Botellas vacías de todos los días.

Durante más de diez años he visto en primera fila la decadencia de mi ciudad. Botellas vacías de cerveza, ron barato y cajetillas de cigarrillos se desparraman por la orilla de la vereda. Cristales rotos y restos de envases de comida arrojados por la acera. A pesar de haber sido un lugar diseñado para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, el mirador se convirtió en el espacio donde libadores se empalagan de drogas alcohólicas. Y a veces de las otras. Junto con el desorden que provocan, encienden las bocinas y suben el volumen como si padecieran de sordera congénita. La ley no existe en este rincón de la ciudad. El holgazán borracho ha llegado con su miseria día tras día.

Caminando rumbo al trabajo veo en la botellas del piso las marcas de los licores. Existen desde los más baratos hasta los que solo pueden llegar de contrabando. Cierta tarde de agosto vi una botella medio rota que sobresalía entre las demás. El primer licor que bebí, cuando era adolescente, fue de la misma marca. El color transparente del cristal y la etiqueta gris eran inconfundibles. Vino a mi mente, tan claro como un rayo en la noche, el instante de aquella tarde cuando el mayor de la manada de amigos abrió la botella. El pequeño vasito de plástico fue pasando de mano en mano mientras el contenido de licor disminuia. Por ser primera vez, pasaron apenas cortos minutos hasta sentir el mareante efecto. El primer trago que tomé fue barato y  fuerte. Y la resaca, penosa al siguiente día.

A partir de esa primera vez llegaron otros brindis colectivos. O mejor dicho otras borracheras juveniles. En el colegio bebimos licor de poco valor cada final de año escolar, acompañado de cigarrillos y a veces de una guitarra mal entonada. En la universidad fue igual, pero con menos frecuencia. Luego, en el posgrado, se hizo rutina beber de vez en cuando cerveza helada y a veces un vaso de cachaça con hielo y limón. Pero en ningún momento asomó una droga diferente. Jamás. Y debería sentirme algo afortunado por eso, porque no hubo ningún amigo metido en ese psicotrópico bajo mundo. Por el 2014, con el salario y un poco de suerte, llegaron licores más agradables en aroma y menos criminales en la resaca. Había nacido un moderado bebedor social.

Pero mi historia está lejos de aquellos estudiantes de esa cercana universidad que tarde a tarde llegan al mirador. Veo caras conocidas que traen mochilas en sus espaldas y jalan una funda rayada con botellas marrones de cerveza. Vasos fríos de plástico se alzan en sus manos y risotadas estruendosas espantan el silencio. De lunes a sábado parquean su vicio en la vereda. Luego del ruido, dejan su basura en la acera. A pesar de existir un recipiente para desperdicios, su achicado cerebro les impide mover un músculo para dejar la botella en el tacho. Nunca falta el que se envalentona con medio vaso y arma escándalo. Ni tampoco el de vejiga estrecha que mea su porquería en los vehículos parqueados o en las paredes de las casas. Miro esa escena decadente todos los días. ¿Es esta la Loja cultural?

Sí, es mi ciudad austral. Cuna del mejor escritor de todo este país. Y de la fe mejor caminada. Pero una Loja en decadencia, también. O tal vez una ciudad en perpetua evolución y caos, como todas las de este mundo. Quizá una Loja de botellas rotas y cerillas desparramadas por adolescentes y estudiantes viciosos. Una centinela del sur donde los mareados libadores parten al volante luego de que una sirena azul y roja ilumina la noche. Qué mal cambio de la ciudad donde los hombres morían a puntapiés y las mujeres miraban las estrellas. 

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