Apagando tuits

Hay cosas que hago bien que estropean otras cosas que también intento hacer bien. Si por un lado salir a correr potencia la atención y la memoria, usar las redes sociales alimenta el hábito de la distracción. Así mismo, meditar ayuda a mantener el foco en cualquier actividad, pero a lo largo del día reviso tanto el celular que volver a prestar atención a lo que debo hacer cuesta mucho trabajo. 

Uso el celular como cualquiera. Empleo el computador como todo el mundo. Pero también, como pocos, hago ejercicio todos los días y practico la meditación (aquella en la que cuentas las pausadas respiraciones). 

Sin embargo, estas actividades entran en constante conflicto y, como dos selecciones en la final de una copa del mundo, una siempre termina por ganar. Así haya tiempo extra, todo se define en fatídicos penales. Y no siempre gana la mejor. A menudo las distracciones (multitarea) terminan venciendo por goleada al trabajo enfocado. Todo por el tirano con wi-fi que llevo en mi bolsillo.

El uso constante de un dispositivo móvil ha modificado mis capacidades intelectuales. He pasado muchas horas leyendo en la pequeña pantalla de siete pulgadas noticias, tuits y varias crónicas. Veo fotos, memes y vídeos. Escucho música y sintonizo la radio. Hago lo que todo el mundo hace con un celular. 

Pero creo que soy más consciente del derroche de tiempo que esa mala utilización, aunque socialmente aceptada, ha provocado en mi inventario de tareas. Los pendientes siguen ahí, esperando ser tachados de la lista.

Consulto varias veces el smartphone por si ha llegado algún furtivo mensaje. En promedio hasta más de cien veces durante el día. Lo sé porque instalé una app para contar esos innecesarios accesos. La siniestra consecuencia de este hábito ha sido romper mi capacidad de mantener la concentración. 

Y si no me concentro, entender esa ecuación o arreglar esa línea de código será jodidamente difícil. Y me llevará el triple de tiempo.

No me quiero imaginar la tragedia de ser asiduo usuario de facebook, twitter o instagram. Las notificaciones a cualquier hora del día me volverían estremecedoramente atento a la vibración del celular y sus melódicos beep beep. Porque a pesar de tener desactivadas los avisos de mail y whatapps, sigo revisando si algún mensaje ha llegado, inclusive cuando la luz de aviso está apagada. 

Twitter es la única red social en la que participo regularmente. La considero la menos mala de todas, pero también a veces se llena de incontenible basura. Me vi varias veces (una y otra vez) actualizando el time line, sediento de 140 caracteres. Hasta en ciertas ocasiones me irritó o decepcionó no encontrar tuits nuevos. Debía cambiar esa penosa realidad.

Ese tiempo tirado a la basura me hizo pensar en una estrategia para corregir el uso compulsivo de esa red. La primera maniobra fue desinstalar de mi teléfono la aplicación. Pero en menos de una hora estaba ingresando a mi cuenta por el navegador web. Knockout en el primer asalto.

La segunda táctica que usé fue parecida a la que me funcionó cuando abandoné facebook. Era sencilla: dejar el password de acceso en casa. De esa manera, solamente ingresaría por la noche. También resultó un esfuerzo en vano, porque terminé pasando más tiempo leyendo tuits antes de dormir. Y la luz azul atentó a mano armada contra la calidad de mi sueño.

La conclusión quedó evidente a mis ojos: los cambios radicales no funcionan con las adicciones digitales. 

De tanto pensarlo terminé, sin ser consciente de eso, por encontrar una solución efectiva. Dejé de seguir paulatinamente a las cuentas que más publicaban. Una tarde, unfollow a una. La semana siguiente, unfollow a otra. Pasaron los días y solo quedaron tuits en inglés y portugués. Cero tuiteros de humor o de noticias. El vicio empezó a morir de inanición sin ruido ni quejas.

El poco contenido que se mostraba hizo que le pierda interés. A tal punto que solo los fines de semana me la paso arrastrando, como aletargado zombi, el dedo por la pantalla. Tal vez no esté curado del todo, pero esta medicina palió los síntomas más severos de la adicción a esa, en apariencia, inofensiva red social.

Pero todo vicio apagado termina por echarle gasolina a otro...

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