Corriendo otra vez

Cuando se abre la puerta del ascensor siento la tibia brisa de verano. Delante, el patio de la residencia se extiende gris hasta la salida. A menudo hay niños jugando en el césped. La primera calle a cruzar está en frente mío.

Camino hacia una pista para correr. Es un sendero de gravilla fina alrededor de un canal artificial de aguas oscuras, pero tranquilas. Junto está un circuito paralelo por donde ruedan bicicletas y mono ciclos.


Llegar hasta ese encantador parque me lleva diez minutos. Tiempo suficiente para ingerir una banana fresca.

Apenas arribar al canal veo a ambos lados de la pista. A menudo los ciclistas circulan bastante deprisa. No sería agradable chocar con uno de ellos por un descuido.

Luego de los estiramientos respectivos sincronizo el cronómetro. Abro Spotify y la aplicación GPS que contará la velocidad, la distancia y el tiempo.


La primera vez que volví a correr cometí el error de ir más allá de mis límites. Realicé cinco raudos kilómetros impulsado por el recuerdo de las carreras nocturnas en Campinas. Al día siguiente, uno de mis tobillos amaneció dolorido.

Así que la primera semana fueron trotes a paso lento, pero constante.

Con el paso de los días encontré otra vez el ritmo. Nada de giros bruscos. Obligatorio bajar la velocidad en terreno irregular. Así le apostaba a disminuir la posibilidad de otra lesión.

Durante la marcha adelanto sin problema a unos cuantos corredores. Otros tantos dan un paso por cada dos que doy yo.

Son interesantes las pequeñas competencias que acontecen cuando el corredor contrario lleva una velocidad y ruta semejante a la mía. La no declarada disputa dura a veces casi todo el recorrido. 

He notado también que hombres y mujeres corren en igual proporción, pero los rangos de edad están entre los 20 y 45 años. Me pregunto cuál será la razón por la que ellos corren.

Si me lo preguntaran a mí, daría tres respuestas:

1. Correr acelera la neurogénesis en el hipocampo. Eso mejora la memoria y la atención.
2. Correr reduce el estrés a niveles normales.
3. Corriendo mantengo mi IMC bajo control.


En ese trayecto voy mirando gaviotas y gansos. Palomas escondidas bajo puentes y ardillas asustadizas. Manadas de mosquitos vuelan por miles. Mansos perros caminan junto a sus dueños. El lugar está lleno de vida.

Afortunadamente no debo combatir contra mi pereza para salir a correr. Cuando algo llega a ser un hábito, las cosas se hacen sin pensar demasiado. Solo cuando hay amenaza de lluvia dudo si salir o no. 

De regreso por el mismo camino siento la mente relajada y una creciente sed. En el patio ya no están los niños y en pequeñas mesas brindan amigos el final de la tarde.

El ascensor abre su puerta y presiono el número 9. Una ducha fría y una cena exquisita me esperan en breve.

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