Lo inmediato

Resistir la tentación ayuda a sacar reveladoras conclusiones de uno mismo.

He usado por once años un teléfono celular. El primero que recibí como regalo fue un famoso nokia 1100. Limitada la comunicación al saldo disponible, este simpático dispositivo abrió el apetito de mi hambrienta conectividad.

Jugando con su configuración, solía variar los tonos de aviso del sms. Si esperaba un mensaje con urgente expectativa, el sonido de alerta debía durar más allá de un lacónico beep beep.

Mi segundo celular venía con una configuración especial. El tono del sms se repetía hasta que el mensaje era atentamente leído. Si no, sonaba una y otra vez. Esta característica era utilísima. La amaba.

El primer teléfono inteligente lo tuve en el 2011. Se llamaba smart porque traía una característica ya infaltable para todo celular de hoy: la conexión al wi-fi.

A partir de allí las notificaciones no hicieron sino crecer y crecer como la espuma de una cerveza servida con prisa. 

Ahora, además del infaltable wi-fi, el dispositivo celular da la chance de usar servicios económicos de mensajería instantánea. 

Como todo el mundo, atendía con urgencia cada llamado sonoro de mi celular. Hasta en frente de otras personas con las que charlaba. Parecía seguir una rutina comúnmente aceptada. Si todos lo hacen, todo está ok.

Hasta que un día, justo al levantarme del sillón para ir a por el celular, decidí ignorar el tono de aviso. De regreso al asiento, me sentí como un hambriento caníbal en un banquete con veganos. La tentación era suprema.

Sabía por qué me sentía así. Cada vez que arriba un mensaje, el cerebro cree que son buenas noticias. Por eso corre veloz a responder al remitente.

Y al final, sentado en mi sillón que da a la ventana, decidí no levantarme. Salvo sonara otra notificación. Podría ser una emergencia. Sonó. Vamos a ver quién escribe.

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