Ser profesor es bacán, pero al mismo tiempo es uno de los trabajos más demandantes y menos valorados. Esta profesión consume mucha energía en pocas horas, sobre todo el día que se dicta clase.
Por eso, luego de una clase, es complicado continuar con otra actividad que demande esfuerzo y concentración. Nuestra cantidad de energía, así como una batería, es limitada.
Adicional a las clases, existe un espacio donde los alumnos pueden solicitar aclaraciones de los temas tratados en la semana. Ese espacio es la tutoría, que bien realizada, aporta al aprendizaje del estudiante.
Por eso un requisito básico es no improvisarla. Es decir, que se la prepare de antemano. Y para lograrlo es esencial tener con anticipación las preguntas de los alumnos.
Esas consultas me han dado la oportunidad de aprender cosas nuevas de la materia que enseño. Me agradan las preguntas porque al resolverlas percibo que domino mejor el tema.
Aunque debo reconocer que al inicio el temor de no tener la respuesta me deja un poco incómodo.
Paradójicamente, siendo un espacio donde se aclaran dudas de forma casi personalizada, por increíble que parezca, un pequeño grupo de estudiantes asisten a la tutoría.
Unos pocos por cruce de horarios, otros cuantos por desinterés. Quizá la mayoría por temor o vergüenza de no tener qué preguntar.
Vaya manera de desaprovechar la enseñanza que ya pagaron por anticipado en la matrícula.
En el 2015 conté con un excelente estudiante como ayudante en las horas de tutoría. Él trabajo que realizó fue fundamental para el éxito del curso.
Además de aclarar las dudas de los alumnos y realizar con ellos ejercicios seleccionados, fue instruido para transmitirles técnicas de aprendizaje basadas en estudios científicos.
También me ayudó con el desarrollo de los laboratorios, que son esencialmente simulaciones en software. Colaboró en calificar pruebas y exámenes en base a una rúbrica.
En pocas palabras, un ayudante de cátedra complementa el trabajo docente. Lo aliviana.
Recuerdo con agrado el valioso ahorro de tiempo que tuve gracias a ese estudiante. Mientras yo tenía más horas para dedicarme a otras actividades académicas, él aprendía a profundidad una materia y se entrenaba en el nada intuitivo arte de enseñar.
Sin embargo, hay pocos estudiantes que ambicionen hacer esta actividad. Buscando una razón noté que la mayoría quiere trabajar en tópicos más relacionados con la vida profesional de un ingeniero. Y lo entiendo.
Son una minoría los que sienten la vocación o gusto por enseñar. Pero hay otro factor que impide tener más candidatos para que sean ayudantes de cátedra. Y ese factor es un sinsentido total.
Uno de los requisitos para que un estudiante trabaje con un profesor en la enseñanza de una materia es la calificación. La nota mínima debe ser 34/40.
O visto de otra forma, una nota de 17/20 por bimestre. A primera vista, suena lógico que el candidato sea una persona que obtuvo un puntaje así.
Sin embargo, condicionar por una nota el poder o no ser ayudante de un docente en las clases o tutorías provoca dos problemas.
El primer problema es que habrá pocos estudiantes que cumplan con ese umbral de calificación. Serían los mejores estudiantes los que tendrían una mejor chance para trabajar como ayudantes de cátedra. Pero son escasos.
En mi estadística personal, de un grupo de treinta, tres estudiantes llegan a ser destacados y alcanzan esa nota.
Y segundo, el problema más grave, es mantener la creencia de que una nota define para siempre una habilidad. Esto desconoce por completo el potencial que tiene un ser humano.
Es como pensar que, si un jugador de fútbol anotó 4 goles en un año, el siguiente año seguirá metiendo la misma cantidad. Y así el siguiente y el siguiente. Un absurdo.
Porque las personas cambiamos con el tiempo, mejoramos o empeoramos en ciertos aspectos de la vida. Por eso escribía J. K. Rowling que son nuestras elecciones las que muestran lo que realmente somos, mucho más que nuestras habilidades.
Y restringir a una calificación el ser o no ayudante de cátedra condena a buenos postulantes a no mejorar en el conocimiento de una materia o a entrenarse para dar una clase.
Con base en mi experiencia personal y en las investigaciones de la Dra. Carol Dweck, puedo afirmar que cualquier alumno que haya aprobado una materia sería capaz de trabajar como ayudante de cátedra.
Los requisitos adicionales serían dos muy sencillos: que tenga ganas de aprender y que esté convencido de que puede mejorar tanto en la enseñanza como en el dominio de los temas de clase.
Un alumno con estas características sería tan eficiente como cualquier estudiante con nota mayor a 34/40.
Pero como quienes hacen los reglamentos se dejan llevar por la corriente de sus impresiones y apariencias, esta norma obsoleta seguirá en pie, perjudicando tanto a profesores como a potenciales docentes.

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