El primer día de clases en el segundo (y definitivo) colegio.

Escuché por primera vez la metáfora de la rana y la olla con agua hirviendo en el 2004, durante el segundo semestre de la universidad. Me pareció una fábula sacada de los relatos de Esopo, por el singular protagonista. La imagen misma de la rana, toda babosa y verde, me detuvo a pensar más en el anfibio saltarín que en la moraleja de la historia. Es una historia simple. Colocas una rana en un recipiente con agua y lo llevas directo a la hornilla. La rana se irá acostumbrando a la constante subida de temperatura. Hasta que finalmente muere. Breves mudanzas devienen, a veces, en resultados fatales. La segunda parte de la historia es más sencilla. Intenta poner la rana dentro de la olla con el agua ya hirviendo. Resultado: la rana salta al primer contacto y felizmente sobrevive. La anécdota es simple y llena de interpretaciones.

Los pequeños cambios se camuflan imperceptibles en las rutinas del día a día. Llega una mañana en la que despiertas a una nueva existencia. Miras hacia atrás y no atinas a descifrar el momento donde todo empezó a cambiar. Pero ahí está frente a ti una vida diferente, desigual y contradictoria. Las mutaciones constantes de lo cotidiano germinaron. Y todas tienen memoria. Recuerdo el primer gran cambio de mi vida. Mudar de colegio es una experiencia solitaria y aterradora en el primer día. Y más lo es cuando va de la mano de otro cambio inesperado. Me mudé de casa justo la semana anterior al inicio de clases en el nuevo instituto. Mi primo vivía solo y no hubo mejor idea (de mi tía) de que vaya a acompañarle, al menos un tiempo y ver qué pasa. Como él estaba matriculado en el nuevo colegio que asistiría, me puso al día en temas de profesores, lugares de fuga y chicas. (En aquellos años no usábamos el término mujeres para referirnos al sexo opuesto.)

Como sospeché, el primer día me sentí apartado de todo el resto del salón de clases. Antes de la llegada del profesor, revisé una y otra vez los lápices y esferos para matar el tiempo. Pasé las hojas del cuaderno y descubrí con asombro la tabla del 13 en la contraportada mientras escuchaba el murmullo del salón y me hundía más en mí mismo. Hasta que llegó por fin la profesora, ataviada con reglas grandes, tizas y un horrible saco gris. El alivio fue inmediato, pero efímero. Durante la primera media hora de clase habló de temas de factoreo y radicales. Estaba por completo perdido y me asustaba el presentimiento de una prueba sorpresa al final de la clase. Luego de la introducción, algunos compañeros fueron pasando a la pizarra a resolver con destreza cada ejercicio propuesto por la profesora. Uno de cada fila, en secuencia, hasta que poco a poco fue llegando mi inexorable turno. Atrincherado en mi banca, sufría una mezcla de pánico y vergüenza.

Cuando me llamó a pasar al frente, sentí un peso astronómico en mis piernas. Cada paso hacia la verde pizarra detenía mi respiración. La estudiante que había resuelto la suma de fracciones estiró su mano para darme la tiza blanca. La tomé por una punta para evitar que su mano tocara la humedad de la mía. Estaba asustado, caminando los últimos pasos hacia mi paredón de fusilamiento, donde las balas serían las miradas de mis treinta compañeros. Lo único que traía en mente era una excusa que supuse sería creíble. Le diría a la maestra que venía de otro colegio y que esos temas aún no los había visto. Luego le prometería que me pondría al día con algún profesor particular y así no me atrasaría en las clases. Veía el discurso salir de mi boca antes de escuchar el dictado del ejercicio. Hasta que sonó el timbre y me salvé por un pelo de quedar como un completo ignorante. ¿Será que mis desesperadas oraciones las escuchó mi ángel de la guarda? ("Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día...")

Así fue la primera hora del primer día de clase. Luego llegaron los profesores de historia, religión y otro que no recuerdo. Por la agonía vivida durante la jornada de matemáticas, sentí el resto del tiempo denso y terriblemente lento. A la hora del receso me quedé cerca de una ventana mirando la cancha del patio. Una compañera, la más gorda del salón, se acercó a mí y, con una compasiva voz, me preguntó “¿si tienes amigos?”. Cerca de ella estaba un grupo de tres chicas que no atiné a ver si eran simpáticas o no. Solo vi, gracias a mi asustada visión periférica, su intimidante y femenina silueta. Eso me inquietó más y en alguna parte dentro de mí rugió un gran dilema sobre qué contestar. Pero la respuesta ya la había dado. Le dije que sí, que estaba esperando a un amigo. Se fue y creo que dudó de mi respuesta por la mirada que me dio. Yo era una adolescente rana mirando por la ventana. No había atinado a salir de la olla de agua hirviente.

Predije con pesar que la primera semana correría con el mismo destino del primer día. Pero el martes, durante la jornada previa al receso, el profesor de Lenguaje formó grupos para un trabajo que deberíamos exponer. Sentí, mientras levantaba mi banca para ponerla cerca de mis fortuitos compañeros de grupo, la misma pesadez de cuando pasé el día anterior hacia la pizarra. Uno de ellos repartió los temas y luego nos entretuvimos hablando más de otras cosas que de la función del objeto indirecto en la oración gramatical. Había formado, por fin, unos compañeros que evitarían ser interrogado otra vez por la gorda del salón. La pereza del profesor por exponer el tópico de la clase ahuyentó la soledad y el miedo que traía encima. Era una rana que no miraría más por la ventana. Al menos no ese día.

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