Un vicio por otro.

Una carcajada deviene de alguna ingeniosa contradicción. Reír alegra al instante. Hay humor para todos los gustos. Casi todo el mundo adora un buen chiste. ¿Existe algo más atractivo como el humor? Los Youtubers más exitosos son los comediantes. Pero existe otro lugar donde hay mejores: Twitter. Esta simpática red social contiene material jocoso para todos los gustos: desde humor inocente hasta el más oscuro humor negro. Lo mejor de todo, escrito en 140 caracteres. Nada impide leer un texto de tan corta dimensión.

Considero Twitter como una red social para gente de mente abierta. Si algo te disgusta, te aburre o tal vez te ofende es fácil borrar del TL esos tuits. Un clic y dejas de seguir la cuenta. Otro clic y la silencias. Si quieres humor, las cuentas que lo ofrecen son creativas y variadas. Sin embargo, el lado oscuro, como en toda red social, es la adicción por el uso continuo. Esto se traduce en el número de minutos que permanecemos dentro de la aplicación, sea en el celular o en la web del navegador. La cantidad de información disponible es un suculento banquete para un cerebro que adora la distracción. Sobre todo cuando un texto corto está cargado de humor y frases ingeniosas. La adicción es bienvenida. El tiempo perdido deja de importar.

Como nada es gratis en la vida, hay un precio tácito por el uso de Twitter. El costo, además del tiempo invertido, es el consumo de publicidad en dosis de #hashtag. De eso lucran los buenos tuiteros. Hay días en los cuales el TL está lleno de tuits a favor de tal o cual marca. Otros, en beneficio de algún político. Todo eso aburre. Fastidia. Pero aún así, a pesar de que la campaña está tuiteando duro, sigues entrando a ver las novedades. La carnada del buen tuit hace que tragues cualquier propaganda. Una mezcla de aburrimiento y expectativa domina esos momentos de frenético hashtag. ¿Valía la pena mantener una cuenta en esta red social con el costo de ingerir publicidad? Había que dejarlo.

Otra vez me usé como sujeto de estudio. Con calculadora en mano, sumé el tiempo que pasaba dentro de Twitter. Un promedio de más de dos horas por semana. ¿Qué podría hacer con ese tiempo de vuelta? Desde una breve rutina de ejercicios hasta una memorización de verbos irregulares pasando por la lectura de algunas páginas. Y otras tantas cosas más. No necesitaba más razones: cerré la cuenta por veinte y dos días. No es un número al azar. Si la cuenta está cerrada por treinta días la pierdes para siempre. Había cosas que aún deseaba mantener, así que el cierre iba a ser temporal. Luego de la veintena de días vería qué hacer con Twitter. Es fácil adivinar las consecuencias de este abandono.

Otra vez experimenté el síndrome de abstinencia. La era del wi-fi ha insertado esos inevitables síntomas cuando te alejas de su espectro. Me vi entrando a perfiles de twitter públicos, pero no permanecía mucho tiempo en ellos. Supe de inmediato la razón: la información estaba quieta o se demoraba en actualizarse. Aún así entraba una y otra vez al navegador en el celular. Como un vicio reemplaza a otro, empecé a leer todas las noticias de la página de inicio: la BBC. Hasta los reportajes menos atractivos leía de principio a fin. Una vez revisadas todas las noticias de esa web, pasaba a la siguiente página de prensa. Siendo una lectura que necesita más enfoque, el tiempo de permanencia navegando fue disminuyendo con el pasar de los días. Había superado una vez más la abstinencia. Pero, ¿qué beneficio había obtenido?

Aparte del ahorro de tiempo, percibí que estaba adoptando una agradable adicción. Estaba leyendo con placer las noticias de la BBC, tanto por el contenido como por la forma de estar escritas. Analicé de cerca su estilo y lo adopté para determinados escritos. También me acostumbré a enfocarme un poco más de tiempo en una lectura digital. Twitter me enseñó a conformarme con textos breves. Si en la pantalla aparecía un párrafo grande, hacía skimming y scanning. Peor aún, hizo que traslade ese estilo a la lectura en papel. Las consecuencias negativas eran evidentes. La herramienta inocente de tuits, memes y frases de menos de 140 caracteres aniquiló la lectura atenta. Muchos se preguntarán si cerrar la cuenta en una forma de ser insocial.

Creo que no. Es inevitable la relación con otro ser humano en el día a día. Viendo de cerca, la red social te separa del contacto real porque alienta el uso de máscaras. La gente utiliza la interfaz digital de Facebook o Twitter como una competencia por ser el centro de atención. Fotos, frases célebres, humor, etc. Cualquier cosa que se vea bien se publica. Estar dentro es lo cotidiano y si te vas de allí te quedas con un estigma. Salir del mundo de las redes sociales ha tenido para mí un impacto menor. Aparte de acusaciones de bloqueo no ha existido mayor novedad. Me he liberado de la tentación del stalkeo y otros demonios más. He dado un paso hacia el costado y en esa parte del camino hay mejores recompensas. Más tiempo para leer y para el cine son parte de ellas. 

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