El profesor experimentado.

Luego de finalizar el posgrado llegó la hora de regresar. La meta soñada era conseguir un puesto de docente en alguna universidad. Con no poca suerte llegué a trabajar en la misma universidad donde hice ingeniería. Era profesor, al fin. Los primeros días de clase los recuerdo maravillosos. Sentía la satisfacción de transmitir mucho de lo aprendido en Brasil. El curso de Procesamiento de señales era mi especialidad y mi materia asignada. En el blanco pizarrón escribía cada ecuación como escribir mi nombre. Cada concepto era fácil de explicar, fácil de encadenar con todo el resto de contenidos. El tiempo iba volando en cada clase. Pensé que los estudiantes entendían todo lo que decía. Los primeros resultados de las evaluaciones mostraron lo contrario. Padecían déficit de herramientas numéricas.

¿Cómo construyes un tercer piso si la segunda planta está a medias terminada? Tal cual es el estudio de la matemática: su rigor en la secuencia es requisito ineludible. La matemática es una cadena que no perdona un eslabón roto. Si falta un concepto, un método o un teorema el castillo de ecuaciones que se construye se desmorona. Como tocar una sonata de Mozart sin todas las teclas del piano. Es difícil entender los números complejos si están confusos los tópicos de gráficos cartesianos y polares. Cobra mayor importancia en ingeniería, donde los contenidos son cada vez más complejos y encadenados con ideas previas. Si algo quedó mal entendido, no fue revisado en una clase anterior o el estudiante lo descuidó, hay un conflicto grave en el proceso de enseñanza. Imposible jugar a rayuela con el rigor matemático.

La primera reacción que tuve como profesor, cuando un alumno desconocía un concepto fundamental, fue responsabilizar al docente anterior. Pero era una equivocación. Un espejismo que todos los académicos vemos en el desierto de la inexperiencia. La mayor responsabilidad por ignorar los conocimientos previos es del estudiante. Claro que él se exculpará. El que incumplió lo que debía fue el profesor anterior, dirá. Mirando de cerca, puede que tenga algo de razón. Pero es una razón mínima. Si esa es la realidad de muchos cursos en la universidad, había dos caminos claros: o apuntamos con el dedo al culpable o ponemos manos a la obra para remediar tan apremiante situación. La causa del problema fue clara: la competencia previa necesaria para avanzar en los temas nuevos era inexistente.

Antes de continuar una breve aclaración. La tarea de estudiar y aprender una materia es del alumno. El profesor es apenas un facilitador del entendimiento. A pesar de que el estilo del profesor influye en el proceso de aprendizaje, es solo una parte de todo el sistema. Creer que la falta de conocimientos previos es por cortesía del docente de la materia anterior es necedad. Obvio que hay casos excepcionales que muestran un mal trabajo del docente y el alumno paga las consecuencias. Pero un estudiante maduro debe estar blindado contra estos improvisados. Ningún centro educativo está inmune de malos elementos.

La pregunta era cómo remediar esta situación. Lo primero sería llegar a un diagnóstico. Entre más temprano, mejor. A partir de aquella información la estrategia sería más sencilla de trazar. ¿Qué se debe hacer una vez conocido el diagnóstico? Aunque nadie me lo dijo y la idea llegó de improviso, un día elaboré una lista de ejercicios que contenía una buena base del conocimiento que necesitaba el estudiante para abordar mi materia. El primer día de clase entregué la lista. A pesar de ser claro en el pedido y la importancia de los ejercicios planteados, solo unos pocos realizaron la tarea. Lo ideal hubiera sido que la mayoría realizara aquella tarea. No obstante, por esos pocos que mordieron el anzuelo, valió la pena. Confiar en su capacidad de recordar lo aprendido o aprender lo necesario para continuar dio resultado. Por un instante me sentí un profesor experimentado.

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