En los años 90, cuando ya daba pistas de ser un crio despistado, la oferta de dibujos animados en la tv nacional era escasa. O había que madrugar para ver Popeye “el englute” espinacas o esperar los domingos por la noche.
Porque en el último día de la semana, cerca de las 7 pm, empezaba "The Simpson" en Ecuavisa. Era de los pocos programas que valía la pena ver a finales de los 90s. Si no, el único.
Pero a esa misma hora había que ir misa y la obligación de asistir a la liturgia era inapelable. Nada me aburría más que ir bajo coerción a la iglesia y escuchar ese ritual largo, inverosímil y monótono.
Al llegar a la casa del Señor, luego de un camino de no pocas protestas y resignación, buscaba con desgano los asientos más alejados del púlpito, pero a menudo no había lugar donde sentarse. La hora de la misa, además de tediosa, la pasaba de pie gracias a la devoción de los vecinos de la parroquia.
En los años de catecismo fue peor. Hasta me tomaban lista. Ya de mayor fue fácil evitar ir a misa o asistir apenas cuando se trataba de un compromiso social. Y a pesar de ir menos, me sigo aburriendo tanto como Homero.
Porque siempre es el mismo libreto. Al menos dieran golosinas para elevar la glucosa, café para espantar el sueño o pasaran la clave del wifi.
Pero de entre todos los rituales de la misa, la peor parte es dar (recibir) la paz. Para un introvertido como yo, darle la mano a un desconocido es el momento más incómodo del día. Tanto así que evito girar hacia atrás para no dar todas las paces que pudiera.
Con el pasar del tiempo me van quedando mínimos recuerdos de aquellas liturgias de los años de catecismo. Una de esas memorias imborrables es la personalidad del párroco José Pablo.
Recuerdo que era un señor carismático que sabía llegar a su leal rebaño. Era tan blanco como el mármol que adornaba las paredes del templo. Y tenía unos ojos claros que se amplificaban como lunas llenas cuando leía la Palabra de Dios.
A menudo daba sermones diáfanos, modernos, sensatos. Era muy estricto en el desarrollo de la misa. Son inolvidables esas expulsiones del templo de las parejas de enamorados que iban a manosearse discretamente frente al Santísimo.
Al primer morboseo los mandaba afuera. Lo mismo pasaba con los niños revoltosos. Hasta un perro que entró despistado fue proscrito a patadas de la casa del Señor. Pobre San Martín de Porres, quizá estuvo a punto de sufrir un infarto en el cielo al ver la expulsión de Firulais.
Curiosamente aquel mismo cura era el encargado de la capilla de mi colegio. Cuando lo veía en esas misas esperaba atento a la deportación de algún mórbido compañero al patio exterior, pero nunca sacó a nadie.
Al menos yo no lo vi.
La ventaja de esas misas obligatorias en la secundaria era la suerte de coincidir con el curso de la chica que me gustaba.
Podía fantasear sanamente pensando en ella y mi letargo religioso se distraía alimentado por miradas clandestinas a su pequeña y delgada figura (hoy sigue siendo pequeña pero ya no delgada). Como en aquello años aún tenía el don del temor a Dios, nunca cometí el pecado de verle el trasero. Quería ahorrarme unas semanas en el Purgatorio.
También por aquellos años colegiales me enamoré del heavy metal, la música de fondo del infierno y de los exorcismos. Y maleable como siempre he sido me entregué con frenesí a la filosofía metalera, sublevándome contra la religión y contra la autoridad.
Pero hacer el papel de rebelde tiene consecuencias: pasé varias horas expulsado de la clase de religión, pateando piedras y tapillas en los grises patios del colegio. También muchos profesores me vieron como el patán de la clase, el blasfemo, el hereje, el proscrito.
Pero en general no pasó de una mala impresión, porque si era dedicado en las materias. Página virada.
El heavy metal me gustaba tanto que empecé a vestir de negro y dejarme el cabello largo. En aquellos tiempos no tener un corte de pelo adecuado ya era motivo de un llamado de atención del inspector clon de Vito Muñoz.
Al inicio se mostraba amable, chévere y consejero. Pero luego ya insistía y se molestaba por no hacerle caso. A lo que siempre respondía con lo mismo: el cabello largo no me hace una mala persona, ni un mal estudiante.
Este argumento no le convencía.
Hasta que llegó el día en que me llevaron donde el cura de la capilla del colegio. En una sala pequeña estaba el párroco sentado, ataviado con su sotana negra y su cuadrito blanco en el cuello.
En la mesa había una coca colita helada servida en un vaso plástico. Llegué acompañado del inspector “cara de piña”. Entre ellos se miraron y se dijeron todo. Algo así como “aquí está el rebelde, exorcícelo Padre. Oremos al señor”.
Quien diría que esa breve charla cambiaría mi destino en ese colegio.
