Tenía la cara tan blanca como el pizarrón, ojos claros que se amplificaban tras unos diminutos lentes y un peinado engominado que reflejaba la luz que se colaba por la ventana.
Así era uno de mis profesores de matemática del colegio, que tenía tanto de inteligente como de anticuado. Y era muy inteligente.
Es difícil de olvidar cuando los primeros días de clase nos pasaba uno a uno al pizarrón a resolver ejercicios al azar. Aquel que fallaba en el procedimiento era amonestado verbalmente de inmediato.
Los que resolvían el ejercicio, por fácil que les hubiera tocado, recibían prolongados elogios.
Esto fue el preludio de un año lleno de prejuicios.
El día de la primera prueba parcial había mucha tensión en el aula. Tanta como sancionar un penal a último minuto.
Sabíamos que el examen trataría sobre temas de los años anteriores, de los cuales aún teníamos dudas o habíamos olvidado algunas cosas.
Cuando aterrizó en mi pupitre la hoja con las preguntas, entendí que pasaría un largo y penoso rato tratando de resolver los problemas.
Al final, luego de dos largas horas, sonó el timbre del cambio de materia y las pruebas desaparecieron por la puerta bajo el brazo del profesor de matemáticas.
Una semana después teníamos los resultados. Mientras el profesor entregaba cada examen corregido decía no pocos comentarios directo a la yugular anímica del estudiante que lo recibía.
A unos los mandó a ocuparse de algún puesto de verduras del mercado. A otros por poco los candidatiza para la medalla Fields.
Y mantuvo esa etiqueta para cada alumno a lo largo de todo el año lectivo.
Es decir, si en la primera prueba salías mal, ibas a ser el tonto para el resto de tus días.
Tal vez sea una forma más de enseñar, pero con la perspectiva de los años entendí lo inútil que es juzgar a un estudiante por la nota de un examen.
Antes de terminar de entregar los resultados, el maestro retuvo una última prueba. La levantó en lo alto y dijo: “aquí está el hombre, la nota más alta, el que sí tiene talento”.
Un chico con aspecto nerd y dientes de conejo caminó rumbo al profesor y recogió el examen. La nota era casi perfecta.
Ese estudiante era nuevo, venía de otro colegio. El profesor lo llenó de elogios y lo puso como el ejemplo a seguir.
Todos mirábamos con asombro, envidia o decepción a aquel foráneo que seguro iba a darse un paseo por las clases de matemáticas de aquel año de bachillerato.
Pero el tiempo diría justo lo contrario.
Conforme llegaron otras pruebas los promedios se modificaron. Algunos cambiaron poco.
Pero aquellos que salieron mal en el primer examen y con el tiempo iban subiendo su nota nunca recibieron ni el más pequeño elogio del profesor.
Ni una sola palabra. Y en ciertos casos, apenas escuchaban un comentario de asombro o burla. La primera nota los había estigmatizado.
El caso del alumno que sacó la mejor calificación en la primera prueba fue sui generis. En todos lo siguientes exámenes, cuando ya trataban de temas nuevos, su nota era apenas regular.
El profesor devolvía sus pruebas corregidas lleno de sorpresa. Y muchas veces excusando el bajo rendimiento por cualquier causa.
Algunos compañeros nos admiramos cuando descubrimos que, a pesar de entregar exámenes casi vacíos, su nota en el registro era diferente. Siempre hacia arriba.
Es decir, el profesor le añadía puntos que no había ganado.
Faltando pocos días para terminar el año lectivo, el compañero ex-nerd dejó de asistir a clase. No se presentó al último examen, pero su nota final le daba un aprobado. Inclusive con más puntos comparado con algunos compañeros que asistieron en todo el año.
Era evidente que el profesor, impresionado por esa primera nota alta de la primera evaluación, decidió ayudarlo.
El siguiente año no apareció en ninguna lista. Había desaparecido del mapa. Pero unos meses después, cerca del final de la secundaria, lo vimos por la calle con su bebé en brazos saliendo del registro civil.
Parece que no había calculado bien a sacarlo antes de tiempo.
Mirando hacia atrás a veces me reconozco en ese viejo profesor de matemáticas. Yo también metí la pata mal interpretando la realidad.
Juzgaba a los estudiantes por sus primeros promedios o por comentarios de otros profesores.
Sin embargo, luego de observar los destinos de todos ellos y el mío propio entendí que una nota puede indicar el punto de partida de tal o cual habilidad, pero el lugar de llegada es impredecible.
