La máquina del tiempo

Uno de los pilares del negocio de la tecnología electrónica está en volverse paulatinamente obsoleta. Uses o no un dispositivo, el paso del tiempo lo hace lento y anticuado. Celulares, laptops y demás artefactos son reemplazados por otros nuevos y más rápidos. De la mano de esta inevitable sustitución se pierde información que, por desactualizada, se ve devaluada en su valor. Parte de estos datos son las fotos digitales. Desde el advenimiento de la fotografía digital, gracias al auge de celulares, las fotos han sido en cierta forma desvalorizadas. Sin embargo, cuando se las mira en la pantalla otra vez luego de varios años, retoman vida y significado. A menudo despiertan nostalgias y generan un inusitado asombro porque resaltan sutiles y marcadas diferencias con el presente.

Dando un vistazo a las fotografías que llevo en mi móvil me inclino por deshacerme sin culpa de unas cuantas. Tengo la corazonada de que quizá al suprimirlas de la memoria digital esté también renunciando a revivir episodios del pasado en un futuro más o menos próximo. Al final me detengo de eliminarlas al recordar cierta mañana de reciclaje y borrado informático cuando, revisando un desusado disco duro con la intención de pasar la información a uno nuevo, encontré una peculiar carpeta que estuve a punto de enviar a la papelera de reciclaje. Titulada con el nombre de “revisar”, dentro de ella contenía un conjunto de subcarpetas, cada una llena de decenas de viejas fotos. Pasé media mañana revisando cada archivo. Cada imagen contenía destellos visuales del pasado. Vi todas las fotos con calma. Parecía que el tiempo se había detenido en derredor.

En la carpeta de imágenes del viejo disco duro externo había unas cuantas de viajes, reuniones y otras de fines de año. Existe siempre un patrón de revisión de cada foto. La primera persona en la que nos fijamos en la imagen es siempre uno mismo. Luego de una minuciosa inspección, en caso de que la foto sea aprobada, pasamos a ver con igual atención al resto de individuos retratados yendo cara por cara, de arriba hacia abajo, recorriendo despacio el escenario completo de la foto. En cada imagen proyectada en el monitor vi con incesante extrañeza que aparecía con la cara menos redonda y corporalmente más delgado. Las sorpresas que experimenté al mirar cuánto han cambiado algunos conocidos también fueron constantes. En unas escenas miro a gente que no he visto hace años. Otros, unos pocos, casi no han cambiado nada. Pero en general, a la mayoría les ha pasado por encima el inexorable tiempo. Sobre todo a los que aparecen de niños.

Por el 2012 leí, no recuerdo dónde, una singular recomendación. El consejo era sencillo: tomar una foto diaria de cualquier momento emotivo del día. Durante unas semanas seguí con esmero la sugerencia, pero lo dejé de hacer cuando descubrí las fotos vacías de significado y la memoria de mi celular de aquellos años se quejaba por la falta de espacio. Bajé las fotografías al computador y me olvidé de la ubicación del archivo. Luego de cuatro largos años me encontré otra vez con la carpeta de fotos en ese viejo disco duro. Al recorrer con ansioso placer cada retrato, descubrí que no solo la cámara había captado una matriz de píxeles coloridos, sino también una parte que creía olvidada de mi confuso pasado. Increíblemente, al ver cada foto, recordé con absurda claridad detalles del día cuando tomé la imagen. La fotografía digital resultó ser una máquina del tiempo.

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