Mientras ajustaba la silla para sentarme, el cura me saludó por mi nombre. Buena táctica para ganar confianza. A cualquiera le sorprende que lo llamen por su nombre. Hasta a mi perro.
Pero más extraño fue cuando pronunció también ese segundo nombre que más lo uso como adorno. En ese momento el ambiente se puso extraño y no atinaba a comprender del todo porqué estaba allí. Hubiera sido un momento perfecto para que la Virgen haga una de sus apariciones.
Cuando por fin me senté en el estrecho espacio entre la silla y la mesa pude ver de cerca por primera vez al cura del barrio. Su rostro blanco dibujaba profundas arrugas y debajo de sus lentes oscuros se dejaban ver unas ojeras de quien no duerme bien.
Con voz pausada y suave preguntó “¿qué te pasa hijo?”. Estuve tentado a responder como el chavo del ocho, algo así como “qué te pasa de qué o qué”.
Pero tuve una epifanía que me dijo “pórtate fresco, que este man es el cura de la parroquia y sabe tus dos nombres”. Intuí que se refería a mi rebeldía frente a las insistencias de cortarme el pelo, rezar el Padre Nuestro en la clase de religión o dejar de escuchar la música del diablo.
Esa música que cuando la pones al revés revela mensajes luciferinos.
Le dije “bueno, pues no creo que el cabello largo me haga mala persona. ¿Acaso Jesús no tenía el pelo largo también?”. Esa última pregunta nunca falla.
Esperaba una contradicción a mi argumento. Y ya tenía pensado el contraataque. Pero el cura de la capilla se limitó a levantar el vaso y tomar coca cola.
Luego de una pausa refrescante me dijo “es verdad, pero el mundo vive de apariencias e imágenes. Y verás que si haces eso que te piden, tendrás tiempo para las cosas que te gustan y te ahorrarás problemas”.
Esa frase, "ahorrarás problemas", resonó dentro de mí cabeza más fuerte que el Big Bang.
Después de escuchar ese brevísimo sermón ya no tenía nada más que decir. Salí de la sala emboscado por la perplejidad del encuentro y regresé a la clase.
Lo novedoso fue que, a pesar de no haberme cortado el cabello los días que vinieron, el inspector “cara de piña” dejó de insistir que vaya al peluquero.
Y no solo él, sino también el resto de inspectores. Ya no me sacaron de clase por negarme a rezar el Ave María.
Con los años sospeché que quizá el cura los exorcizó a ellos. Por este milagro, creo yo, debería ya ser beatificado.
Porque en el último día de la semana, cerca de las 7 pm, empezaba "The Simpson" en Ecuavisa. Era de los pocos programas que valía la pena ver a finales de los 90s. Si no, el único.
Pero a esa misma hora había que ir misa y la obligación de asistir a la liturgia era inapelable. Nada me aburría más que ir bajo coerción a la iglesia y escuchar ese ritual largo, inverosímil y monótono.
Al llegar a la casa del Señor, luego de un camino de no pocas protestas y resignación, buscaba con desgano los asientos más alejados del púlpito, pero a menudo no había lugar donde sentarse. La hora de la misa, además de tediosa, la pasaba de pie gracias a la devoción de los vecinos de la parroquia.
En los años de catecismo fue peor. Hasta me tomaban lista. Ya de mayor fue fácil evitar ir a misa o asistir apenas cuando se trataba de un compromiso social. Y a pesar de ir menos, me sigo aburriendo tanto como Homero.
Porque siempre es el mismo libreto. Al menos dieran golosinas para elevar la glucosa, café para espantar el sueño o pasaran la clave del wifi.
Pero de entre todos los rituales de la misa, la peor parte es dar (recibir) la paz. Para un introvertido como yo, darle la mano a un desconocido es el momento más incómodo del día. Tanto así que evito girar hacia atrás para no dar todas las paces que pudiera.
Con el pasar del tiempo me van quedando mínimos recuerdos de aquellas liturgias de los años de catecismo. Una de esas memorias imborrables es la personalidad del párroco José Pablo.
Recuerdo que era un señor carismático que sabía llegar a su leal rebaño. Era tan blanco como el mármol que adornaba las paredes del templo. Y tenía unos ojos claros que se amplificaban como lunas llenas cuando leía la Palabra de Dios.
A menudo daba sermones diáfanos, modernos, sensatos. Era muy estricto en el desarrollo de la misa. Son inolvidables esas expulsiones del templo de las parejas de enamorados que iban a manosearse discretamente frente al Santísimo.
Al primer morboseo los mandaba afuera. Lo mismo pasaba con los niños revoltosos. Hasta un perro que entró despistado fue proscrito a patadas de la casa del Señor. Pobre San Martín de Porres, quizá estuvo a punto de sufrir un infarto en el cielo al ver la expulsión de Firulais.
