La inmigración digital (en bullet points).

La primera vez que vi un teléfono celular fue en el año 2001. Era del tamaño de un teléfono inalámbrico de casa. Grande, negro y con una antena que debía ser extendida para llamar, el aparato atrapó la atención de todos. Su dueño era el estudiante más adinerado de la sección de Físico-Matemáticas.

Poco a poco todo el mundo adquirió un teléfono móvil. El mío llegó en el 2006. Fue el famoso Nokia 1100. Su mayor novedad: el envío de mensajes de texto o sms. Escribir reemplazó la llamada. Se acabó el nervio de llamar al teléfono fijo y cruzar los dedos para que no conteste el padre de la novia.

Las laptops llegaron de la mano de los niños ricos. ¿Cómo rayos un circuito más pequeño que una PC de escritorio podía ser más veloz? 

El primer enlace casero a internet fue tan lento como una pluma en caída libre. Era necesario cultivar la paciencia. El sonido que producía la conexión generaba placer. Como el costo era proporcional a una llamada, revisaba con prisa el correo y bajaba alguna que otra consulta. 

Esa es la historia de muchos de nosotros. De una adolescencia analógica llegamos a una adultez digital como inmigrantes. Dispositivos más rápidos y la hoy infaltable conexión de banda ancha.

La tecnología que creamos nos moldea. El uso de cualquier herramienta nos transforma. La evidencia más a la vista: nuestros estudiantes usando Internet.

Todo el día frente a una pantalla. Atentos a cualquier notificación. Adiestrados a repasos de textos cortos y multitareas. Han perdido la habilidad de sumergirse en una lectura atenta. 

Cambiar en ellos ese hábito es complejo. Quizá imposible. La mejor alternativa es hablar su lenguaje. Entrar en su mundo como un troyano. Pero no sin antes advertirles de las destrezas perdidas por el uso continuo de smartphones y redes sociales.

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