Oye Michael Moore, ¿qué invadimos ahora?

Netflix es una de las bondades de la modernidad. Sobre todo para los que no vemos la TV comercial. Me recuerda a una biblioteca que frecuenté hace algunos años. Surtida con un sinfín de películas de múltiples géneros, esta plataforma es el mejor entretenimiento de cada fin de semana. Conectarse a ella es como entrar a una tienda fina de dulces, todos a buen precio. El fondo negro y letras rojas de la presentación se ve enseguida alumbrada por un conjunto de coloridas portadas de películas. Aunque muchas veces me guio por el número de estrellas de cada filme, he seleccionado algunas por su prometedora sinopsis. Tuve ya varias sorpresas al encontrar largometrajes excelentes con menos de tres estrellas. El cine es un arte que sabe dar sorpresas.

El último fin de semana descubrí en esta plataforma un nuevo documental de Michael Moore. He asistido con verdadero deleite cada minuto de sus vídeos. Esta vez también encontré en su reportaje “¿Qué invadimos ahora?” un material sobresaliente. Muchas ideas reveladoras presentadas en 120 minutos. Michael ironiza sobre la política exterior de EEUU, que en su afán de apropiarse de los recursos de los demás, invade a mano armada territorios soberanos. Pero en este caso emprende una invasión motivada por el diplomático saqueo de ideas. Es decir, va de país en país preguntando cómo vive la gente y cómo ha logrado llegar a convivir de esa (envidiable) manera. Contrasta las políticas de los países visitados con la de su americana nación y va sacando novedosas conclusiones. De entre todas las ideas interesantes de este documental, hay una que fue vital para entender cómo implementar verdaderos cambios para mejorar la realidad.

Justo antes de finalizar la entrevista a un fiscal portugués, surgió un comentario breve pero lleno de significado. Dijo algo como esto: no se trata de llevar una idea de un lado a otro para que tenga éxito; es necesario cambiar en paralelo otras muchas cosas para que esa implementación funcione. Afirmación sincera, exacta y realista. Esa es la razón por la que muchas reformas naufragan apenas se lanzan a la mar. Y he visto muchas en la parte académica, que luego se maquillan para salvar al infortunado docente innovador. Recuerdo cuando se puso de moda la escuela invertida. Aquella donde en las horas de clase resuelves problemas y fuera del aula el estudiante mira vídeos sobre la parte teórica. Funciona en ciertas materias, estoy seguro de eso. Pero no en todas. El error está en desconocer aquello. Y además, sin una orientación adecuada, en lugar de ver los vídeos, están empujando al alumno hacia un ambiente plagado de interrupciones: el navegador web.

Las distracciones son suculentos banquetes para un cerebro acostumbrado a la multitarea. La multitarea es el enemigo público número uno de una mente enfocada. Y una mente enfocada es la base de toda excelencia académica. Por eso fracasaron muchos proyectos que prometían ser innovadores en la docencia. A pesar de que fallaron desde los primeros días, ¿por qué se persistió en ellos? La respuesta es obvia: una innovación que no es medible corre el riesgo de hacer más daño que bien. Y si no va acompañada de otros cambios paralelos, tendrá el mismo destino que un tetrapak de leche abierto olvidado fuera del congelador.  

No hay comentarios.:

Publicar un comentario