Tenían que ser dos semanas fuera del campus.
Sentí una cierta alegría por trabajar desde casa. Podría ahorrar el tiempo de ida al laboratorio, evitar ponerme el pesado abrigo de invierno y cocinar algo diferente.
La noticia del cierre de la universidad tenía el sabor de unas vacaciones inmerecidas. Esa mala interpretación me alegró.
Pero sabía que debía continuar trabajando, alerta al simulador y atento a mis errores matemáticos.
Y así fue.
Durante esos primeros 14 días de encierro avancé con normalidad. Conservé los mismos horarios de siempre, acomodé la rutina y pensé que pronto podría volver al laboratorio.
Sin embargo el virus se transmitió sin tregua, contagiando a tanta gente como pudo, saturando los hospitales, avivando el miedo.
Las noticias alertaban que todo el mundo debía quedarse en casa, lavarse bien las manos y ser pacientes hasta que regrese la nueva normalidad.
Había que tomar precauciones y la cuarentena se alargó por 30 días más.
Pensé que no existiría mayor cambio porque logré administrar bien el tiempo en casa durante los primeros días de encierro.
Parecía que sería solo esperar, pero las consecuencia del virus fueron más allá de los síntomas físicos.
En la tercera semana empecé a despertar quince minutos más tarde. Luego treinta minutos, luego una hora.
Creí que era una consecuencia normal porque leía en la pantalla que a otros también les pasaba igual.
Pasaron los días y cada vez era más difícil despertar por la mañana.
Apagaba la alarma y me saltaba pasos de mi rutina. Hasta dejé de hacer ejercicios por completo.
El encierro que provocó la pandemia se estaba llevando mi impulso de trabajo y le abría la puerta a un miedo silencioso.
En medio del encierro llegó la hora de renovar los documentos migratorios.
Completé el formulario en línea, ordené los certificados e hice una lista detallada de pasos de todo el proceso.
Luego pensé que solo restaría imprimir, buscar un lugar donde tomarme la foto y enviar los documentos por correo.
Pero la cuarentena cerró los centros de impresión y los estudios fotográficos. Busqué esos lugares en Google maps y encontré unos pocos que afirmaban estar abiertos.
Fui a ellos. Ninguno estaba atendiendo.
En ese trayecto me encontré con una ciudad gris, fría y vacía.
En no pocas esquinas reposaba algún mendigo rodeado de cartones y cobijas viejas. En otras esquinas seres surrealistas pero felices fumaban marihuana.
Por aquellos personajes iba en zig zag entre una calle y otra.
Pero aquellos personajes también espantaban la soledad que me perseguía a través de esas calles desnudas.
***
En el encierro cambió la dieta. Resultó más difícil cocinar algo sano y mayor era mi deseo por comer pizza, papas fritas y dulces de pan.
Y comí muchas pizzas, papas fritas y dulces de pan. Subí de peso, cuatro kilos más de lo normal.
Cuando miraba el número que marcaba la balanza me consolaba con la promesa de que haría dieta. Promesa que no he cumplido.
Pasaron 88 días y veía por la ventana personas corriendo. Me cuestioné si yo también podría salir a dar una vuelta por ahí. Hasta que un día lunes salí y corrí como antes.
Fue una tarde feliz.
Al siguiente día me dolía el cuerpo. Quería salir a correr otra vez, pero la pereza fue aliada incondicional de ese dolor muscular.
Además, cada vez que salgo siento el temor al contagio.
Después llegó el verano casi sin avisar. El calor dentro del departamento es abrumador.
Abro las ventanas y el poco viento fresco que llegar viene acompañado de un ruido intenso de bocinas y sirenas.

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