Todo evoluciona.
Pena que la mayoría aún sea como ese profesor de matemáticas del colegio.
Así era uno de mis profesores de matemática del colegio, que tenía tanto de inteligente como de anticuado. Y era muy inteligente.
Es difícil de olvidar cuando los primeros días de clase nos pasaba uno a uno al pizarrón a resolver ejercicios al azar. Aquel que fallaba en el procedimiento era amonestado verbalmente de inmediato.
Los que resolvían el ejercicio, por fácil que les hubiera tocado, recibían prolongados elogios.
Esto fue el preludio de un año lleno de prejuicios.
El día de la primera prueba parcial había mucha tensión en el aula. Tanta como sancionar un penal a último minuto.
Sabíamos que el examen trataría sobre temas de los años anteriores, de los cuales aún teníamos dudas o habíamos olvidado algunas cosas.
Cuando aterrizó en mi pupitre la hoja con las preguntas, entendí que pasaría un largo y penoso rato tratando de resolver los problemas.
Al final, luego de dos largas horas, sonó el timbre del cambio de materia y las pruebas desaparecieron por la puerta bajo el brazo del profesor de matemáticas.
Una semana después teníamos los resultados. Mientras el profesor entregaba cada examen corregido decía no pocos comentarios directo a la yugular anímica del estudiante que lo recibía.
A unos los mandó a ocuparse de algún puesto de verduras del mercado. A otros por poco los candidatiza para la medalla Fields.
Y mantuvo esa etiqueta para cada alumno a lo largo de todo el año lectivo.
Es decir, si en la primera prueba salías mal, ibas a ser el tonto para el resto de tus días.
Tal vez sea una forma más de enseñar, pero con la perspectiva de los años entendí lo inútil que es juzgar a un estudiante por la nota de un examen.
Antes de terminar de entregar los resultados, el maestro retuvo una última prueba. La levantó en lo alto y dijo: “aquí está el hombre, la nota más alta, el que sí tiene talento”.
Un chico con aspecto nerd y dientes de conejo caminó rumbo al profesor y recogió el examen. La nota era casi perfecta.
Ese estudiante era nuevo, venía de otro colegio. El profesor lo llenó de elogios y lo puso como el ejemplo a seguir.
Todos mirábamos con asombro, envidia o decepción a aquel foráneo que seguro iba a darse un paseo por las clases de matemáticas de aquel año de bachillerato.
Pero el tiempo diría justo lo contrario.
Conforme llegaron otras pruebas los promedios se modificaron. Algunos cambiaron poco.
Pero aquellos que salieron mal en el primer examen y con el tiempo iban subiendo su nota nunca recibieron ni el más pequeño elogio del profesor.
Ni una sola palabra. Y en ciertos casos, apenas escuchaban un comentario de asombro o burla. La primera nota los había estigmatizado.
El caso del alumno que sacó la mejor calificación en la primera prueba fue sui generis. En todos lo siguientes exámenes, cuando ya trataban de temas nuevos, su nota era apenas regular.
El profesor devolvía sus pruebas corregidas lleno de sorpresa. Y muchas veces excusando el bajo rendimiento por cualquier causa.
Algunos compañeros nos admiramos cuando descubrimos que, a pesar de entregar exámenes casi vacíos, su nota en el registro era diferente. Siempre hacia arriba.
Es decir, el profesor le añadía puntos que no había ganado.
Faltando pocos días para terminar el año lectivo, el compañero ex-nerd dejó de asistir a clase. No se presentó al último examen, pero su nota final le daba un aprobado. Inclusive con más puntos comparado con algunos compañeros que asistieron en todo el año.
Era evidente que el profesor, impresionado por esa primera nota alta de la primera evaluación, decidió ayudarlo.
El siguiente año no apareció en ninguna lista. Había desaparecido del mapa. Pero unos meses después, cerca del final de la secundaria, lo vimos por la calle con su bebé en brazos saliendo del registro civil.
Parece que no había calculado bien a sacarlo antes de tiempo.
Mirando hacia atrás a veces me reconozco en ese viejo profesor de matemáticas. Yo también metí la pata mal interpretando la realidad.
Juzgaba a los estudiantes por sus primeros promedios o por comentarios de otros profesores.
Sin embargo, luego de observar los destinos de todos ellos y el mío propio entendí que una nota puede indicar el punto de partida de tal o cual habilidad, pero el lugar de llegada es impredecible.
Todo evoluciona.
Pena que la mayoría aún sea como ese profesor de matemáticas del colegio.
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