La música del diablo

El viejo equipo de sonido tenía un sintonizador de radio, el tocadiscos con la aguja rota y un reproductor de casetes. De niño tenía pasión por jugar con los controles de velocidad del disco giratorio. Era fascinante escuchar la agudeza de la voz acelerada que emitía el disco cuando subía las revoluciones. Me sonaba a Alvin y las Ardillas. Ese antiguo dispositivo de audio fue el aparato más sofisticado de casa. Llamaba mucho la atención el sinfín de controles que tenía.

Los botones de control del casete parecían las teclas de un piano siniestro. Un botón suave para poner stop y uno duro para dar rec. Otro para rebobinar la cinta del casete y uno para poner pausa. Los casetes sonaban bien al inicio hasta que un día dañé el motor de giro y la música ya no fue la misma. Ahora sonaba robótica, lenta. Me empeñé en arreglar este desperfecto y terminé echándolo todo a perder. No me preocupé mucho porque había poquísimos casetes viejos con pasillos, rancheras y boleros que nadie los escuchaba. El equipo de sonido era apenas un sofisticado juguete para mí.

Pero en el colegio todo cambió. La música cobró significado. De repente se convirtió en una forma abreviada, atrevida y directa de expresar lo que quería, lo que sentía. Y de entre todas las melodías que circulaban por las radios, me enganché con el rock pesado. Más en concreto, con el heavy metal.

Por aquellos años adolescentes de finales de los noventa había ya empezado a circular música pirata en casetes de plástico transparente. Esa misma piratería aumentó la variedad de bandas que podía escuchar. Con el pasar de los meses, entre los 15 y los 17 años, ya tenía una pequeña colección de casetes baratos con poderosas armonías metaleras. Eran casetes de mala calidad y a veces el sonido se escuchaba terrible. Pero fui feliz con lo que tenía a pesar de que muchas veces no entendía ni el título de las canciones y mucho menos el significado de la letra. 

Tanto me gustaba el metal que siempre quería llevarlo conmigo a todo lugar. Pero la única forma posible era a través de un walkman o un discman. Ambos aparatos eran caros y solo podía soñar en tener uno en mis manos si me lo prestaban. Y eso pasó apenas dos veces, con la triste realidad de tener que comprar baterías a diario. Pero ese par de ocasiones que tuve esos dispositivos adoré que el rock and roll me acompañara.

Durante esos años de colegio me encapriché tanto con el rock que un día me decidí a aprender a tocar la guitarra. Puse mucho empeño al inicio y por un breve periodo de tiempo. Por eso no fui más allá de un par de melodías de Judas Priest y de Iron Maiden. Tocar la guitarra aún es una meta pendiente que todavía veo lejos de realizar. Mi mediocridad ganó una vez más la batalla.

Como mi adolescencia metalera coincidió con las primeras salidas a discotecas, mi amor por el metal echó a perder la oportunidad de aprender a bailar bien. Veía a otros géneros musicales como menores, vulgares y a veces hasta me parecían cursis. Detestaba la salsa y el merengue. No se diga los vallenatos. Y es justo esa música, nacida allá en el caribe, la que sonaba en las discotecas. Y a las chicas les encantaba. Quizá, si hubiera gustado de esos ritmos latinos y de bailar, hubiera ligado mucho. Lo que no pasó y no pasará. 

Con la perspectiva de los años pienso que quizá tropecé con la mala idea de que oír un tipo de música te hace superior a los demás. Pensaba por aquellos tiempos adolescentes que la locura y rebeldía que transmitía el metal se sincronizaba con mi modo de sentir, con mi manera de ver la vida. Para ser honesto, me hacía sentir diferente. Quizá esas letras que hablaban del diablo, la rebeldía y los avernos describían de forma precisa mi realidad y mi imaginación.

Pero un día mi perspectiva empezó a cambiar. Sucedió en un lugar que toda persona quisiera evitar: un bus urbano. A mitad del trayecto, el desaliñado chofer decidió cambiar de radio y entre estación y estación al final eligió una de vallenatos. Era predecible. El sonido del acordeón y las voces chillonas invadieron la atmósfera del bus y el recorrido se hacía más largo e ingrato. Hasta que en medio de ese infierno acústico sonó una canción que me gustó. Y mientras me gustaba sentía vergüenza de que me esté gustando.

Me aterrorizaba sentir que un metalero como yo le llegue a gustar un vallenato. Algo mal estaba pasando y decidí desintoxicarme con un poco de Mötley Crüe al llegar a casa. Esa tarde empezó en mí un cambio lento, pero sin pausa, en mi gusto por la música. Ya que en las semanas siguientes, con mucha resistencia, empecé a escuchar otro tipo de géneros. Siempre lo hacía cuando estaba a solas porque qué bochorno que un chico melenudo, metalero y rebelde sintonice en la radio Hombres G o Shakira. 

En esa nueva actitud mía hacia la música fueron apareciendo los generosos avances de la tecnología. Llegó el CD, el mp3 en las PCs y finalmente el streaming por internet. Hoy toda esa música que en mis años adolescentes añoraba tener está ahora en Spotify. Gracias a esta tecnología y al vicioso gusto de la gente por compartir sus preferencias musicales, entendí que no soy el único que llegó a tener gustos variados. Mucha gente no se casa con un solo estilo. Varía. Yo sentía vergüenza de ese gusto ecléctico porque pensaba que los metaleros éramos siervos de la música del diablo 24/7. 

Lo que no ha cambiado es mi empeño en ocultar ciertas predilecciones musicales. Por eso sería una locura poner mi lista de canciones a vista de todo público (aunque igual a nadie le importara). Sé que hay personas que se sienten orgullosas, o quizá superiores a las demás, por tener gustos variados que a veces rayan en la extravagancia. Bien por ellos, ya quisiera yo esa libertad. 

Con Spotify noté dos cosas interesantes de mí. La primera, que tengo un tipo de música para cada cosa que hago. Una música para correr, otra para cocinar y otra para estudiar. Es genial que la app también haga sugerencia sobre los géneros musicales y los agrupe en listas de fácil acceso. Lo segundo que noté es que a menudo oigo una y otra vez las mismas melodías. 

Y ahí pensé, ¿y qué tal si de forma regular exploro otras canciones? No es una idea tan atractiva al inicio, porque en esa tarea de explorar otras melodías me encontré con canciones tremendamente aburridas, pero también con magníficas joyas auditivas. Es difícil aventurarse a escuchar los discos menos conocidos o grupos que no conozco. Es como excavar una mina de diamantes: mucho del material será desechado, pero lo poco que queda tendrá un gran valor musical para añadirlo a mi lista. De cualquier forma vale la pena explorar.

Siento nostalgia al recordar aquel viejo equipo de sonido de mi adolescencia. Pero al mismo tiempo miro agradecido la inmensa mayoría de música que tengo ahora. Y también me siento tranquilo en por fin aceptar que ser ecléctico en la música es la regla, no la excepción. Con todo, espero que el metal siga teniendo una larga vida. La música del diablo no debe morir.

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