Cuando ocurre una tragedia y no trasciende a mayores, a menudo alguien, con alivio, dice: “gracias a Dios no pasó nada”.
Esta expresión es una forma de reconocer que papi Dios metió su santa mano y saliste bien salvado de que te vaya peor.
Pero si ese mismo Dios estaba al tanto de la aciaga situación, ¿por qué no evitó que sucediera? Y si Él puede impedir que le ocurra algo desafortunado a alguien particular, ¿por qué lo permitió?
Viéndolo de cerca, pareciera que para algunos eventos Dios tendría el control total de la situación. De ser así, caso que Dios exista, todo bien con agradecerle su oportuna intervención.
Pero en otras circunstancias da la impresión que Él fuera apenas un simple, mórbido e impotente espectador.
Con esta divina dualidad, lo difícil sería adivinar en qué casos el Dios cristiano mete su inmaculada mano y modifica la realidad o las circunstancias de las criaturas hechas a su imagen y semejanza.
Esta sutil incógnita lleva a una situación singular y justificada en donde, si se reconoce que Dios tiene control absoluto de todo lo que sucede, el que sufre una desgracia se ganaría el derecho a protestar contra el Todopoderoso porque le envió una realidad inoportunamente adversa.
Buscando dilucidar mejor cómo aceptar los vaivenes del destino, hay quienes explican que esos momentos de desgracia y desesperación son pruebas enviadas por el mismo Dios con el fin de tantear la solidez de nuestra fe.
Parcialmente entiendo esta posición, pero aun así más allá de un Dios, lo que estaría tomando el control de todo lo que sucede es nada más ni nada menos que el azar.
Porque poco pensamos en las consecuencias de nuestros actos.
Además, independiente de nuestro credo, todos en varias etapas de la vida hemos estado al borde del abismo o derrotados por la realidad.
Y sobre esto, las interpretaciones de las personas católicas son poco convincentes e inverosímiles. Unos lo justifican citando los versículos de Jesús cuando está junto a los ladrones en el Gólgota, en aquel breve diálogo durante la agonía.
Sin embargo, es una respuesta vacía, insuficiente y a medias.
Otro argumento común es referir al libro de Job, pero allí tampoco hay argumento más allá del “Jehová dio, y Jehová quitó” del final del relato.
La conclusión se revela sola: si crees en Dios, Él te tiene reservado un cúmulo de inevitables desgracias. Para unos más, para otros menos.
Da igual si rezas o no con convicción.
Pero todos al final son (somos), de alguna manera, arrastrados al fondo del abismo por su divina e impredecible voluntad.
Al menos el Dios del Nuevo Testamento no es tan necio, celoso y soberbio como el Dios del Antiguo Testamento.
Nada que ver con el capítulo 4 versículo 8 primera de Juan.
Esta expresión es una forma de reconocer que papi Dios metió su santa mano y saliste bien salvado de que te vaya peor.
Pero si ese mismo Dios estaba al tanto de la aciaga situación, ¿por qué no evitó que sucediera? Y si Él puede impedir que le ocurra algo desafortunado a alguien particular, ¿por qué lo permitió?
Viéndolo de cerca, pareciera que para algunos eventos Dios tendría el control total de la situación. De ser así, caso que Dios exista, todo bien con agradecerle su oportuna intervención.
Pero en otras circunstancias da la impresión que Él fuera apenas un simple, mórbido e impotente espectador.
Con esta divina dualidad, lo difícil sería adivinar en qué casos el Dios cristiano mete su inmaculada mano y modifica la realidad o las circunstancias de las criaturas hechas a su imagen y semejanza.
Esta sutil incógnita lleva a una situación singular y justificada en donde, si se reconoce que Dios tiene control absoluto de todo lo que sucede, el que sufre una desgracia se ganaría el derecho a protestar contra el Todopoderoso porque le envió una realidad inoportunamente adversa.
Buscando dilucidar mejor cómo aceptar los vaivenes del destino, hay quienes explican que esos momentos de desgracia y desesperación son pruebas enviadas por el mismo Dios con el fin de tantear la solidez de nuestra fe.
Parcialmente entiendo esta posición, pero aun así más allá de un Dios, lo que estaría tomando el control de todo lo que sucede es nada más ni nada menos que el azar.
Porque poco pensamos en las consecuencias de nuestros actos.
Además, independiente de nuestro credo, todos en varias etapas de la vida hemos estado al borde del abismo o derrotados por la realidad.
Y sobre esto, las interpretaciones de las personas católicas son poco convincentes e inverosímiles. Unos lo justifican citando los versículos de Jesús cuando está junto a los ladrones en el Gólgota, en aquel breve diálogo durante la agonía.
Sin embargo, es una respuesta vacía, insuficiente y a medias.
Otro argumento común es referir al libro de Job, pero allí tampoco hay argumento más allá del “Jehová dio, y Jehová quitó” del final del relato.
La conclusión se revela sola: si crees en Dios, Él te tiene reservado un cúmulo de inevitables desgracias. Para unos más, para otros menos.
Da igual si rezas o no con convicción.
Pero todos al final son (somos), de alguna manera, arrastrados al fondo del abismo por su divina e impredecible voluntad.
Al menos el Dios del Nuevo Testamento no es tan necio, celoso y soberbio como el Dios del Antiguo Testamento.
Nada que ver con el capítulo 4 versículo 8 primera de Juan.
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