La decepción suprema (aparte I).

Siempre me despierto en horas de la madrugada cuando espero que algo fuera de lo cotidiano suceda ese día. Cuando ocurre, me atrapa el ambiente silencioso. La oscuridad entra por la ventana y se cola entre las cortinas. Cambio de una posición a otra en la cama. Siento los pies fríos y calor en mi cuello. El reloj gira más lento el sonido de sus manecillas. El eco de los gallos que cantan hace más profunda y cercana la noche. La angustia y la expectativa me tienen prisionero. Aguardé dos interminables meses el inicio del nuevo curso en la parroquia. Esperaba verla entrar ese día al aula.

Llegó la hora de salir de cama. Luego de dos ciclos de entrenamiento (adoctrinamiento) para la Primera Comunión, vino el día de asistencia a la preparación para la Confirmación. En todas las clases anteriores tuve una simpática compañera. Vestía con frecuencia de blanco con alguna prenda roja combinada. Fue siempre llamativa a la vista. Todos sabíamos que era niña bien. Padres vestidos de etiqueta en primera fila cada misa de domingo, carro del año (rojo de color), biblia pasta dura bendecida por el Cardenal, casa de tres pisos, escuela privada… Y así por el estilo. Yo era todo lo contrario. Por tanto, las posibilidades de hacernos amigos estaban ahogadas antes de lanzar la boya a la mar.

Cinco minutos antes de las ocho llegué vestido con mi mejor traje. Camisa gris manga corta (de esas que vienen tres por una), pantalón jean con bastas dobladas y los zapatos nuevos prestados de mi hermano. La talla de zapatos era un número mayor, pero por ser nuevos me los llevé puestos. Me sentía elegante, seguro de mí mismo y feliz de que empiece otro curso más con ella de compañera. Estaba decidido a por fin buscar un acercamiento. La pregunta era qué iba a decirle. Quizá consultar con total diplomacia el porqué de la preferencia del color rojo. O tal vez comentar una parábola de nuestro señor Jesucristo. La duda por encontrar el tema correcto del primer contacto me estaba poniendo nervioso. Mientras mis pensamientos se iban aclarando, poco a poco la sala se llenaba de cristianos compañeros. La profesora llegó tarde como siempre. Vestía con elegancia y falda larga. Sólo cuando empezó la oración del Ave María presentí lo inevitable. Ella no llegaría aquel sábado.

La desazón me bloqueó en toda la clase. De qué asunto de Dios hablarían, me he preguntado hasta hoy. Solo recuerdo que traía la mirada fija en la hoja amarilla de la Biblia. A diferencia del paso lento del tiempo en la madrugada, esa clase pasó volando como Boeing en picada anunciando mayday. Llegué a casa decidido a no volver más a esa aula de catecismo. Todo el interés por asistir había muerto con su ausencia. Pero no estaba en edad de desobedecer. El siguiente sábado tampoco llegó, pero esta vez la falta de expectativa hizo que no verla sea menos doloroso. Al menos ya pude prestar atención e intervenir en las preguntas de interpretación de versículos y parábolas. ¿Sería que Dios bajó su santo manto y me ayudó a olvidar aquella aciaga esperanza?

Estaba convencido que un poder divino intervino en mi ayuda. Al tercer sábado no hubo el desvelo de madrugada ni la mirada atenta en la puerta del aula. Estaba listo para levantar mi mano y participar en rezos, cantos, lecturas bíblicas y golpes de pecho. (Vaya diferencia con el demonio que soy ahora.) La profesora, por cada conjunto de versículos leídos, contaba una historia de su vida. Siempre matizada por el éxito que creía tenían sus hijos, todos ellos en España en perpetua peregrinación. Fue la época donde más obediente fui de la doctrina religiosa. Estaba convencido de que la Biblia contenía la Palabra del Señor y que portarse bien me llevaría a la vida eterna. Hasta que vi unos zapatos rojos entrar por la puerta.

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