Que bonito que llegó navidad (banda sonora: Luis Rueda).

Si miro al cambiante pasado y busco un recuerdo que resuma la navidad de la infancia pienso en una noche de 24 de diciembre de 1995. Solo una noche que eclipsa todas las demás. Sentados a la orilla de la cama, mi hermano y yo escribíamos en una hojita de papel la lista de los regalos deseados. Quedó una bonita carta. Dentro del sobre daba la imagen de una misiva perfecta, digna de ser entregada a un soberano celestial. Un buen trabajo. La dejamos al borde del espaldar de la cama. Demoramos más de lo normal en dormir esa noche. El cielo estrellado que se dejaba ver a través de las cortinas y la frescura del clima completan una noche de expectativa.

Sería la emoción de no ver la carta donde la dejamos la noche anterior lo que grabó este recuerdo para siempre en la memoria. Era una buena señal. El niñito Dios la habría tomado en sus pequeñas y blancas manos para leerla y conceder cada deseo solicitado. Volviendo de tomar café esperamos a ver si algo sucedía. Las horas corrieron y llegó el mediodía. Ese Diosito de pañal se tomaba su tiempo. En la tarde nos mirábamos con caras medio resignadas. La duda fue simple: ¿qué pasó con la epístola? Si la llevó el querubín mayor ya estaba de más la demora. Pero qué tal si no. Demoramos hasta la noche en descifrar el misterio.

Este evento define aún el significado de la navidad. Es una decepción simulada. O la recibes o la das con lazitos rojos. Es también la coronación del reinado de las falsas expectativas. Hasta este siglo nadie ha inventado un medidor de intenciones. Desconocemos la forma de interpretar el efecto de lo entregado como obsequio. Menos lo sabrán quienes receptan tu presente. Puede que el regalo sea la ausencia del mismo, como nos pasó a mi hermano y a mí. Ha sucedido que el regalito caro que tanto lo pensaste terminó no gustándole al exigente destinatario. O que la baratija comprada a última hora de la noche del 24 le cambie la vida a esa persona que se lo regalas. Solo los que te vean con llaneza te dirán si no les gustó. Al resto nos corresponde la sonrisa fingida y las gracias, muchas gracias.

Lo bonito de la navidad, al menos para mí, es mirar un ratito a la familia junta. Claro que existen familias donde no se aguantan entre ellos y su capacidad de simulación llega al límite. Pero yo tuve la suerte de que mis dos familias nos queremos a lo bien. Gané la lotería. Cuando estás casado deseas poder clonarte a media noche para estar con tu familia y la de tu esposa. Al ser imposible, con una estarás parte de la noche y beberás ese trago amargo de despedirte antes de las 12. Esa hora en la cual nace el mayor invento de la humanidad. O mejor dicho el más grande negocio. En fin, de cuestiones teológicas-ateístas-blasfemas-herejes ya me ocupé antes. Este es el texto de la noche de paz. De esa noche donde nos reunimos con quienes crecimos juntos y ahora nos vemos pocas veces al año. Se debe aprovechar aquel momento. Esas fugaces horas de familia y golosinas.

Pero no siempre fue así. Poco después de cumplir 25 años asistí por primera vez a una cena de nochebuena. Por eso creo que hoy me aburro en ellas y solo me entretiene apenas devorar plato y medio. Importar a mi cuenco la presa que venció al vecino de confianza sentado a mi lado en la mesa de mantel rojo adornado con obesos noeles. Música de fondo en la sala. Los chillones villancicos. ¿Por qué a los 25? La respuesta es clasificada, solo para lectores vip. Como pista, basta decir que fue otra vez la religión, que no toleraba que el obeso y centenario San Nicolás se robe el show. Tenía su parte triste que bien le acompañaría a una melodía de Chopin. No renos. No Papá Noel. No oso polar. No árbol. No regalos. No cena pro gula. Todo lo que huela a comercial que opaque la celebración del natalicio de nuestro Señor-Salvador-Mesías-Ungido Jesús estaba de más. Pero el pasado es solo un episodio que la perspectiva del tiempo se afana en cambiar.

Todo ayer tiene un antes y un después llamado matrimonio. Me gustan aquellos que sostienen la teoría de que con los años el esposo se parece a la esposa y viceversa. Copias buenos hábitos. Y te poseen como demonio exorcizado los malos hábitos del otro. Las navidades bonitas empezaron con ella. Al inicio me resistí tanto que hubo más de una pelea. Estaba acostumbrado a ignorar por completo esa fecha desde la fallida carta de la infancia. Menos mal me tuvo paciencia. Demoró su tiempo en domesticarme. Al final adopté su tradición y empecé a buscar obsequios para los demás y asistir a la cena familiar. Me dejé poseer por ese mefistófeles que tararea jingle bells. Intenté ser un verde Grinch que maduraba.

Pero Grinch. Novenas rezar. No. Misas de gallo asistir. No. Decir que es el cumpleaños del que sabemos. No. Hacer nacimientos. No. Aún está la ceniza de aquella decepción que se convirtió en una chispa de culpa y devino en una fogata de rabia. Fue aquella desilusión de encontrar la carta entre la pared y el espaldar de la cama, apretada en medio de frío y madera. Qué te costaba mandar a uno de tus querubines a dejar esa volqueta de plástico y la bicicleta. Si ya convertiste el agua en vino y le guiñaste el ojo a Baco, qué era un regalito para un par de inocentes criaturas que intentaron portarse bien todo el año. En fin, menos mal que supe a tiempo que la religión es una mentira necesaria. La certeza de toda esta historia es que la navidad puede ser una epístola escrita a nosotros mismos. Dios sale sobrando.

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