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Desde los primeros años de la infancia escuché explicaciones y advertencias sobre el demonio y sus tentaciones. Pero no tengo memoria de cuando empecé a tenerle miedo y respeto a él y a su clan.

El Rey de las Tinieblas tiene su séquito de acólitos. Esos soldados del mal son los omnipresentes demonios. Se los describe amenazantes en varios versículos de la Biblia. Sirven como mensajeros y ejecutores del torcido propósito del maligno.

La religión católica ha sido experta en crear enemigos espeluznantes y describirlos detalladamente a todo el mundo. Sobre todo a los neófitos niños  aprendices de rezos y liturgias. Pero no siempre fue así.

En tiempos antiguos no existía la imagen de un demonio al acecho. Los dioses de mi tribu eran los dioses buenos y los dioses de la tribu enemiga eran, por supuesto, los malos. Pero la Iglesia, en un destello de genialidad, creó un ser opuesto a su todopoderoso y único Señor.

Pero ese miedo al diablo y respeto al dogma vive hasta cuando chocas con ciertos libros. Leer a Savater, Schopenhauer y Sade: o te hace más devoto o te convierte en un incrédulo bípedo a tiempo completo. Blasfemo y hereje, ciertas veces.

Entre la creencia encarnizada de un Dios protector-castigador y el desprendimiento del dogma de la fe hay un frenético proceso en zig zag. Lleva tiempo alejarse de los temores prometidos por la Iglesia.

Pasan los años y el miedo al infierno eterno desaparece. El único averno que merece temor es la convivencia con los fantasmas de la incertidumbre. Aquellos que se hospedan en nuestra cabeza, especulando fatales predicciones a tiempo completo. Esos son los demonios reales. Y el infierno, esta Tierra de ambiguas expectativas.

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