No oigo soy de palo.

Hay momentos de inevitable interacción con historias de otras personas. En ascensores, filas de banco y restaurantes. Lugares y situaciones así. La proximidad con desconocidos es parte de lo cotidiano. En general, apenas se presta atención al entorno a no ser que exista algo de verdad llamativo. Como cierta vez que escuché en una fila de depósitos a dos niñas de casi quince años hablar del sexo de un animal del zoo. En lugar de etiquetarlo como macho, repetían con convicción que el sexo del cautivo animal era hombre. Contando el dinero que pensaba depositar de seguro di la imagen de una persona enfocada en todo menos en su trivial conversación. Pero tal charla llena de adjetivos tenía que evolucionar hacia otras esferas filosóficas, como el momento cuando se dieron consejos amatorios. Pena que mi entretenimiento auditivo duró solo hasta la ventanilla 4.

Situaciones como la que viví en aquel banco son cotidianas a todo el mundo. Escuchar o mirar el proceder ajeno es tentación máxima. Por eso los programas de farándula son así de populares. La privacidad ajena es escena que se aprecia mejor en silencio y fingiendo mirar a otro lado. Meterse en la vida de otros es la base de las redes sociales, a pesar de que las disfracen de medios de comunicación. Lo que informan es secundario. Pero hay otras situaciones donde sin querer nos enteramos de eventualidades de extraños. Como aquella vez que sentado en la biblioteca me puse al día de los problemas sentimentales de mi anónima compañera de trabajo. Luego del fastidio inicial que sentí por su impertinencia en contestar el celular en la sala de lectura, pasé a la etapa de expectación.

Podría entrar a contar a detalle la causa de discusión, pero estaría mal escribir que Ricardo (nombre ficticio) llegó muy tarde la noche anterior y anónima había tirado la cena al perro. Al día siguiente ni se molestó en preparar el desayuno y Ricardito junior llegó tarde y mechoso a la escuelita. Salieron de la boquita de la impertinente colega recuerdos del pasado y el nombre de una tal Verónica (este nombre sí es real) se repitió una y otra vez. Cuando ya escuché demasiado y me había formado una idea de la situación, coloqué en cada oído el par de audífonos y el metal pesado atenuó el ruido de fondo. No oí nada más, pero llegué a la conclusión que Ricardo carecía de argumentos frente a ese pasado de sms clandestinos con Verónica. Cuando por fin se calló, me agaché más en el cubículo para simular que no había nadie. Quise ahorrarle la vergüenza de descubrir un testigo de su pelea. Hasta que, apenas sentada en su lugar, sonó que abrió un paquete de algo. En dos segundos apareció por un lado del cubículo y me ofreció una galleta de chispitas de chocolate.

Historias así son comunes. En ese piso de la biblioteca fui espectador. Seguro que en otros lugares y espacios yo fui el protagonista de la escena. Y esa noche alguien contaba a su pareja mi singular situación. Inevitable. Lo interesante de estas circunstancias es que a veces dejan sabias o polémicas lecciones. Es casi como leer varias veces una noticia controversial en el periódico. Algo se aprende de lo ajeno y algo enseñamos al clandestino prójimo. La rival de Verónica no ha regresado a la sala de lectura y en las filas de los bancos ya no se habla de géneros animales. Pero tengo la certeza de que la casualidad pondrá en mis orejas de pescado otras singulares historias. Tienen suerte que jamás las contaré.

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