La limosna en la puerta del infierno.

El párroco tenía una endiablada habilidad para describir a Satanás. Durante el sermón, sin importar cual haya sido el evangelio dominical, siempre nombraba una y otra vez al príncipe de las tinieblas. Afilados cuernos, largo rabo, garras de Wolverine y un fétido aroma de azufre eran las características que acompañaban a tan singular personaje. Moría de miedo cuando escuchaba los detalles y procedimientos de seducción de tal ser poderoso de los avernos. Los otros niños también se asustaban al oír el espeluznante sermón, sobre todo las niñas más devotas. El cura siempre ponía como prueba de su arenga una misteriosa y cercana entrada al infierno no muy lejos de la iglesia. La ubicación fue un misterio por meses, hasta que un día un obeso niño recién llegado al barrio reveló la dirección de tan tenebroso lugar. Estaba a escasos minutos de camino, tan cerca de mi casa y de la iglesia. Que escalofriante descubrimiento.

Durante una escapada de la clase de catecismo fuimos en un pequeño grupo de seis fugitivos caminando hacia la puerta infernal. El clima del día estaba seco, el camino rebosante de polvo y el sol radiante en el cielo. El trayecto fue corto, pero fatigante. Llegamos sedientos y llenos de palpitante expectativa. El miedo también nos acompañaba, aunque cada uno lo disimulaba a su manera. Mirando el lugar donde estaba la puerta del infierno, descubrí casas humildes en derredor. Estaba atónito por encontrar a gente viviendo tan cerca de la morada de Satanás. Me los imaginaba en las noches, despiertos, en alerta, cuidándose de un ataque demoníaco, apretando una cruz en sus manos, orando a San Miguel Arcángel. Pobre gente, vivir así de cerca de un lugar tan desdichado.

En la ubicación de la luciferina entrada había una urna de cristal, con una virgen de madera dentro. En la parte del techo sobresalía una cruz de metal pintada de blanco con unos tintes de óxido. En unas viejas macetas de cerámica, reposaban rosas ya marchitas. No había nada más. Era apenas eso, un altar diminuto con una ranura para limosnas. El nuevo vecino que nos guió hasta ese polvoriento lugar se acercó a la urna mirando a ambos lados. Lo seguimos con más curiosidad que miedo a una posible aparición del diablo anfitrión. Cerca de llegar, nos ordenó que no le sigamos más. Se acercó con menos prisa y sacó un billete de cien sucres del bolsillo. Creí que iba a dejar una limosna y a recitar alguna plegaria personal. Pero en lugar de meter el billete, introdujo unas pinzas camufladas con el falso donativo. En poquísimos segundos, luego de un jalón preciso, sacó un par de billetes de cinco mil sucres.

La cara de pervertida satisfacción con la que regresó no la he vuelto a ver jamás. Nadie del séquito le increpó nada y él ordenó regresar a la parroquia. Retornando a la iglesia, en la mitad del trayecto, se detuvo en una tienda a comprar helados. Compró dos. Uno para él y el otro para él también. Caminó más rápido hasta que lo perdimos de vista. Llegamos justo a la hora que iniciaba la misa. La asistencia era más que obligatoria. Podrías faltar a la formación de catecismo, pero no a la misa de mediodía de domingo. Lo encontramos sentado casi en primera fila, limpiándose discretamente con la hoja de la misa los dedos melosos de chupar helado. Con el resto de fugados nos quedamos en las bancas del medio. Inició la interminable misa con los cantos desafinados del padre y su coro. En una de las partes del ritual, para una de las lecturas de la palabra de Dios, el padre apuntó amablemente con su mano al experto saqueador de urnas. Con paso derecho y firme, se acercó al estrado a leer una parte del nuevo testamento. Como era enano, apenas asomaba su pelo parado por encima del púlpito.

Terminó la entrecortada lectura con una leve elevación de la biblia que había leído. Al bajarla, le dio un beso y la cerró despacio. Antes de regresar a la banca, se acercó al altar del santísimo y se inclinó para hacer una solemne venia. El padre le felicitó por el altoparlante y le puso como ejemplo para el resto de niños presentes. Las miradas de admiración de los padres de familia de las primeras filas lo acompañaron hasta llegar a su puesto. Con un amigo del grupo, nos miramos asombrados. No era necesario decirnos nada, con el contacto visual ya habíamos dicho “gordo sinvergüenza” varias veces. Saliendo de misa, acompañado de sus padres, regresó parte del camino y sacó un par de monedas plateadas y las metió lentamente en el agujero de la urna de las limosnas. Lo hizo tan despacio que otras personas tuvieron que esperar a que el show limosnero acabara para depositar su billetito y aspirar a ganarse un favor de Dios. Sus rollizos padres se abrazaron por la vasta cintura mientras se les dibujaba una amplia sonrisa viendo el gesto de desprendimiento de su regordete retoño.

Años después, durante un paseo vespertino por el centro de la ciudad, vi un gran cartel en la pared de un viejo edificio. La foto de cuatro sonrientes candidatos vestidos con camisa y casaca verde completaba el cuadro. El de la izquierda tenía la cara tan redonda que parecía un sapo recién salido del charco. No fue sino hasta cruzar la esquina que descifré ese rostro sonriente de la pancarta electoral. Tal parece que los diez mil sucres no fueron suficientes. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario