El café de las nueve treinta.

La técnica pomodoro permite quince minutos de descanso luego de dos horas de trabajo enfocado. Ese lapso de tiempo es importante dedicarlo a otras actividades que no tengan nada que ver con la tarea que estamos ejecutando. De esa forma, otras partes de nuestro cerebro se involucran y llegan los insights. (Uso la palabra en inglés porque está de moda.) Trabajando en una oficina, una manera efectiva de salir fuera del tema de atención es ir por un café con los colegas. Corres el riesgo de subir de peso si hay golosinas en el menú. Pero lo que más peligro corre, sin una pausa, es la productividad.

A solo pocos pasos de salida inicia el diálogo. Siempre es relacionado con la noticia del momento. Las interpretaciones son variadas. Muchas de ellas comunes en su esencia. Las que disciernen se allanan. El fin de salir a por un café no es alimentar la polémica. Se trata de aprovechar una pausa para volver con ánimo diferente al trabajo de oficina. Llegando a la fila de servicio de alimentos entro en un conflicto. Veo la comida y sus colores. Me atrae pedir todo lo que sea dulce o lo que sea voluminoso y lleno de carbohidratos. Recuerdo el peso en la balanza que vi por la mañana. Pero mi cerebro aúlla por glucosa fresca.

Arribamos a la mesa, cada uno con su pequeño banquete. Durante el trayecto los temas de conversación han venido cambiando. En la tertulia caemos a veces en monólogos. En promedio, es ahí cuando el tiempo del café se alarga o se contrae. El dueño o ladrón de la palabra tiene su café casi sin iniciar. Pero la mayor parte de los minutos cada quien da su opinión. Hasta ahora jamás ha existido una discusión que pase a mayores. Mirando de reojo ajusto el ritmo de mordidas a la proporción de comida del plato del vecino. Así nadie se acelera en terminar su ración. Otra estadística indica que cuando el día está soleado la conversación demora más de lo normal. Cuando garuba el cielo, nos vamos más temprano. El clima influye en los diálogos profesorales.

Llega un momento cuando notas que todo el que habla tiene claro las cosas que deben cambiar. Casi siempre es relacionado con asuntos que están fuera de nuestras manos. Escucho frases como: tal reglamento es absurdo, esa nueva exigencia es para empeorar las cosas, el problema se resolvería si… Lo que está mal o parece que estropeará todo en el futuro se ve tan claro como cielo de verano. Nunca falta quien cita una ley a medias para resaltar lo ilógico de alguna realidad. No le culpo, yo también no me la he leído. Luego de la queja colectiva surgen tibias, moderadas y radicales soluciones. Al final siempre se estrellan contra la realidad. Queda claro que cambiar lo que sale mal está fuera de nuestro radar. Aunque a veces asoman ideas que rayan la genialidad.

Quizá la informalidad de esas reuniones hace que ciertas soluciones no se tomen en cuenta. He escuchado ingeniosas formas de arreglar líos que vienen de años atrás. Esquemas con pasos claros para equilibrar desajustes. La visión del cambio está servida en la mesa. Pero la misión para llegar a esa meta es un abismo. En general, todas esas soluciones solo servirían si tendríamos el poder en nuestras manos. Un poder con tintes totalitarios. Que todo lo que desee modificar sea aceptado por unanimidad. Sin una cuota de autoridad, las reglas del juego respetan el deseo del sistema de ser inalterable. 

De regreso a la oficina (mejor llamado cubículo por Scott Adams) aún queda merodeando en la cabeza parte de lo hablado. Cada quien abre su laptop o revisa sus notas. Otros ponen mochila al hombro y toman rumbo a clases. Hemos tenido nuestra pausa que nos ha rescatado del tedio. O nos ha apartado del asunto que se debe resolver. Pienso otra vez en que todos sabemos lo que está mal. Pienso en que tenemos una pista para arreglar eso que no va bien. Sé que sin poder, sin peso en la cúpula superior poco puede cambiar. Pero al final pienso en todas esas cosas que están en mis manos y puedo matizar a mi modo. Abro el libro y de nuevo me enfrento al enigma de esas ecuaciones. Inician los 25 minutos de enfoque. El ambiente se llena de abstracción. 

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