Kindle en el equipaje

Hay que inyectarse cada día de fantasía para no morir de realidad
Ray Bradbury

Miro el reloj y resta menos de media hora para que llegue el taxi. Definitivamente faltará espacio y no podré llevar conmigo todo lo que quiero. No me queda otra salida que sacar la mayoría de la ropa y tirarla. El nuevo espacio disponible lo lleno con decenas de libros.

Es angustiante hacer maletas a última hora. El estrés sube a niveles inigualables. El caótico desorden que veo alrededor me agobia. Me pregunto una y otra vez que meter al equipaje, que desechar. Pasa el tiempo veloz, lleno la maleta y aún faltan muchas cosas por guardar. El espacio es pequeño y la ropa se ajusta entre libros, recuerdos y garrafas. 

Durante el posgrado compré muchos libros. Me sentía dueño de un precioso tesoro al verlos arreglados en la mesa de estudio. Consultarlos me facilitaba enormemente la vida. Pero a la hora de meterlos en la maleta resultó un pesado problema. Llegaron a sumar hasta 40 kilos. 

Viajé rumbo al aeropuerto calculando números astronómicos del costo del exceso de equipaje. Afortunadamente el avión iría con pocos pasajeros (la ventaja de viajar un jueves) y la agente del counter no hizo problema con los kilos de más. Sonrisa, buen viaje, next...

Sentado en la sala de embarque empecé a tomar conciencia de las cosas que dejé tirando por encajar los libros en las maletas. Había hojas con cálculos detallados, ropa de verano e invierno. Pero todo eso era nada comparado con los volúmenes que estaban ya siendo subidos al maletero del avión. 

Sin embargo, algo en la conciencia me tenía inquieto y arrepentido.

Años después la historia se volvía a repetir, pero con la experiencia planifiqué una estrategia diferente. Nada de comprar libros impresos. Cualquiera que necesite lo tomaré prestado de la biblioteca. Así llevaré entre manos la última edición y me daré tiempo para tomar nota en mi cuaderno de apuntes.

Pero, ¿y el resto de libros: novelas, libros de ensayo y filosofía? Leer ha sido desde 1999 una parte vital de mi antagónica realidad. Dejar de zambullirme en tramas de novelas y relatos -y vivir otras vidas- no era algo negociable. Afortunadamente, hace unos dos o tres años compré una kindle relativamente barata. Cuando el joven vendedor me la dio, dijo: “ha sido solo para leer libros, yo pensaba que era una tablet”. 


La novedad de esta tablet (que ha sido solo para leer libros) es la tecnología de papel electrónico. La luz no es emitida por la pantalla, sino reflejada, emulando un texto en papel. De esa forma, el ojo se cansa menos y la luz azul que nos afecta de los dispositivos celulares no la genera la kindle. 

El mismo día que la adquirí le introduje algunos libros gratis desde la tienda de Amazon. Novelas cuyo copyright ya era de dominio público. También le metí libros sin costo que tenían buenos comentarios. Así descubrí autores que nunca antes había escuchado y resultaron, la mayoría, extraordinariamente buenos.

Antes de continuar, tengo que hacer una declaración. Leer en una pantalla es diferente, y mucho, a leer el texto en papel. Varios estudios lo han mostrado. Por ejemplo, la retención de la información es mayor cuando se lee en papel que en una pantalla

Pero más que cualquier otra diferencia quiero atenerme las ventajas de la kindle

La primera, y la más obvia, es la gran cantidad de peso en papel que se sintetiza en una memoria de silicio en la kindle. En este dispositivo puedo llevar cientos de libros. Y más importante aún, con una tarjeta de crédito y unos pocos clics, están a mi alcance los últimos bestsellers de divulgación científica, ciencia ficción, psicología, etc. 

Una montaña de ideas disponibles para dominar nuevas herramientas. La tinta electrónica y los libros digitales ponen ideas de vanguardia en mi escritorio.

Además, kindle permite ver en la web las secciones y frases que he subrayado. De esa manera, repaso las ideas centrales del libros las veces que quiera. Porque no basta con leer una sola vez el libro. Hay que volver a sus ideas principales varias veces. Así se las asimila efectivamente. Y con suerte, se las aplica en el día a día.

El sobrepeso ahora va en la memoria de silicio. Como no estar feliz con una kindle en el equipaje.



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