El pájaro del fin de semana

Vivir lejos del colegio me obligaba a levantarme temprano para llegar a tiempo. Las clases siempre iniciaban con devota puntualidad a las siete y quince. Cualquier atraso era sancionado con un tedioso sermón, una amenaza de convocar al padre de familia y la prohibición de entrar al aula la primera hora. Aunque más que sanción, a veces resultaba ser un alivio perderse una clase aburrida, sobre todo las de religión.

Para llegar a tiempo había que madrugar. He olvidado la hora que salía de cama. Lo que sí recuerdo bien es que a las seis y quince los buses iban casi vacíos. Esa fue una comodidad que siempre aprecié. El recorrido duraba 25 minutos, mientras sonaba la estruendosa música batracia del chofer y yo miraba resignado por la ventana lamentando no tener un walkman o un CD player portátil.

Luego de bajar del bus de un salto (porque al chofer no le daba la gana de frenar del todo) caminaba por una vereda solitaria sospechando que quizá yo era el primero en arribar de todo el instituto. Ingresaba por la puerta más alejada y no sabía si alguien había llegado antes por las otras entradas. Por lo general, luego de mí puntual llegada, aparecía casi de inmediato el veterano portero. Caminaba a paso lento buscando la llave en el bolsillo y silbando boleros del recuerdo. Abría la puerta principal y proseguía con las aulas del bloque interior con una parsimonia de solitario George.

En menos de 15 minutos empezaban a llegar de a poco otros adormilados estudiantes. Recuerdo que al frente de mi bloque una estudiante angelical (blanca, ojos cafés, cabello castaño, estatura media, delgada) se paraba frente a la baranda esperando a que el portero abriera la puerta de su aula. Por verla a ella todos los días durante todo un año lectivo, reconocía su cara por las calles del centro de la ciudad, por el campus de la universidad (años después) y en fotos de redes sociales (hasta el día de hoy). Ella tiene de esas caras que el tiempo se niega a envejecer.

Todas las mañana eran terriblemente iguales. Hasta que un viernes encontré un tembloroso pájaro moribundo patas arriba. Estaba al principio de las gradas del bloque izquierdo. Apenas lo vi pasé de largo, pero a los pocos escalones di media vuelta y tomé al agonizante emplumado por una garra de la pata. Mientras lo subía, lo camuflaba como podía para que el portero, ocupado en las aulas del lado derecho, no me alcance a ver.

Llegando al piso de mi aula miré en derredor para comprobar que nadie me había visto. Me encontré con la mirada de la chica de siempre al otro lado del patio. Había llegado más temprano y sospeché que alcanzó a observar mi profanación. Con gran disimulo, dejé el pájaro en el piso y con suaves puntapiés lo escondí detrás del tacho de basura.

Cuando el portero por fin abrió la puerta de mi aula aún estaba solo en ese piso del bloque. Me apresuré a entrar y abrir la ventana, donde en un borde externo deposité al ya difunto pájaro. Quedó ahí hasta la hora del receso.

En la media hora de pausa entre la mitad de la jornada, le conté a un par de colegas de la existencia del difunto volador. Uno no me creyó, pero le brillaron los ojos cuando lo vio reposando inerte fuera de la ventana. Lo tomó del pico y lo exhibió por lo alto a los dos que estábamos en el aula.

- Ya sé que hacer con este pájaro. Mira por la puerta que nadie venga.

Se acercó al pupitre del hijo del tiránico profesor de inglés. Cogió su maletín, extrajo los cuadernos y libros y metió el cadáver del pájaro hasta el fondo. Luego puso cuidadosamente de vuelta todo lo que sacó. Los dos únicos testigos nos quedamos sin habla.

Al regreso de clases, terminado el recreo, ninguno de los tres tuvo suerte en disimular la risotada. Una vez tras otra el docente de geografía nos increpaba sin tregua hasta el punto de alejarnos de donde estábamos sentados y ponernos en primera fila. No fue remedio suficiente. Nos sacó de clase poco después.

En el patio, como por arte de magia, se nos fueron las ganas de reírnos. Deambulamos por las canchas calculando el tiempo de regresar a la clase de la última hora. Pensábamos que al volver ya se habría dado cuenta del pájaro muerto y hacíamos irónicas predicciones de la reacción que tendría cuando descubra al difunto emplumado.

Cuando por fin volvimos todo estaba muy normal. La víctima del maletín convertido en féretro sonreía socarronamente a la compañera de al lado (a la que siempre pretendió y que nunca le correspondió). Se lo veía más feliz que de costumbre. Bastó con mirarnos entre los tres y concluir que aún no se había dado cuenta.

Sonó el timbre de salida y dudábamos si decirle o no del pájaro muerto. Pero la duda es lenta y cuando es viernes y hora de la salida nadie se queda quieto.

Por aquellos años no existía más medio de comunicación que el teléfono fijo, pero de entre los tres solo uno tenía línea. Así que pasamos sábado y domingo cada cual con la duda del desenlace del cadáver del volador. Yo imaginaba que en el momento del descubrimiento habría un apagado grito de susto seguido de un gesto de asco.

Llegó el día lunes y como siempre yo estaba solo esperando a que llegue el portero. La chica de siempre no apareció a la misma hora y me asustó la idea de que ella me delatara. Era una imaginación absurda pero me tenía inquieto.

Del actor material de la metida del pájaro y de los dos cómplices estaba apenas yo cuando inició la clase. El fulano que fuera objeto de la emplumada broma no llegaba. La imaginación echó a correr y suponía que estarían los tres fuera del aula discutiendo la indagación del culpable. Hasta que vi entrar por la puerta el maletín negro y su portador.

Le examiné de reojo y no encontré nada fuera de lo normal. Hasta parecía más feliz, a pesar de ser lunes. Se sentó, sacó su cuaderno y empezó a tomar apuntes. Por un instante admiré esa estoica reacción. Es de espíritus grandes perdonar, pensé.

A lo largo de toda la jornada de la mañana no pasó nada fuera de lo normal. Pero cuando llegó la hora del receso, justo unos segundos luego de sonar el timbre, por la puerta entraron el actor material y el otro cómplice. Traían una cara de velorio. Me preguntaron qué había pasado. Mi respuesta les hizo arquear las cejas.

Al igual que el viernes, nos quedamos solo los tres dentro del aula. Conjeturando lo que pudo haber pasado el fin de semana, nos quedamos perplejos al imaginar una causa imposible: el pájaro nunca salió del maletín.

Esta vez cerramos la puerta para entre los tres verificar el contenido de la valija. Al abrirla, el olor nos confirmó la sospecha: el cadáver siempre estuvo ahí. 

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