Horas de clase.

Es corto el camino hasta el aula. En menos de cinco minutos arribo al salón. El sonido de voces se apaga. A pesar de ser un día de sol, enciendo las luces porque el espacio es poco iluminado desde el exterior. Ojalá que más luz retrase el sopor que tendrán los estudiantes en algún momento de la clase. Borrando el pizarrón pienso en las preguntas para recapitular el tema de la semana pasada. Hago la primera pregunta. El silencio se combina con las miradas agachadas. El futuro de la Patria guarda escalofriante silencio. Menciono un nombre. Atina a responder a medias. Lo mismo con el resto. No es sorpresa una escena idéntica en cada clase.

Durante la clase, mientras escribo alguna ecuación en la pizarra, oigo el infaltable bostezo. Signo evidente de que alguno de ellos está en la antípoda del entretenimiento. O dicho de otra forma, está a duras penas manteniendo la atención en lo que digo. Con el pasar de los años te llegas a acostumbrar a esos sonidos apagados de los bostezos. Pero jamás falta aquel alumno que exagera. A veces les pregunto por qué luchan contra el sopor. Nunca me han contestado que les aburre la clase. Agradezco su diplomacia. Le echan la culpa a una mala noche de sueño. Me pregunto, ¿qué factores influyen en sus ganas de dormir en clase? Sin duda uno soy yo y mi forma de dar clase, pero sospecho de otros motivos.

Para un adulto la atención se mantiene durante veinte minutos. Luego de ese tiempo empezamos a pensar en cualquier otra cosa. La mente nos lleva al mundo de las fantasías. Sabiendo esto, ¿a quién se le ocurre planificar clases de cinco horas seguidas? Un atentado contra la buena enseñanza. A pesar de esas largas jornadas obligadas, corresponde dictar la clase. Es indispensable administrar bien los recesos para mantener el enfoque del alumno. Por eso me confundo cuando escucho a colegas decir que dan la clase de corrido sin dar un receso porque una pausa les haría retrasarse en la planificación de la materia. Qué burro, así solo pierde su atención, aumentan los bostezos y disminuye la probabilidad de que los alumnos entiendan los conceptos. Unos minutos de descanso o de cambio de tema agudiza el interés y la curiosidad.

Conversando con otros profesores sobre este tema salen a la luz soluciones extravagantes. Opinan algunos que debería hacerlos aprender jugando. Creo que cuando escucho eso me rasco la cabeza o frunzo el ceño. ¿En verdad creen que todas las materias se pueden desarrollar con el mismo estilo? Primer error. Otro equívoco es confundir enseñar y aprender. En las clases se enseña. En el estudio en casa (sin distracciones) es cuando el alumno aprende. La clase es una exposición colectiva donde el estudiante de forma pasiva recibe pinceladas del tema. En su lugar de estudio, sea en casa o en la biblioteca de la universidad, es donde aprende mientras hace una tarea. De manera activa e individual. Todo profesor que olvide esta diferencia está tan perdido como Nemo.

No dudo sobre la necesidad de innovar la forma de enseñar. Es fácil encontrar en la web resultados positivos de nuevas estrategias empleadas en el aula. Lo importante es primero reconocer que no todas las materias son iguales. En unas el método tradicional es lo efectivo. En otras podría usarse la enseñanza invertida, cuando en clase los estudiantes y el profesor resuelven problemas y en casa, a través de un mooc o vídeos, el estudiante se pone al día en la teoría. El problema de este método son las distracciones. Si el estudiante está frente a un vídeo de YouTube atendiendo una clase, a su lado tiene un suculento menú de distracciones. Para ellos es normal la engañosa multitarea. Si la atención se interrumpe cada vez, el proceso de consolidación de memoria se afecta sin remedio.

Luego de clase el estudiante abandona feliz el salón. La dopamina debe estar bullendo por ese cerebro castigado durante la clase. Uno de entre diez irá a repasar el tema en casa ese mismo día. Los otros nueve no lo harán sino hasta la víspera de la siguiente clase. Así desaprovechan aquellas horas durante las cuales escucharon y anotaron los tópicos de la clase. Es fácil predecir que la asistencia a la hora de tutoría será mínima. Lo más extraño de esta falta de interés es que ellos pagan por la clase. Invierten dinero por tener un profesor, una tutoría y acceso a miles de libros de la biblioteca. Libros que abren solo la semana anterior al examen. Su proceso de aprendizaje está patas arriba. Pero cuando reprueban, adivinen a quién echan la culpa.

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