Cuando era gordo y feliz

Mi ciudad fue diseñada sin espacios céntricos o periféricos para correr. Solo recientemente, por fortuna, han sido creados estos sitios deportivos. Pero en mi cándida niñez no existían.

Esa carencia, estoy seguro, debió ser una buena excusa para que haya evitado el ejercicio en mis desordenados años adolescentes. Ni yo ni muchos otros nos embarcamos en la rutina atlética. La mayoría salíamos a canchas de cemento para correr jadeantes tras un balón. Y eso a veces, en los fines de semana cuando no llovía y había quórum futbolístico.

Por eso, como fatal desenlace, mi cintura se rebeló ampliando sus dominios. Y aún persiste en hacerlo.

Gracias a mi demonio guardián conocí personas aficionadas al deporte del trote al filo de vereda. En un cierto año bisiesto (2012) empecé a correr por las noches. Llegaron en pocas semanas los cautivantes beneficios. Hasta que una tarde de navidad caí en cuenta que también debía mantener un pacto amigable con la dieta. Comer rico y en abundancia es un placer, pero no todo lo placentero es perfecto.

Antes de tomar en serio aquello de hacer ejercicio diario no tenía culpas ni remilgos con lo dulce, lo salado y lo graso en las comidas. Comía y comía sin parar hasta hartarme y terminar respirando con dificultad apoyado contra la pared o pesadamente acostado en la cama. Eso fue ingenuo. Además, el espejo que tuve en esos años fue un cómplice desalmado. Solo reflejaba de mi torso para arriba. Por eso ni idea ni sospecha de mi abdomen en pesada expansión. Uno se engorda tan despacio que ni se ve.

Sin embargo, una vez que agarré por los cuernos al hábito de hacer ejercicios regularmente, puse ojo atento al peso de mi limitado cuerpo. Una balanza siempre debe ir de la mano de una rutina de mancuernas y cardio. Es una buena manera de medir el resultado. O decepcionarse convincentemente de uno mismo.

Esa honesta balanza delata despiadadamente lo devorado con estrepitoso apetito el día anterior. Ese arroz relleno con su radiante amarillo, esa hamburguesa con papas y mayonesa o esa pizza con piña y jamón. Todo ese banquete es denunciado por la inexorable báscula digital. Así que, luego de revisar el menú, hay que pensárselo dos veces.

El cinturón también es incorruptible. Mejor no hablar de él.

Por toda esta nueva abstinencia, a menudo recuerdo con gastronómico delirio los días donde vivía libre de pesarme y comía sin culpa como náufrago rescatado de la deriva. Era una falsa ilusión pensar que comer más era comer mejor. Pero la vida también está tejida con ese hilo vicioso y autodestructivo de los espejismos.

Mas ya es sólo un fugaz recuerdo esos años cuando era gordo y feliz.

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