El demonio del lado izquierdo

En lo primero que pensé cuando vi la imagen de un cerebro humano fue en una nuez desnuda. Las rugosidades y el color blanquecino, combinada con la simetría a izquierda y derecha me asomaba un objeto poco atractivo a la vista.

El lente de la cámara de vídeo hacía pausados acercamientos y dejaba ver un tenue reflejo de brillo de luz en el líquido viscoso que cubría el órgano que encierra, según dicen, el alma etérea. El narrador del documental mencionaba con parsimonia el nombre de cada región y resumía en frases breves las complejas funciones del cerebro. Como todo material de divulgación científica, el contenido del vídeo trataba de ser lo más sencillo posible. 

De entre toda la nueva y confusa información, me quedó claro que cada hemisferio tenía marcadas diferencias y tareas específicas que cumplir. En brevísimo resumen, el hemisferio izquierdo se encarga de toda la parte lógica de nuestro cotidiano proceder. Y el hemisferio derecho toma el mando en cuestiones artísticas, principalmente. Demasiado simplificado, pero cierto. 

Lo que omitió explicar el narrador es que esa amenazadora vocecilla que siempre está presente en nuestra mente viene de la parte izquierda del cerebro. Y es una daga de doble y filoso filo.

Por un lado, las predicciones que hace esa conminatoria vocecilla (en base a las observaciones de eventos del día a día) generan las ineludibles preocupaciones. Con cada circunstancia observada, el hemisferio izquierdo conjetura sin freno una lista de apresuradas conclusiones. Y muchas de estas conclusiones son, sin lugar a duda, espeluznantes. 

Por ejemplo, si un día pasas cerca de tu jefe y te devuelve un saludo frío, el hemisferio izquierdo llegará a la conclusión de que tu superior está molesto por algo que hiciste. A partir de allí, le dará vueltas una y otra vez a las posibles causas de ese supuesto enojo, escarbando cada detalle de los acontecimientos pasados. Y todo esto crea malestar, ansiedad y alimenta la incertidumbre.

Por otro lado, esos fatídicos pronósticos han sido el motivo de estar siempre alerta por el entorno. Y estar alerta nos ha mantenido más tiempo con vida. La evolución puso en nuestro cerebro ese sistema de elaboración de malos augurios para que, en caso se cumpla la temible profecía imaginada, nuestro cerebro tenga lista todas las posibles respuestas a ese inquietante evento del futuro. 

Volviendo al ejemplo del gesto austero del jefe, si el hemisferio izquierdo concluyó que ese mal saludo es consecuencia de un reporte atrasado o de una inasistencia a una reunión urgente, creará una lista de excusas, disculpas y compensaciones.

Me he preguntado varias veces como acallar esa voz amenazante, pero al final, haga lo que haga, siempre está presente. A veces tan callada como el sonido de un susurro cerca de un motor fuera de borda y otras tan estruendosa como volcán activo que termina por despertarme en horas de madrugada. 

En la web, a pocos clics de distancia, encuentro decenas de fórmulas para apaciguar esa voz. Hay consejos desde los basados en plegarias religiosas hasta los respaldados por la neurociencia. Pero a veces, y muchas veces, ninguna funciona. 

Lo único que me conforta es que a todos nos pasa lo mismo. Nos atormenta el mismo demonio.

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