Dos recetas para el olvido y dos para lo contrario.

Lo encantador de la antigua biblioteca era la ausencia de ruidosos teclados. Fue un lugar pequeño y ordenado. La luz que llegaba por la ventana iluminaba cada mesa de lectura. Al ser un espacio reducido, el olor del papel de las hojas de los libros se concentraba en un cautivador aroma. Un olor semejante al papel del dinero nuevo. Además de ser un lugar poco concurrido la mayor parte del ciclo académico, hubo en su tiempo un librero responsable. Guardián del orden y promotor del silencio. Concentrarse allí era posible. Busqué siempre el sitio más apartado y con mejor luz. Ahí, en ese rincón, leía durante una hora el texto de cada materia del ciclo en curso. El resultado fueron bonitas calificaciones. Fue la rutina por cinco años, desde las 14:30 hasta las 19:00 (la hora de salir con prisa hacia la otra facultad).

Tal vez el periodo de una hora fue para manejar un tiempo redondo. Podría haber sido de cincuenta minutos o menos. Pero una hora estaba bien para ponerme al tanto en los tópicos de la clase y hacer algunos problemas. Resolvía los ejercicios en cuadernos separados. Por cada materia llevaba uno. Debido a esa organización, el peso de la mochila fue notorio en mi espalda. Muchos libros no tenían un solucionario ni las respuestas a los problemas planteados. Había que calcular con cuidado cada proceso. Menos hubo una red veloz de wi-fi donde consultar algún dudoso concepto. Pero tuve acceso a libros semejantes de cada materia de forma rápida y libre. Una explicación alternativa siempre aclaraba el tema en duda.

Al ser libros compartidos fue intrincado hacer alguna marca en el texto. Subrayar no estaba permitido. Pero nunca faltaba dar con hojas marcadas a quemarropa con resaltador. O con un libro maltratado. Yo me di el placer de escribir notas al margen cerca de ecuaciones complejas o ejercicios difíciles. El resultado fue un elegante complemento para quien diera con esa fórmula. Cuando podía sacar una copia xerox del libro, me daba gusto dibujar una línea recta debajo de la oración central y secundaria de los párrafos. Pensaba que con eso lograría una revisión rápida y que asimilaba el concepto. Solo con el pasar del tiempo comprendí lo errado de mi táctica.

Pasaron los años y descubrí que estudié más o menos mal. Subrayar y leer poco aportan al aprendizaje. Son un espejismo. Es la falsa ilusión de un estudio eficaz. Resultaron, luego de revisar muchas publicaciones sobre técnicas de estudio, que eran una pérdida de tiempo, recetas para el olvido. Pero el vox populi los acepta y admira. Un texto subrayado es sinónimo de un texto estudiado. La lectura de un libro o de las notas de clase es señal de adquisición de conocimiento. Pero al final de cuentas es tiempo mal invertido. Entonces, ¿cuáles son las estrategias recomendadas por la ciencia para estudiar mejor? De entre las varias técnicas, hay dos que destacan por los resultados que he venido obteniendo con ellas.

La primera es la re-memorización. Se trata de enfocarse en el texto o concepto que se busca aprender, cerrar el libro o cuaderno y luego hacer el intento de recordar. Las primeras veces requiere, más que esfuerzo, un poco de fe. Piensas y piensas  en traer de nuevo a la memoria lo que estaba anotado o impreso. Intentas e intentas, soportando la incomodidad de encontrarte perdido. Pero poco a poco se va encendiendo la luz y el recuerdo de la ecuación, el teorema o la definición se ve con claridad. Y así se logra una mejor retención. (Como dijo Borges, la inteligencia no es nada más que buena memoria.)

La segunda es una técnica que algunos la utilizan sin darse cuenta de su eficacia. Es una de las mejores estrategias para aprender. Se trata nada más y nada menos que de escribir. Sí, trazar letras, números y gráficos en papel. Al usar el córtex motor mientras escribimos en papel, más regiones del cerebro son activadas. De ese modo se facilita el proceso de consolidación de memoria. Es decir, simplifica el paso de la información que buscamos asimilar desde el sistema límbico (memoria de corto plazo) hacia el córtex (memoria de largo plazo). En apariencia uno se demora más haciendo notas, pero el beneficio vale la pena.

Ahora ya no está más la pequeña y agradable biblioteca que descubrí hace trece años. El ruido de teclados y la veloz señal inalámbrica dominan el ambiente. Casi nadie escribe en papel. Mucho menos tratan de re-memorizar. Para ellos, estudiar es invertir con desesperación las horas previas al examen a meter dentro de la cabeza toda la información que se pueda. Luego olvidar ¿Habrá alguno en esa nueva biblioteca que atine a encontrar estas dos técnicas y ponerlas en práctica? Apostaría que no. Al menos no aquí.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario