Terapia Cognitivo Conductual (TCC)

Por: Porcupine You


"El viejo Jung no tenía escrúpulos en voltearse a sus pacientes hembras. Esos primeros analistas eran voraces, casi todos ellos. Otto Rank cogía a Anaïs Nin, Jung cogía a Sabina Spielrein y a Toni Wolff, y Ernest Jones se cogía a todo el mundo. Tuvo que abandonar por lo menos dos ciudades a causa del escándalo sexual. Y, por supuesto, a Ferenczi le costaba mantenerse a distancia de sus pacientes. El único que no se involucró fue Freud." 

Irvin D. Yalom, Desde el diván


***


De: William Stoner <prof.dr.william.stoner@uadr.edu.br>

Para: Lucía Fernanda Berenson <psic.lucy.fer.brnsn@saude.gov.br>

Enviado: 5 de agosto de 2025, 11:11 a. m.

Asunto: Re: Info


Estimada psicóloga clínica Lucía Berenson, 


A continuación, la información solicitada sobre mi anterior terapeuta, a la cual llamaré con el heterónimo de Claudia. Para facilitar la lectura, he dividido el texto en breves secciones que considero relevantes. Sin embargo, lo más importante está al final de este correo. 


Contacto por emails


En un diciembre cualquiera, después de una pelea conyugal de proporciones bíblicas, de esas que dejan vajillas heridas con silencios hostiles, y dado que mi expareja estaba convencida de que yo padecía un problema serio en la cabeza, hice lo que haría cualquier hombre sensato: abrí Google y busqué “Psicólogos + Angra dos Reis”. 


Luego de mi pesquisa, envié cuatro emails como quien lanza botellas mar adentro, pero con Wi-Fi IPv6. Solo hubo una respuesta. Una sola.


Cita al día siguiente, sábado al mediodía. Porque las trampas del destino suelen trabajar con agendas a tope y turnos extra.


Primera sesión


Entré a la primera sesión como entro a cualquier clase de ingeniería: con estructura prefabricada de introducción, background, desarrollo, desenlace y conclusión. Todo muy ordenado, muy universitario, muy poco emocional. 


Al final de los sesenta minutos de la consulta no sentí ninguna revelación, ni alivio, ni epifanía. Más bien una ligera decepción. Pensé: esto va para largo. Y yo había venido creyendo que el desastre de mi existencia se resolvería en tres o cuatro sesiones, como una bronquitis mal cuidada. 


Sesión del abrazo


Al inicio de la cuarta sesión solicité algo razonable: cincuenta minutos de terapia, no una hora. Claudia no estaba de acuerdo. Dijo, con autoridad deontológica, que eso lo decide la terapeuta. 


Como su consultorio carecía de un reloj visible detrás de ella, pasé la sesión mirando mi muñeca con ansiedad, como si ahí, en ese infierno florido, estuviera la respuesta a las preguntas de mi examen existencial.


Cuando se completaron los cincuenta minutos, me levanté, fui hacia la puerta y entonces ocurrió algo inesperado, algo que cambió el curso de la terapia: Claudia se interpuso entre la puerta y yo. Dijo: “Está bien, cincuenta minutos”. Y, acto seguido, como despedida, me dio un abrazo.


Fue rarísimo sentir el cuerpo de otra mujer tan cerca. Otros aromas, otras proporciones. Y, sin embargo, Eros brilló por su ausencia. Nada. Junior no se puso de pie.


Terapia tipo clase magistral


En las siguientes sesiones mi paciencia empezó a desmoronarse. Yo quería contarle de un tema concreto, urgente, a menudo doloroso, y Claudia proyectaba diapositivas en su antigua Mac para explicarme sobre las emociones con dibujitos de Disney. Todo muy pedagógico, muy infantil, muy innecesario. 


Solo en los últimos minutos me dejaba hablar, como si mi historia fuera un anexo opcional y prescindible. Estuve a punto de abandonar la terapia, de anunciar su fallo frente a ella. Sospecho que se lo dije sin decirlo. Los evitativos hacemos eso: amenazamos con indirectas.