Curiosamente aquel mismo cura era el encargado de la capilla de mi colegio. Cuando lo veía en esas misas esperaba atento a la deportación de algún mórbido compañero al patio exterior, pero nunca sacó a nadie.
Al menos yo no lo vi.
La ventaja de esas misas obligatorias en la secundaria era la suerte de coincidir con el curso de la chica que me gustaba.
Podía fantasear sanamente pensando en ella y mi letargo religioso se distraía alimentado por miradas clandestinas a su pequeña y delgada figura (hoy sigue siendo pequeña pero ya no delgada). Como en aquello años aún tenía el don del temor a Dios, nunca cometí el pecado de verle el trasero. Quería ahorrarme unas semanas en el Purgatorio.
También por aquellos años colegiales me enamoré del heavy metal, la música de fondo del infierno y de los exorcismos. Y maleable como siempre he sido me entregué con frenesí a la filosofía metalera, sublevándome contra la religión y contra la autoridad.
Pero hacer el papel de rebelde tiene consecuencias: pasé varias horas expulsado de la clase de religión, pateando piedras y tapillas en los grises patios del colegio. También muchos profesores me vieron como el patán de la clase, el blasfemo, el hereje, el proscrito.
Pero en general no pasó de una mala impresión, porque si era dedicado en las materias. Página virada.
El heavy metal me gustaba tanto que empecé a vestir de negro y dejarme el cabello largo. En aquellos tiempos no tener un corte de pelo adecuado ya era motivo de un llamado de atención del inspector clon de Vito Muñoz.
Al inicio se mostraba amable, chévere y consejero. Pero luego ya insistía y se molestaba por no hacerle caso. A lo que siempre respondía con lo mismo: el cabello largo no me hace una mala persona, ni un mal estudiante.
Este argumento no le convencía.
Hasta que llegó el día en que me llevaron donde el cura de la capilla del colegio. En una sala pequeña estaba el párroco sentado, ataviado con su sotana negra y su cuadrito blanco en el cuello.
En la mesa había una coca colita helada servida en un vaso plástico. Llegué acompañado del inspector “cara de piña”. Entre ellos se miraron y se dijeron todo. Algo así como “aquí está el rebelde, exorcícelo Padre. Oremos al señor”.
Quien diría que esa breve charla cambiaría mi destino en ese colegio.
Mientras ajustaba la silla para sentarme, el cura me saludó por mi nombre. Buena táctica para ganar confianza. A cualquiera le sorprende que lo llamen por su nombre. Hasta a mi perro.
Pero más extraño fue cuando pronunció también ese segundo nombre que más lo uso como adorno. En ese momento el ambiente se puso extraño y no atinaba a comprender del todo porqué estaba allí. Hubiera sido un momento perfecto para que la Virgen haga una de sus apariciones.
Cuando por fin me senté en el estrecho espacio entre la silla y la mesa pude ver de cerca por primera vez al cura del barrio. Su rostro blanco dibujaba profundas arrugas y debajo de sus lentes oscuros se dejaban ver unas ojeras de quien no duerme bien.
Con voz pausada y suave preguntó “¿qué te pasa hijo?”. Estuve tentado a responder como el chavo del ocho, algo así como “qué te pasa de qué o qué”.
Pero tuve una epifanía que me dijo “pórtate fresco, que este man es el cura de la parroquia y sabe tus dos nombres”. Intuí que se refería a mi rebeldía frente a las insistencias de cortarme el pelo, rezar el Padre Nuestro en la clase de religión o dejar de escuchar la música del diablo.
Esa música que cuando la pones al revés revela mensajes luciferinos.
Le dije “bueno, pues no creo que el cabello largo me haga mala persona. ¿Acaso Jesús no tenía el pelo largo también?”. Esa última pregunta nunca falla.
Esperaba una contradicción a mi argumento. Y ya tenía pensado el contraataque. Pero el cura de la capilla se limitó a levantar el vaso y tomar coca cola.
Luego de una pausa refrescante me dijo “es verdad, pero el mundo vive de apariencias e imágenes. Y verás que si haces eso que te piden, tendrás tiempo para las cosas que te gustan y te ahorrarás problemas”.
Esa frase, "ahorrarás problemas", resonó dentro de mí cabeza más fuerte que el Big Bang.
Después de escuchar ese brevísimo sermón ya no tenía nada más que decir. Salí de la sala emboscado por la perplejidad del encuentro y regresé a la clase.
Lo novedoso fue que, a pesar de no haberme cortado el cabello los días que vinieron, el inspector “cara de piña” dejó de insistir que vaya al peluquero.
Y no solo él, sino también el resto de inspectores. Ya no me sacaron de clase por negarme a rezar el Ave María.
Con los años sospeché que quizá el cura los exorcizó a ellos. Por este milagro, creo yo, debería ya ser beatificado.
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