A menudo me preguntan cómo hackear una cuenta, sobre todo una red social. No tengo la más mínima idea ni me interesa aprender.
Cierta vez, una excompañera me pidió que entrara al Facebook de su esposo. Le dije que eso no se hace y que, aunque supiera hacerlo, tampoco lo haría. Hasta ahí todo bien. Luego cometí el error de seguir hablando.
Le conté que existe algo llamado ingeniería social, que consiste, más o menos, en lograr que la persona que tiene una contraseña, un acceso o una información termine entregándotela ella misma sin darse cuenta. Le mencioné algunos casos famosos y, de paso, una historia que había leído años atrás.
Una mujer sospechaba de su pareja. Él tenía el teléfono protegido con clave. Era una época en la que todavía no desbloqueábamos todo con la cara, la huella o medio cuerpo. Así que ella ideó una pequeña escena doméstica.
Un día se probó un vestido. Se paró frente al marido, dio una vuelta y le pidió:
—Tómame unas fotos.
Él sacó el celular y comenzó a fotografiarla. Una de frente, otra de lado, otra girándose. Varias.
Cuando terminó, ella se acercó y, con la naturalidad de quien solo quiere comprobar si salió gorda o no, dijo:
—Déjame ver las fotos.
Él le entregó el teléfono desbloqueado.
Ella empezó a pasar las imágenes despacio: una, dos, tres. Comentaba alguna cosa, volvía a una anterior, ampliaba otra. El tiempo suficiente para que él dejara de prestar atención. Apenas apartó la mirada, ella salió de la galería, entró a la papelera de fotos y ahí estaba.
Boom.
La evidencia que buscaba.
Yo terminé la historia pensando que había contado una curiosidad sobre ingeniería social. Mi excompañera, en cambio, debió escucharla como un tutorial.
Hizo exactamente lo mismo.
Ahora su exmarido aparece en el SUPA.
Desde entonces procuro recordar que uno nunca sabe cuándo una anécdota termina convertida en metodología.
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