Una vocación de metáforas y analogías.

Cuando niño, era común escuchar la pregunta sobre qué quería ser de grande. A todo colegial o escolar le hacen la misma acuciante consulta. Es inevitable. Ya olvidé cuando me la hicieron por última vez, pero sí recuerdo la primera. Mi papá era de esos tipos que tenían un talento único para hablar de casi todo. Y de lo que no sabía, se lo inventaba convincentemente. Era de la clase de persona que te hacía sentir su amigo de toda la vida en veinte segundos. Tenía, según dicen que se llama, el don de gentes (algo de lo que carezco). Fue él quien me hizo por primera vez esa estoica pregunta. Nunca se me olvidará la respuesta porque a él nunca se le olvidó contársela a todo el mundo, mientras yo (inocentemente) me avergonzaba. Le dije que quería ser astronauta, y aún no sé por qué respondí eso.

Luego de esa vergonzosa experiencia pensaba dos veces antes de contestar esa imperante interrogante. Las veces siguientes respondía que deseaba ser doctor. Todos lo entendían como médico, a pesar de que doctor también se le llama al abogado y al veterinario. Cuando mi interrogador escuchaba la respuesta, me devolvía una mirada de asombro y de sus labios salía una calurosa felicitación. Me sentía una criatura inteligente y aliviada del temor de un rubor ulterior. Pero el destino fue otro y nunca vestiría un mandil blanco. Pasaron los años y me decidí por seguir ingeniería. Estaba indeciso entre estudiar psicología o informática. Pero un conteo de materias en el pensum que se relacionen con matemáticas me inclinó hacia la ingeniería en electrónica. Ya no escucharía más, por fin,  la vocacional pregunta de la infancia y la adolescencia.

Dicen que lo mejor de leer un libro es que te vean leyéndolo. Nada resume mejor uno de los anhelos humanos más perseguidos: el reconocimiento. Unos son públicos y otros son personales, íntimos. Es decir, aquellos que solo tú o poca gente puede valorar. Mi vida universitaria fue llena de estos últimos. Corriendo el riesgo de parecer jactancioso, espero no serlo al contar parte de mi trayecto universitario que determinó el desenlace de mi profesión. Nunca di un supletorio, y los pocos que rendí fueron para mejorar las calificaciones. En general, tenía buenas notas, menos en las materias de religión (que eran obligatorias). Me sentía orgulloso de estudiar poco fantasías de dioses imaginarios. En fin, me fue bien durante el pregrado y creo haber acertado en la carrera elegida. Lástima que no se me ocurrió responder que esa sería mi elección, cuando mi chacotero papá me lo preguntó hace años. Aunque más que ingeniero, terminé siendo algo que no atiné a predecir.

Mientras estudiaba las materias de la carrera me fue gustando entender un poco más cada tema. No todos, pero sí los que se relacionaban con modelos matemáticos y programación. Nació, no sé cuándo, mi deseo por encaminarme hacia la docencia. Tenía buenas notas. Me estaba gustando explicar los ejercicios, los conceptos. Sentía que cumplía con los requisitos para enseñar en la universidad. Pero no tuve la suerte de poder ejercer esa profesión sino hasta luego de volver del posgrado. Con un acervo de experiencia en temas matemáticos de telecomunicaciones, llegué al aula 8 a enseñar circuitos digitales. Dos horas por día, diez por semana. El tiempo pasaba veloz desde la parte frontal del aula. No así para los estudiantes. Ellos siempre han tenido en sus muñecas un reloj que gira más lento que el mío.

Clase tras clase fui cambiando, hasta que adopté mi estilo propio. Tengo la teoría que todos los que somos profesores nos convertimos en el reflejo de algún docente que  nos gustó por como enseñaba. Aunque para llegar a adoptar una personalidad propia en el aula, pasé por varias mutaciones como un camaleón. Al igual que en toda evolución, hubieron errores en la marcha. Uno de ellos fue asumir, con mucha inocencia, que todos los estudiantes eran iguales. Gran error. Cada uno de ellos llega con una historia diferente. Unos estarán al día con los requisitos (conocimientos previos) para la materia. Otros, en cambio, estarán perdidos como pingüinos en el África. Algunos asistirán a clase motivados, tranquilos con su economía, libres de vicios destructivos. Y otros, quizá prisioneros de  mil preocupaciones. En un grupo así, ¿hay alguna manera de enseñar, que se adapte a la mayoría?

Existen muchas recomendaciones para exponer bien una clase y que se robe la atención del respetable público. Cada una matizada para cada materia o carrera. Pero la que mejor resulta y es común a todas es usar analogías y metáforas. No es una tarea simple. Se necesita pensarlas mucho y evitar la improvisación, porque eso podría generar una verdadera confusión. Con la experiencia se puede crear unas muy precisas y otras pintorescas pero útiles. Como aquella vez que, con la intención de poner énfasis en una característica de cierto elemento, robé una sugestiva analogía. Era simple. Les dije: la potencia de la señal, al igual que el sexo, entre más grande, mejor. Apostaría que nunca olvidarán esa comparación.

Mi padre nunca supo de mi graduación. Murió pocos meses después. La falta de contacto junto con su enfermedad habían puesto un muro entre nosotros. Quizá en el fondo sentía un orgullo relajado por mi infantil vocación. En cierta forma, supongo, se hubiera sorprendido si le contaba que terminé como docente. Pero, sin duda, le hubiera ocultado aquellos de mis intentos por usar comparaciones en las clases. Conociéndolo como era, seguro se lo hubiera contado a todo el mundo.

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