La redacción a ciegas y la desazón de editar.

Es un placer entrar en la biblioteca de la universidad. Amplia, ordenada y llena de tantos libros que quizá muchos de ellos jamás serán abiertos. El colorido de los textos de cada sección refleja una vista agradable. En el primer piso está la sección de periodismo. Un anaquel gris retiene una veintena de libros sobre redacción. Abro el primero que está a mi alcance. Veo el temario. Con la lectura de los primeros contenidos percibí el nivel de mi ignorancia en esas cuestiones de escribir bien. ¡Qué diverso es el español! Ya quisiera yo todo el tiempo del mundo para sentarme en algún lugar de la biblioteca a leer y entender las herramientas del buen escritor. 

Con nostalgia miré el resto de manuales de redacción. Ejemplares que rara vez han sido abiertos. Me asomó la idea de pedir algunos de aquellos libros. Hasta idealicé un plan para robar los más atractivos. El riesgo valía la pena. Pero fue solo una ilusión. Bastaba con pedir el libro y leerlo en casa. Al final los dejé en el anaquel. Salí pensando en la pregunta de si tendría tiempo para leer alguno de esos buenos libros. No encontré el espacio. Las tareas pendientes me tenían asfixiado. Pensé en Stephen King y su requisito para escribir bien. Decía: no puedes llegar a ser un buen escritor si no eres un lector voraz. Ese consejo alivió la decepción que me acompañó de salida en la biblioteca.

La lectura constante de novelas, ensayos, poesías, cuentos y artículos científicos entrena el sentido común de la redacción. Crea un detector de calidad y lo fortalece. Notar si un escrito está bien hecho resulta casi sencillo. Una redacción sin coherencia es fácil de cazar. No se diga un texto con faltas de ortografía. De alguna forma, el hábito de la lectura constante nos prepara para discriminar qué tan buena es una redacción. Es una habilidad que perdura con el tiempo y mejora con la práctica. Hemingway le llamaba el detector de mierda. La palabra suena fuerte. Es necesaria en este caso. 

Analizar lo escrito por otra persona es una tarea amigable si la comparamos con la lectura y la corrección de lo escrito por uno mismo. Es como escuchar nuestra voz reproducida en una grabadora. Nos sentimos extraños. Avergonzados, a veces. Diferentes a como nos habíamos idealizado. Si leer mucho me entrenó para escribir bien, me da la impresión que he leído poco. Encontrar frases que no empatan, abuso de la voz pasiva e ideas incoherentes es común en la edición de un texto propio. Me he sentido inútil leyéndome. Veo un mar de frases desconectadas. Tiempos y géneros que no coinciden. Escribo cosas que nada tienen que ver con el párrafo anterior ni con el siguiente. Me he tapado la cara con las manos mientras me auto edito.

La pregunta es porqué a esta edad aún me cuesta tanto escribir algo coherente. Pienso en los años de escuela y colegio. Rara vez recibí un trabajo escrito corregido. En la universidad fue igual. No hubo una guía hacia la buena redacción. Solo en el posgrado vi una hoja con mis párrafos invadidos de correcciones hechas con lápiz rojo. Recién allí encontré un camino marcado hacia la búsqueda de un buen estilo. Con el tiempo quedó claro que es un camino largo y espinoso. Escribir bien es complejo. No basta con leer un manual y ya. No basta con revisar unas correcciones y ya. 

Viendo hacia el pasado parece que encuentro una razón más para esta carencia en la destreza de escribir. No solo fue la falta de profesores dedicados a revisar trabajos escritos y sugerir correcciones. Era también la poca redacción. Mientras más se escriba, más se edita lo escrito. Aceptando la tortura de leerse uno mismo. Una palabra repetida, una frase dislocada. Todo eso es de fácil detección. Al final, luego de cambios de posición de frases, reescritura de oraciones y borrado de párrafos, va quedando un texto más o menos pasable. Si el resultado es un conjunto de ideas bien encadenadas, buen trabajo. Si no, resta apenas seguir hilvanando el texto una y otra vez. El español es un idioma que no perdona la improvisación.

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