El gimnasio de cristal

El músculo es obediente cuando entrena día tras día. En el primer adiestramiento soporta estoicamente un fatigante esfuerzo. A la mañana siguiente el ligamento se siente adolorido, inflexible, resentido. Con un poco de estiramiento cesa levemente de emitir esa queja constante que surge con cada movimiento. La siguiente vez que se cita con la mancuerna trabaja a medio ritmo, más lento y hace pocas y desgarradoras repeticiones. Sin embargo, con algo de tiempo, persistencia y paciencia empieza a resistir más peso y más series. Va tomando forma y volumen. La recompensa se refleja en el espejo.

En casa, en un espacio de menos de nueve metros cuadrados, trabajé largos meses con un peso de quince libras por brazo. Sin embargo, las primeras mancuernas que compré eran de tres kilos. Las llevé a casa en una funda plástica que estuvo cerca de romperse. Me daba la impresión de que era un peso descomunal, de manejo cuidadoso si no quería sufrir una lesión.

Los levantamientos iniciales llegaron hasta quince en la serie de arranque. La segunda también, pero las dos restantes fueron penosamente menores. Luego de varios meses de jadeantes rutinas matutinas, fui aumentando el peso. Semana tras semana, se me hizo fácil levantar mancuernas con repeticiones en aumento. El músculo respondía generosamente.

Estaba casi todo bien, viendo y sintiendo el beneficio de levantar una y otra vez el disco de metal. Hasta que, por una fortuita promoción de dos por uno, terminé emigrando por las noches de mi gimnasio casero a uno público. Regresaba a un lugar así luego de más de doce años. Pocas cosas habían cambiado. Lo noté desde el primer día.  Y la perspectiva del entrenamiento mudó por completo.

Como llevaba tiempo entrenando en casa no predije un gran cambio asistiendo de nuevo al gimnasio. Tomaría un peso ligeramente mayor, haría las máquinas que quisiera y luego me marcharía a casa. Pero apenas se abrió la puerta del ascensor supe que quizá mis pronósticos no serían del todo acertados.

El bam bum bam de la música pop invadió la atmósfera cuando el elevador arribó al quinto piso. El gimnasio parecía una jaula de vidrio que encerraba a hombres y mujeres de rostros compungidos y sudorosos. Los muros de cristal permitían ver máquinas de acero, grandes espejos, negras mancuernas y esteras por el piso. Ataviados con ropas deportivas, varias personas repetían rutinas de levantamiento de pesas y fatigantes aeróbicos.

Hacia un rincón, un amplio e iluminado espacio estaba lleno de corredoras y bicicletas estáticas. Era la zona cardio. En aquel sector iniciaba y terminaba todo entrenamiento vespertino.

La máquina corredora tenía un montón de botones, pantallas y leds rojos y azules. Mirando aquella consola de controles, me preguntaba por dónde empezar. Al poco rato me aventuré a presionar el parpadeante botón de start. Una luz roja indicó un conteo regresivo. Tres, dos, uno. La banda de caucho debajo de mis pies empezó a moverse lentamente.

En un par de minutos sentí que el ritmo de caminata era muy pausado. Necesitaba subirlo. Supuse que el botón la con flecha hacia arriba sería el que aumentaría la velocidad. Lo presioné con un poco de temor imaginando que saldría disparado de la máquina. Un beep acompañó el ligero aumento de velocidad. A los pocos minutos la pantalla indicaba una rapidez de doce kilómetros por hora.

Pasados los seis minutos, el sudor que bajaba por mi frente amenazaba con entrar en mis ojos. El esfuerzo estaba abriendo mis poros y acelerando mi respiración.

Luego de diez minutos bajé de la máquina. Mientras jadeante tomaba aire, busqué el siguiente aparato de ejercicios. Estaba ocupado. Miré hacia el próximo y también estaba siendo utilizado. No tuve más remedio que ir por un par de mancuernas y cambiar de rutina. Vi que estaban etiquetadas con libras, no con kilos, que era la medida que manejaba mejor para orientarme en el peso a levantar. Sabía que debía apenas dividir para dos el número de libras y tendría un valor aproximado en kilos. Esa deducción me hizo sentir un Srinivasa Ramanujan.

Tomé una de diez libras y la usé impecablemente hasta que vi a una esbelta chica trabajando con un peso igual. Movido por mi ego masculino, fui discretamente a por otra más pesada. De la mancuerna de diez libras subí a la de quince. Pero aún no me sentía mejor conmigo mismo. Mi orgullo había sido herido.

A partir de esa inocente comparación espié con disimulada atención el peso que levantaba el resto de individuos. Asombrado, vi delgados brazos levantar más peso que yo. No lo podía creer. Tenía que hacer algo para remediar esa penosa situación.

Cuando regresé a mi casa fui directo al cuarto de pesas. Abrí la maleta de plástico donde estaban los discos de 1,25 kilos y 2,5 kilos. Metí un par en cada mancuerna. Levante el peso y estaba jodidamente difícil. Al primer intento llegué hasta siete agónicas repeticiones. Hacía cuarenta con el peso anterior. Debía empezar a ser paciente, contar hasta diez, resignarme y respirar profundo.

Con el pasar de los días descubrí que unos pesistas levantaban mucho más que yo. Otros, casi lo mismo. Y el resto, menos. Siendo ingeniero, supuse que si contaba las repeticiones y el peso levantado de todos los demás seguramente yo estaría en toda la media de la distribución gaussiana, no en una de sus colas. Eso me tranquilizó y me dio un renovado impulso para continuar sin pensar en incómodas comparaciones.

Pero no todas las comparaciones resultaron negativas. Subido en la máquina corredora, echando un ojo a la velocidad del vecino, puse la rapidez de mi aparato en un valor igual o sutilmente superior. Avancé con ese ritmo con algo de problema al inicio, pero finalmente mantuve el paso. Quizá si no hubiera visto al otro hacerlo a esa velocidad, aún estaría corriendo con mi ritmo de siempre. Ver que otro pueda y lo logre a veces me impulsa a intentarlo y ver que pasa. Experimentando nuevo peso, siempre y cuando, claro está, no haya nadie cerca mirando. Pero siempre hay alguien mirando.

A lo largo de las semanas no fue difícil notar ciertas personalidades en esa jaula de cristal. Un grupo hace un minuto de máquinas y cinco de whatsapp. Otros se miran compulsivamente al espejo mientras levantan los brazos en forma de cruz y contraen los escuálidos músculos. Otros, en cambio, se adueñan abusivamente de las máquinas caminadoras y no las sueltan sino hasta luego de una hora. Por ahí también, faltaba más, están los que dejan las mancuernas en cualquier lado menos en su lugar. Y el infaltable, aquel que, mientras levanta el peso, grita como si le entrara una mancuerna en el…

He perdido de vista mis primeras pesas de tres kilos. Tal vez debería buscarlas y guardarlas en un lugar especial como recuerdo del primer paso del camino que llevo recorrido por más de dos años. 

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