Sesión de la pregunta sobre relaciones


Al final de la sesión número siete formuló una pregunta aparentemente inocente: cuántas veces por semana mi pareja y yo nos dedicábamos a las artes amatorias. Mi cerebro, siempre tan poco romántico, hizo cálculos: promedio, desviación estándar, varianza. Respuesta: al menos cuatro. Desconozco si ese valor estaba dentro de la media, pero ella hizo una mueca breve, reveladora. Supe por qué hasta un par de semanas después.


Sesión en la que Claudia contó su experiencia


El tema de la sesión ocho fue lo conyugal. Yo, fiel a mi estilo, narré los hechos con lógica, como quien arma un informe técnico estilo IEEE. Luego entramos en lo más íntimo y lo expliqué como profesor de ingeniería: paso uno, zonas erógenas; paso dos, sexo oral; paso tres, posiciones novedosas. Toda mi narración muy algorítmica. 


Entonces, sin aviso previo, ella empezó a contar su experiencia, una historia de hazañas sexuales con amantes especialmente dotados. Una narración que parecía inadecuada, pero que consiguió mi atención, si ese era su propósito.


Cerca del final, sin que yo pudiera preguntar siquiera, aclaró que llevaba dos años sin tener encuentros amatorios y llamó a ese lapso una racha. Me pareció un término de apuestas deportivas para algo bastante personal.


Romper la racha


En la sesión siguiente hablamos de mi trabajo, en particular de esas personas inevitables que convierten cualquier oficina en un laberinto académico que ni el mismo Teseo querría transitar. 


Al terminar la sesión, surgió una breve discusión sobre el final de una película de Bill Murray. No estábamos de acuerdo y apareció la idea fatal: una apuesta. ¿El premio? Cada uno pediría lo que quisiera si ganaba.


Claudia pidió ayuda para actualizar su Mac. Yo pedí… “romper la racha”. Aceptó sin dudar. Dijo: “Venga hoy a las nueve. A esa hora sale mi último paciente”.


9 p. m.


Mi trabajo tiene una ventaja invaluable: algunos días puedo salir más allá del horario habitual. Ese día salía tarde: ¡coartada perfecta! Estacioné mi vehículo cerca del consultorio, en una calle en penumbra, con esa mezcla de miedo y excitación que solo da la irresponsabilidad de una adultez tardía. Toqué el timbre. Nada. Sin embargo, la luz encendida indicaba que Claudia aún estaba.


Cinco minutos después apareció por la ventana y me lanzó un manojo de llaves que casi me cae en la crisma. Eran mil llaves y ninguna abría la puerta. Tuvo que bajar. Mientras subíamos las escaleras en silencio, noté que mi Junior despertaba con entusiasmo.


Entramos. Claudia cerró las persianas. Y así inició una “rutina” que se repitió trece veces en las cuatro semanas siguientes. La terapia, al final, sí falló. Solo que no como yo había imaginado.


Anexos innecesarios


En los descansos entre asalto y asalto me fue narrando fragmentos de su biografía:


  • Tomaba antidepresivos desde hacía tiempo. No parecía avergonzarla. Más bien lo mencionaba como quien enumera vitaminas. Además, hacía terapia tres veces por semana, con tres terapeutas distintos. Yo era, digamos, el cuarto acto de la obra: el experimental.

  • Confesó que usaba sus mejores atuendos para nuestras sesiones. Por coquetería y porque disfrutaba escucharme. Aunque, paradójicamente, casi nunca me dejaba hablar. 

  • Se autodefinía como sapiosexual, quizá porque sospechaba que yo sabía la tabla del dos sin usar los dedos.

  • Decía malas palabras en inglés cuando hacía referencia a mi expareja. Sonaban mejor así, más sofisticadas, menos vulgares. 

  • A menudo insistía en que hubiera una tercera persona presente, como si la escena transgresora necesitara testigos o, tal vez, un jurado.

  • Nunca me entregó factura alguna. Y ese, curiosamente, fue el único detalle que me pareció verdaderamente digno de contarle.


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Prof. Dr. William Stoner

Faculdade de Engenharia Elétrica e de Computação

Universidade Angra dos Reis


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