Las herramientas para correr-escribir.

La Unicamp organiza cada año una carrera alrededor de la universidad. Hay dos distancias a elegir: 5 y 10 km. La primera (y única vez) que corrí fue en el 2011. Salí de la línea de partida ataviado con unos zapatos deportivos de 15 dólares, sin gorra, gafas ni protector solar. La pantaloneta tampoco era la más adecuada pues iba hasta más abajo de las rodillas. No recorrí los 10 km al mismo ritmo todo el tiempo. Por largos sectores, luego de los 5 km, casi caminé deseando que la meta no estuviera tan lejana. Después de 30 minutos el sol se ocultó tras unas nubes grises y me fui quedando solo en la pista. Justo antes de llegar recibí una calurosa ovación de las personas aglomeradas en la meta. Sentí ganas de cruzar la línea final alzando los brazos en señal de merecida victoria. Hasta que de reojo alcancé a divisar a un señor de unos 80 años levantar triunfal los puños mientras descubría, con jadeante decepción, que las miradas y los aplausos iban dirigidos todos a él. Por lo menos evité la tragedia de que arribe antes que mí. Llegué a la meta luego de una hora.

Las semanas previas a la pequeña maratón salimos a entrenar con algunos amigos. Édgar como siempre tomaba la delantera y se perdía de vista a los pocos minutos. Yo no duré más de un cuarto de hora con un ritmo uniforme. Paré para tomar aire y reinicié el trayecto a breves trotes que más parecían caminatas lunares. A la mitad de la ruta conseguí mantener mejor el ritmo. Mirando hacia atrás vi a Daniel rezagado. Creo que fue en lo único que le pude tomar ventaja durante la maestría. Alcanzando la meta descubrí que había sucedido un milagro: era el segundo en llegar. Experimenté el éxtasis de la pequeña victoria. Al menos la medalla de plata era mía. Me senté a esperar a los competidores vencidos. Mi respiración acelerada paró de inmediato cuando noté que el resto no solo había llegado antes que mí, sino que estaban corriendo más kilómetros alrededor de la plaza. Me había equivocado de trayecto, tomando la ruta más larga.

A partir de la maratón de 10km dejé de correr. Con el pasar del tiempo se veía lejano aquel día de la carrera. Sin embargo, tenía la clara intención de entrenar mejor para la siguiente convocatoria. Esta vez con meses de anticipación. Luego de casi medio año salí desde las 8 de la noche a correr cinco kilómetros alrededor de la universidad. El horario era perfecto pues no había mucho tráfico. Como novato corredor, mi indumentaria no era la más adecuada. Pero al menos había conseguido un par de zapatos deportivos adidas y una pantaloneta más adecuada. No tengo la certeza de cómo logré ser persistente en mis nocturnas salidas deportivas, pero desde esa noche del 2012 no he parado de correr cada semana. Quizá el motivo de aquel entonces era bajar de peso. Pero lo que sí tengo muy presente es la explosión de satisfacción que me poseía cada vez que cruzaba la imaginaria meta. Y como muchas cosas de la vida, fue un proceso que evolucionó.

Al inicio del voluntario entrenamiento iba a paso lento por ciertos sectores. Sobre todo en las pendientes. Luego, poco a poco, el recorrido fue sin pausas mayores. Hasta que después de unas semanas no dejé de correr sino hasta llegar a la meta. Al principio, al siguiente día de correr, sentía dolor en las piernas. Caminaba como si llevara en los bolsillos del pantalón una bomba a punto de explotar. Pero con la rutina de trote nocturno ese dolor desapareció. El problema de aquellos días es que comía muchas golosinas por las noches. Allí echaba al traste todo el entrenamiento y los dulces que me llevaba a la boca conspiraban contra mi deseo de normalizar mi IMC. Tuvieron que pasar meses hasta entender el rol de una buena alimentación. No obstante, con la persistencia llegaron los trucos.

Cuando haces algo una y otra vez descubres formas de hacerlo mejor. En las jornadas de ejercicios noté que nada ayuda más que tener los implementos apropiados. Una camisa de tela deportiva que drene bien el sudor (de preferencia de marca), unos zapatos deportivos de taco amortiguador, muñequeras y un cintillo para la frente. Siempre resulta mejor realizar la rutina dentro del mismo horario. Así el hábito se irá formando a paso firme. Junto con todo esto, tener una  balanza disponible para usarla cada mañana ayuda a tener una mejor idea del resultado del ejercicio. Y una botella de agua para hidratar entre kilómetro y kilómetro. Con un poco de fe, esta sería la receta perfecta para correr.

Al igual que correr, escribir también es una tarea que se perfecciona con el tiempo. Aunque esté lejos de llamarme un buen redactor (escritor en un sustantivo fuera de mi radar), he venido mejorando a cuentagotas. Con la constancia de escribir todos los días he notado como ir conectando mejor los párrafos. Además, he sido más tolerante conmigo mismo mientras edito mis escritos. Releer lo que uno ha tecleado es una tarea poco agradable, pero sin ella el mensaje naufragará antes de llegar a buen puerto. Tal como sucedió mientras corría por las aceras de la Unicamp, para escribir mejor he ido encontrando herramientas apropiadas. Vamos a revisar algunas.

Cuando el texto está completo, comienza la tarea de editar y reescribir. Hay quienes afirman que la verdadera narración es escribir una y otra vez hasta quedar satisfecho con la frase o los párrafos. A pesar de que nos empeñemos en buscar errores, siempre habrá uno que se escape. Un fugitivo en la cacería de descuidos gramaticales u ortográficos. Para esto, entra la tecnología. Por regla general, uso los documentos de google para escribir. La ventaja es obvia: tengo el escrito disponible donde sea. Pero este fabuloso editor de texto no tiene la avanzada revisión gramatical de microsoft word. Así que esta es la primera herramienta: copiar el texto de google docs a word. De esta forma, los subrayados azules indicarán el lugar de la palabra o frase a corregir.

La segunda herramienta en un contador de palabras online. Hay varias páginas que ofrecen este interesante servicio. Copias el párrafo en dicha web y te da una estadística de las palabras repetidas. Luego, entra otra herramienta de Internet: el buscador de sinónimos y antónimos. Escribes la palabra redundante en la cajita de búsqueda y un clic te devuelve una palabra de igual significado pero diferente escritura. La reemplazas en el texto original y cuando lo leas sonará mejor. Después, una vez que se ha leído el texto y parece que está correcto, el último filtro es copiarlo todo en una web de aquellas que leen en voz alta. Al inicio suena raro escuchar una voz robotizada. Pero con paciencia y atención se llega a encontrar errores que simple vista son difíciles de capturar.

Nunca más volví a correr una maratón. He pensado en viajar por el mundo y participar en cada famosa carrera. Pero es una meta a largo plazo. No he publicado más que en este blog, pero he imaginado algún día alcanzar la destreza suficiente para crear un texto cada vez menos malo. Con todo, me queda el consejo de Stephen King y Ray Bradbury: si quieres llegar a ser un buen escritor, no queda más que leer y escribir mucho. Vale lo mismo para correr. Escribir no es correr, pero si dejas de hacer cualquiera de esas tareas por días o semanas, el ritmo empieza a desaparecer como un hielo fuera del congelador.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario