Las florecillas del mal (parte 1)

Es bastante extraño encontrarme por la calle con ex compañeros de la escuela. A los pocos que veo de vez en cuando noto que han cambiado mucho. Pocos mantienen sus facciones, porque la mayoría ha engordado generosamente. He olvidado sin culpa el nombre de la mayoría. Pero recuerdo uno con particular nostalgia porque siempre me invitaba todas las tardes a jugar fútbol o videojuegos. Vivía a dos minutos de distancia, a pocos pasos de mi casa. Para ir hacia la suya, me llamaba por teléfono sin falta a las cuatro de la tarde. Tanta fue la frecuencia de nuestras salidas a patear el balón y manipular mandos de nintendo que solo tenía que decirme “baja” y cortar la llamada para convocarme a las canchas o a la videoconsola.

La casa de mi futbolero amigo parecía una mansión de estrella de Hollywood. Era una residencia esquinera con un amplio patio frontal donde se paseaban sus ladradoras y peludas mascotas de pedigree. Él y cada uno de sus hermanos tenían una línea de teléfono privada y una holgada habitación llena de juguetes. En cada cuarto, conectado a un ancho televisor a color, había una consola de nintendo y super nintendo con tantos juegos que perdía la cuenta cuando quería saber el número exacto. La cocina era un palacio aparte. El olor que provenía de ella cuando preparaban la cena era brutalmente seductor. Estaba equipada con una nevera repleta de golosinas y frutas de todos los colores. Pero lo más bonito que había en esa casa era su hermana mayor. Ella también ha sido ampliada con el tiempo.

Apenas a dos calles de ese palacio estaban las canchas de fútbol y básquet. Formaban parte de un descuidado colegio público que siempre estaba abierto. Cerca del terreno de juego vivía una familia que custodiaba al área deportiva y las aulas del primer bloque. Era una joven pareja de porteros del colegio y sus dos hijos menores. Junto con ellos, moraba una manada de perros tan salvajes como fieras mitológicas. La mayor parte del tiempo esos famélicos canes estaban vilmente amarrados con gruesas cadenas. Pero algunas veces los dejaban libres. Cuando sucedía eso, era imposible jugar en la cancha. No quedaba más remedio que volver a la mansión para rescatar a la princesa del malvado y espinoso Koopa.

Pero una tarde todo cambió. Recuerdo bien el último día que jugamos juntos en ese colegio. Era el viernes de la primera semana de vacaciones, con el mejor sol que se pudiera imaginar. Competíamos en pequeños equipos para anotar en la portería contraria. Estaba en racha y había convertido tres majestuosos goles. Cuando llegó mi turno de asistir a la portería estaba igual de portentoso. Tan fenomenal me sentía que rechazaba los tiros al arco solo con patadas directas a la cancha rival. Hasta que un desafortunado remate con la zurda mandó el balón dentro de la casa de los cuidadores. Sonó un ruido de cosas cayendo al piso. Al instante todos salimos corriendo en estampida fuera de la cancha y fuera del colegio.

Pasado el susto y recuperado el aliento, fui invitado (obligado) a volver para recuperar el abandonado balón. No encontré forma de negarme y puse en marcha angustiados pasos de regreso a la escena del estrafalario accidente deportivo. Escuchaba el latir de mi corazón mezclado con los sonoros ladridos de los perros amarrados. Desde unos veinte metros alcancé a ver la pelota en un costado del arco. Me sentí emocionado como la ardilla de la era del hielo cuando encuentra a su alcance la escurridiza nuez. Ya que no había señales de los dueños de casa ni perros sueltos, me acerqué discretamente con una sonrisa pícara y suspirando de alivio. Mientras me iba aproximando, empecé a notar algo raro en la forma del balón que me llenó de intriga. Descubrí el misterio cuando tomé con mis manos lo que fui a buscar. Alguien lo había desinflado a quemarropa.

Regresé con lo que restaba del apuñalado esférico. Al acercarme percibí las múltiples miradas de reproche. La otrora amable tribu de amigos se iba en seguida iracunda rumbo a su casa. Me quedé parado sin saber qué hacer. Fui a una esquina donde había una banca de piedra y me quedé el resto de la tarde, con la mirada fija en el piso, lamentando todo lo que pasó. Por usar el pie izquierdo el balón se fue así de desviado, me dije. Si hubiera tomado la pelota con las manos no hubiera pasado eso, me reproché. Con un desacertado puntapié perdí a mi grupo de puntuales amigos. Adiós Mario Bros, peloteo, comida suculenta y fisgoneo a la hermana adolescente.

Durante los días siguientes quería encontrar una forma de cambiar el pasado. Si el balón no hubiera sido dañado de esa manera aún tendría la amistad del grupo. Pero me tranquilicé pensando que las llamadas para salir a las cuatro de la tarde continuarían. Me equivoqué. El teléfono enmudeció para siempre. Había perdido por una infortunada patada las salidas a jugar por las tardes. Sin embargo, a los pocos días, todo ese pesar y arrepentimiento se transformó en deseos de desquite. Los que destruyeron con puñal en mano el balón de la amistad debían ser juzgados. Mi inconsciente había puesto en marcha un plan de infantil venganza.

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