía de las distracciones por al menos dos horas.

Si necesitaba un lugar silencioso por más tiempo, iba a la biblioteca. Era una biblioteca enorme, repleta de libros, bien administrada. Amplios espacios para estudiar, cómodas mesas, adornos en short y unas grandes ventanas con vista panorámica al campus. Un buen lugar.


Entre ir y venir del laboratorio a la biblioteca percibí el sutil beneficio de rotar de lugares de trabajo. De alguna manera, me ayudaba a mantener la concentración y fijar más hitos en la memoria. 

Años más tarde, cuando ya estaba en Ecuador, conocí a fondo las afamadas open office. El principio (y fin) de la oficina abierta es promover la colaboración. Pero al final, según se ha demostrado, lo que crea es una tormenta de distracciones. El resultado: un naufragio de la productividad. Junto con esto, también hay que mirar de cerca la personalidad de cada cual.

En un ambiente de oficina abierta las personas extrovertidas trabajan mejor. En cambio, como te lo imaginarás, los introvertidos sufrimos un asalto a mano armada en nuestro intento de conseguir algo de concentración. Por eso yo, y quizá también otros introvertidos, preferimos lugares calmados, silenciosos, libres de personas que parlotean a quemarropa. Claro que conversar con el colega de al lado es chévere, relajante, pero eso con certeza interrumpe a un tercero. Y esa interrupción es un daño colateral.

Cuando los líderes saben de la influencia del ambiente en las personas, ofrecen al empleado la libertad de elegir el mejor espacio para trabajar. Si lo ven desde una perspectiva binaria o booleana, tanto los objetivos como el camino a los objetivos podrían mirarse de esta manera:

1. Está en su lugar de trabajo.
2. NO está en su lugar de trabajo.

A. Hace su trabajo.
B. NO hace su trabajo.

Si el punto A se cumple, sea que pase 1 o que pase 2 es irrelevante. Es decir, si desempeñas lo que manda tu contrato, no importa donde estés, si en la oficina, en la biblioteca o en Narnia. Pero esta sociedad nuestra, que cree solo en lo que ve, asume que, si no estás sentado en tu cubículo frente a la pantalla led, no estás trabajando. Una falsa conclusión basada en las percepciones.

Junto con el mal diseño del espacio de trabajo, otra situación incómoda se presenta: el horario laboral. Trabajar ocho horas es una meta extraña, algo sacada de la fantasía. Porque si durante la mañana realizas tareas de alta intensidad mental y has consumido mucha de tu energía, poco podrías hacer en la tarde. Te has quemado y deberías irte a casa. Kelly McGonigal podría explicarte eso mucho mejor.

Ya que es inevitable reducir el horario laboral, lo mejor es usarlo como un samurai de la productividad. Lo recomendable, pero complicado de aplicar en un principio, es realizar las tareas más difíciles a primera hora y las menos demandantes en la tarde. Pero aquí además entra otro factor a la cancha. Hay personas que trabajan muy bien en la mañana (las alondras) y otras mucho mejor en las tardes (los búhos). Detalles estos que todo líder podría aprovechar para mejorar la productividad de sus pupilos.

Son ya casi nueve años desde que, por causa de los inquilinos de mi casa paulista, decidí levantarme temprano. Gracias a eso descubrí que mejor me concentraba en lugares calmos, silenciosos, cerrados. Me he preguntado si en el futuro podré tener un lugar así para mis ocho horas de trabajo. Ya veremos.



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