X número de cosas por X número de días.

El primero en entrar a casa siempre es el perro. Mientras meto la llave y la giro en el seguro su hocico está pegado contra la puerta. Ni me mira siquiera. Ingresa en el primer espacio abierto y se va directo a tirar las almohadas de cama. Un día por la tarde ladró y ladró a un par de metros de la puerta. Qué molestia. Entrando a casa entendí mejor que esos ladridos eran una sonora  advertencia: había una fuga de gas. El olor invadía todos los rincones. Abrí puertas y ventanas. Contuve la respiración. Fue un poco extraño ese imprevisto, porque no había forma de olvidar la llave de cocina abierta sin notarlo. En realidad no podía recordar si la cerré. De hecho nunca había notado cuando apagaba la cocina. Ese hábito automático cambió apenas una vez y causó un pequeño desastre. 

Desde aquella situación reviso si todo está cerrado en la cocina. Todos los días. Ciertas veces hasta he regresado desde la puerta de calle a verificar. Ese hábito se estaba volviendo una obsesión molesta. Había que terminarlo. Pensé, ¿cuántos días necesitas para formar un nuevo hábito? O dejar un comportamiento. Puede ser un hábito deseable o una manía que conspire contra tu sosiego. A menudo llegan sin que se los perciba. Otras veces cuesta demasiado construir una costumbre favorable. Es preciso conocer su mecánica de funcionamiento. Los detalles de estos cambios que devienen en conductas mecánicas están a detalle en el libro El poder de los hábitos de Charles Duhigg. Explica el andamiaje neuronal que pone en marcha este piloto automático. Da formas de modificarlos. Pero como pasa con muchas cosas escritas, hay que poner manos a la obra y ejecutar la recomendación. Y ver que tal.

La idea que más me gusta en relación a cómo modificar un hábito, aparte de lo recomendado por Duhigg, es la experimentación. Dejar abierta la pregunta: ¿qué pasa si…? Hacer por cierto número de días una tarea específica y prestar atención a lo que va pasando. Notar la inercia al cambio y el peso de la pereza. Por ejemplo, si quiero leer más libros me planteo leer un texto poco a poco. Pero cada día. Me observo antes de emprender el experimento. Anoto lo que siento. Presto atención a lo que oponga resistencia interna. Reconozco que podría estar mejor haciendo otra cosa. ¿Que tal si el objetivo diario es solo una página a cierta hora del día? Un horizonte así de pequeño es tentador para cualquiera. Primera pista del cambio de hábito: metas tan pequeñas como una mota de polvo que no haya excusa para incumplirlas. 

Pero no todas las tareas pequeñas las terminamos realizando. En este camino de ensayo y error ya encontré metas de cinco minutos que han quedado pendientes. Duolingo es un ejemplo. Esta herramienta  para aprender idiomas no te pide demasiado. Pero aún así muchos la terminan abandonando. Y Duolingos hay por todas partes. El efecto del abandono es un sentimiento que mezcla varios ingredientes: culpa, decepción propia y desánimo de continuar. Lo curioso es que todos esos pesares son resultado del placer de evadir la tarea marcada. Dolor y placer van siempre juntos. Es inevitable. Por ejemplo, por marchar hacia el placer de no leer nos viene luego el dolor de no cumplir lo que nosotros mismos nos marcamos de meta. Y si aceptamos el dolor de sentarse a prestar atención a la página y leer, luego viene el placer como recompensa. Somos felices cuando aceptamos el dolor de cumplir y recibimos el placer de haberlo realizado.

Pero de hábitos dolorosos y vicios placenteros está hecha la vida misma. Los cambiaremos. Nos cambiarán. Nos destruirán o nos guiarán al Olimpo. Todo en piloto automático. Caída libre en picada. Es la consecuencia de nuestra evolución. Nos lleva sin que lo notemos a conservar energía. Mucha de nuestra genética está orientada a eso. El cerebro mismo adora descansar. Por eso está atento a las distracciones, porque reposa. Gasta menos combustible. Ese es el fin del hábito: ahorrarnos la energía que implica cambiar cada vez. Cuando haces algo mecánico el córtex prefrontal (la parte del cerebro justo detrás de la frente encargada de la atención) se libera para ocuparse de otras tareas. 

Otra manifestación cotidiana de este comportamiento automático está reflejado en la lista de compras. Siempre la misma pasta de dientes, el mismo cereal, la misma marca de naranja, etc. Es más rápido y menos complicado ir a lo seguro. Salvo un día en el cual frente a la percha del supermercado miré el peso neto de otros productos y los precios. Parecían opciones mejores. Puse en el carrito de compras una pasta de dientes de otra marca. Un poco más cara pero con mayor cantidad. Imaginé que sería un buen negocio. El resto de la compra fue en la misma tónica. Seleccioné productos de otras marcas, tamaños y precios. Luego de pagar hice cuentas. Ahorro no hubo mucho. Pero sí variedad. 

El resultado fue disparejo. Un producto estaba muy espumoso al inicio y al poco tiempo se quedó sin aroma ni burbujas. La pasta dental nueva tenía mejor sabor y me felicité por la elección. La naranja estaba más jugosa, pero se dañaba en menor tiempo. En unos productos me sentí afortunado. En otros, arrepentido. Era el riesgo, no atinarle a lo mejor. Sin embargo, la apuesta trajo una moraleja: siempre que los centavos lo permitan, cambia de marca. Experimenta en la variedad. Quizá el siguiente fin de semana corras a por los productos de las marcas de siempre y jures no abandonarlas más. O tal vez te atrevas a probar otra vez ese dentífrico de sabor menta suave que hace poco no conocías. Si persistes en el hábito de variar, te espera una experiencia llena de sutiles sorpresas. Quizá atines a cambiar un hábito.

Ahora cada vez que ladra sin razón aparente activo las alarmas. El sexto sentido del perro ha detectado también roedores intrusos en la casa. Una noche acorraló una serpiente en la ducha. Pero la mayor parte del tiempo pasa dormido en el sofá. Cuando lo veo me pregunto si algún día podré acostumbrarme a dormir tanto durante el día. No lo sé. Quizá si lo intento por X número de días.

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