El año bisiesto.

El cielo de aquella noche de fin de año se iluminó con brillos de pólvora encendida. Los disfrazados de viuda controlaban la esquina de la calle con un largo y seboso penco. Monigotes obesos de aserrín, papel o cartón yacían quietos bajo una maltrecha choza de eucalipto. En ese ambiente, la medianoche se acercaba en cámara lenta. La falta de costumbre en pasar vigilia me produjo inevitable sueño y fui a la cama. Antes, hice jurar a mi hermano que cerca de las 12 me despertara. Abrí los ojos a las 8 del día siguiente. La desazón fue suprema.

El recuerdo de aquel fin de año siempre ha permanecido conmigo. Es el único que mi memoria arma con absoluta claridad. La mala emoción de perder el gran final del año fue como tocar el bolsillo del pantalón y no encontrar el dinero guardado. En ningún otro 31 de diciembre me fui a recostar ni un solo instante durante la noche. Estaría despierto hasta la hora de quemar la parodia de viruta. Hasta que un desventurado noveno mes de un año bisiesto, la emoción por esperar la hora cero me pareció absurda. Luego, llegaron los días donde, si algo me apartaba de la fiesta principal de año nuevo, daba igual o importaba menos. ¿Cómo había sucedido este inesperado cambio?

Buscando una respuesta pensé en la suma de las decepciones que vienen con la edad. Concluí que entre los 15 y los 25 años se vive con gran expectativa por el prometedor futuro. Cada año que llega trae una cosecha ambivalente. Algunas metas se cumplen. Otras no tanto. La diferencia está en cómo se interpreta esa colección de logros y fracasos. O nos sentimos realizados, en el camino de serlo o bien resignados a lo que venga, porque solo pueden llegar existencias oscuras. Por encima de los 26 el mundo va pintando el color que tendrán las lentes para interpretar la realidad. Pasados los 30, hay tradiciones que van siendo tan valiosas como la colilla que aplastamos con la suela del zapato. Un ciclo surge de las cenizas de otro y nuevos dioses traen renovados mandamientos. ¿Qué vale más celebrar: el cambio de año o el cambio de perspectiva?

Me convencí que la mudanza de época no se da con el fin de año. Llega en cualquier momento. En lugares inimaginables. En instantes donde pensamos en todo menos en nuestra frágil estabilidad. Una metamorfosis ha sido anunciada desde el inconsciente. Es en esos segundos de abierta percepción donde la fiesta debería ser desatada. El descubrimiento de cuánto hemos cambiado es motivo que merece hacer girar la tapa de una botella.  Esa revelación nos dibuja una sonrisa. O nos lleva de camino a casa mirando al piso.

Pero nadie se acercará a darte un abrazo por tal descubrimiento. Ninguna prosperidad será deseada para tu futuro. El mundo seguirá girando a la misma velocidad y la gente irá pasando al mismo ritmo. El cielo de aquella noche de septiembre se iluminaba con la media luna que traspasa las nubes grises. Me acosté cerca de las 12. Abrí los ojos a las 8 del día siguiente. La realidad fue suprema.

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