Las apariencias y la realidad.

La mayoría de los trabajos en grupo son un engaño colectivo. Siempre existe un miembro que más trabaja y otros que le hacen sombra. Pero más allá de si todos hicieron el esfuerzo por igual, está la relación que forman. Una relación de amistad o enemistad, dependiendo del resultado y de la calificación final. En general, todos los grupos se organizan por afinidad. Pero cuando se desconoce al prójimo, sobre todo los primeros días de clase, no queda más remedio que seleccionar al que parece más responsable y trabajador. La elección está basada en la mínima información disponible. Si le ves cara de serio, aspecto de nerd e introvertido, es el candidato ideal. Representa a un prospectivo buen estudiante. Pero las elecciones basadas solo en apariencias no están libres de arrepentimientos.

Si a primera vista se cae en engaños ingenuos, no se diga en lo rutinario. Como aquella vez cuando medio curso estaba babeando por la profesora de reemplazo. Más que atención en la clase, se fijaban en su descubierta cintura. Hasta que un lunes llegaron decepcionados. Durante el paseo de integración de inicio de semestre, su expectativa les derritió las alas cuando llegó el momento cumbre de verse las caras en la piscina. La atractiva profesora asomó en su bata de baño y al quitársela vieron el espectáculo más flácido de su vida. A pesar de aquella celulítica revelación, a los pocos días otra vez estaban soltando la libido en clase. Su febril imaginación eclipsó la desdibujada figura descubierta. Sin duda la ropa es el mejor disfraz.

En la universidad las apariencias ganan premios. Presentar un resultado frente a profesores de otras carreras o a profanos invitados parece tarea complicada. Sin embargo, una buena y persuasiva exposición puede convencer a cualquiera. Hacer preguntas para llegar hasta el fondo de la cuestión expuesta es labor que la mayoría de los invitados prefieren evitar. Por eso hay quienes se aprovechan de la inevitable ignorancia del atento público.  Aún tengo fresco el recuerdo de aquel colega que presentó como resultado de investigación un software demo de un programa licenciado. El código compilaba con asombrosa velocidad y los datos arrojados se graficaban en una detallada figura. La diapositiva, llena de colores, iluminó la oscurecida sala y dilató las pupilas de los presentes. Al final, entre estupor y halagos, el pirata investigador se salió con la suya. En el fondo del salón, los colegas de la facultad, nos mirábamos con desconcierto.

Casos como los anteriores son cotidianos. El mundo está plagado de incómodas incertidumbres y convincentes fachadas. Por eso dejarse guiar por las omnipresentes apariencias nos libera, al menos por un tiempo, de aquellos apretados grilletes de las dudas. Nuestra evolución nos dio un cerebro al que no le gustan las paradojas ni las preguntas de respuestas ambiguas. Se defiende del desasosiego llegando a conclusiones aceleradas. Por eso se juzga al que usa montura de lentes gruesa como cerebrito, al introvertido como tímido y al hablantín como inteligente. Para qué pensar más a fondo si con una primera etiqueta me basta. Es mal negocio para mi placidez detenerme a preguntarme si eso que veo o creo es como en realidad es. Al final, nuestros sentidos desobedecen con deleite al octavo mandamiento.

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