La lengua madre y el idioma adoptado.

Mi primer interés por comprender palabras en inglés surgió con el heavy metal. Los ritmos acelerados de las bandas consagradas me tenían tarareando estribillos y coros. Pero no los entendía. En diciembre de 1999 tomé un diccionario y puse en marcha una rutina de sistemática traducción de títulos de canciones. Era lo disponible. Acceder a la letra completa no fue posible sino hasta luego de dos años con el advenimiento de la Internet. Las sorpresas al descifrar los significados fueron épicas. Muerte, destrucción, demonios… y palabras relacionadas. Si los títulos de los temas del cassette eran así de blasfemos, fue fácil adivinar de qué iba la letra completa. Mi curiosidad se disparó.

En aquel año de fin de siglo estaba cursando el colegio. Los profesores de inglés sabían enseñar muy bien. Lo que no sabían era inglés. Mucha improvisación en las clases y poquísima gramática. Ni se diga el entrenamiento de la pronunciación y la redacción. Y a nadie le importaba estudiar bien inglés. Por ahí unos cuantos tenían los medios para costearse una academia particular. Pero en general, la mayoría poco aprendió en las aulas del colegio. Las consecuencias de este terrible descuido curricular aún las seguimos pagando. Unos más que otros, porque existen trabajos donde no lo necesitas mucho. En la academia la realidad es distinta. La falta de una seria formación fue como la lluvia que empaña el parabrisas: apenas puedes ver el significado.

El mismo penoso escenario continuó en la universidad. La reforma que eliminó los cursos presenciales reemplazándolos por CDs de autoaprendizaje me dejó más dudas que certezas en varias cuestiones del inglés. Por suerte algunos profesores se empeñaron en darnos bibliografía en esa lengua extranjera. Así al menos mejoré el vocabulario. Y empecé a notar la lógica de la gramática inglesa. Pero de hablar, nada de nada. Ni siquiera en los exámenes on-line de los CDs había evaluación de pronunciación. La situación no ha mejorado hoy. El nuevo diseño curricular no contempla la enseñanza de inglés. Queda como materia aparte. La universidad solo evalúa cuánto sabes para certificarte con un nivel B2. Una carrera así es como si te llevaran a pescar con una red medio rota. Y con el bote y los remos pagado de tu bolsillo.

En el 2011 emprendí la hazaña de lanzarme al vacío con la esperanza de construírme unas alas mientras caía. Esa el mejor descripción del posgrado en Brasil. Viajar a un país de lengua diferente con apenas nociones básicas del idioma es una aventura sui generis. Mucha gente está convencida que aprender portugués es sencillo porque se parece al español. De alguna manera lo es, pero también esa semejanza es arma de doble filo. Una misma palabra tiene dos sonidos diferentes. Y conseguir esa rápida conmutación lleva su tiempo. Estudiar este interesante idioma me enseñó las artes secretas de aprender otra lengua. No son tan secretas en realidad, pero a veces lo obvio es lo más difícil de descubrir. Luego de dos años ‘falando’ y ‘escrevendo’ por fin algo mismo lo dominé. Hasta ya pude hacer bromas.

En la web están cientos de buenos consejos para aprender un nuevo idioma. Hay empresas que lucran bastante de vender recetas de aprendizaje rápido. El mejor consejo para aprender otra lengua, en base a mi pequeña experiencia, es celebrar la confusión. Esa sensación de estar perdidos tiene que ser bienvenida. Si no, escapamos al primer complejo tiempo verbal. Aparte de esto, vale la pena hacer un trato de corrección con algún nativo de confianza. Que te diga al instante donde fallas. Muchas veces con darse a entender es suficiente. Pero una corrección nativa ilumina las oscuras dudas mejor que el sol de verano. Y lo más importante, nunca creas que lo dominas si apenas lo hablas o escribes. Aprender otra lengua es remar contra corriente. En el momento que dejas de hacerlo, retrocedes sin tregua.

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