El niño de alquitrán

Cerca de mi casa había un colorido parque. A lado de ese parque estaba una parada de buses viejos.

Parte del asfalto de esa estación de transporte estaba inundada de charcos de aceite negro. También había, regados por el piso, diminutos pedazos de cristal de botellas quebradas.

En un rincón de un escalón de las gradas que llevaban a ese lugar, un niño más pequeño que yo jugaba con las colillas de tabaco. Cuando se marchaba con las manos manchadas de alquitrán, las dejaba ordenadas como en una fila, a veces como una espiral y otras como una torcida pirámide.

Ese chico era el hijo de un chofer de esos buses. Y ese conductor fumaba un cigarrillo tras otro aspirando con vehemencia hasta la última hojilla de tabaco.

Cuando el niño se iba, dejaba su obra camuflada con hojas de eucalipto. A veces, cuando yo pasaba cerca de su creación, mi infantil malicia me impulsaba a desordenar esas pirámides de colillas. Lo hacía mirando a ambos lados, para asegurarme que nadie me vaya a ver.

Un día el niño de alquitrán y su padre ya no volvieron más. Su ordenado castillo de restos de tabaco se fue esparciendo con el viento hasta que desapareció. Pasaron dos meses y la estación de buses se mudó algunas calles más abajo.

El aceitoso asfalto negro recobró su color gris original. Los diminutos vidrios desaparecieron como lo hacen las estrellas al amanecer. 

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